PONER Y QUITAR CEROS

¿Cuántos muchachos que comienzan haciendo cosas interesantes no se vuelven idiotas tan pronto como se les llama a un buen periódico y se les da un buen sueldo? El drama del periodismo es que, hoy, a nadie se le ocurriría hacer esta afirmación. Periodismo y buen sueldo sólo pueden coincidir en una frase del siglo pasado. La escribió Julio Camba en 1921, en una de aquellas columnas breves y certeras como el disparo de una cerbatana. El genio de Pontevedra fue durante décadas uno de los periodistas mejor pagados de España, pero ello no le impidió seguir quejándose de su pobre remuneración desde una suite del hotel Palace de Madrid, donde murió. Al inicio de su carrera, los métodos de Camba y sus colegas para lograr mejoras salariales fueron expeditivos. Como la huelga era imposible, cuando llegaban los telegramas con las cifras de muertos de alguna guerra, de inmediato le quitaban un cero. Así, mientras el resto de diarios acompañaban los desayunos de los lectores con cuatrocientos muertos, el suyo sólo servía cuarenta. La diferencia en emoción era tan grande que las suscripciones se desplomaban por falta de interés y mal hacer periodístico. Entonces el editor se avenía a negociar, incrementaba los sueldos y comenzaba a pagar puntualmente. La plantilla lo agradecía, y en las semanas posteriores al acuerdo añadían un cero a toda cifra de muertos que llegaba a la redacción, logrando un formidable éxito de ventas. La competencia no se explicaba cómo lograban aquellos chicos informaciones tan completas sobre el recuento de víctimas. Le cogieron tanto gusto al sistema multiplicador que comenzaron a matar a los heridos en riñas callejeras. Pero finalmente desistieron, porque aquellos asesinatos tipográficos les suponían un esfuerzo titánico, y no les compensaba. Hoy este sabotaje periodístico sería imposible, pero internet hace posibles fraudes mucho más gruesos, y gratuitos.

Sólo un superdotado para la escritura y la observación de la realidad como Camba podía hacer un elogio encendido de la pereza como virtud profesional. Lo describe también Vila-Matas en Extraña forma de vida. El protagonista se levanta de la cama, despide a su mujer y a su hijo, afila los lápices, escribe en media hora su columna diaria, y dispone del resto del día para no hacer nada. Los mortales no funcionan así. Si se filmara un reality del tipo “24 horas en la vida de un periodista”, veríamos algo muy distinto. La crisis publicitaria y del modelo de negocio ha dejado temblando a los medios de comunicación, a miles de profesionales a la intemperie, y al resto sobrecargados de trabajo y con peores retribuciones. Lo mismo que en otros sectores, pensarán algunos. No exactamente. Lamentamos los ERES en el sector del automóvil, o en el de la alimentación, pero exigimos un coche igual de fiable, y un yogur con la misma calidad que el que tomábamos. Con la información y la opinión parece no suceder lo mismo, y estamos dispuestos a que no se abra el airbag, o estén caducadas.

Comencé a preocuparme de verdad en la época en que recibí varias propuestas para escribir en medios de comunicación digitales, todas sin cobrar. Algunas me dejaron conmocionado, formuladas de tal manera que parecía que me hacían un favor. En una ocasión, mi interlocutor me explicó que en el mes de marzo sus ingresos de publicidad ya cubrían los gastos fijos de todo el año. Aún me pregunto si aquel hombre dirigía un chiringuito en internet o era el capataz de una plantación de algodón sureña en el XIX. Ahora que están de moda las jornadas de puertas abiertas, y se puede visitar un parlamento para conocer su funcionamiento y el trabajo de sus señorías, yo propongo un recorrido de los lectores por las redacciones de los principales periódicos, y que éstos decidan si el fruto de ese trabajo, el que sea, puede regalarse en internet. La tecnología es un canal y una herramienta, no una batidora para mezclar y que todo parezca lo mismo. Los ciudadanos deben decidir si tienen razón los que opinan que para vivir del periodismo, hay que olvidarse del periodismo. Si esta debe ser en el futuro una profesión reservada para becarios y estrellas multimillonarias, y una clase media convertida en población en vías de extinción, como los linces ibéricos. O también, si el periodismo del siglo XXI puede consistir en suscribirse a una agencia de noticias, contratar a un comercial, y disponer de un solo profesional en nómina para publicar chismorreos. Si dan igual los ceros que añadas o quites, porque la nube de la información es infinita y líquida, cabe todo, y todo se diluye en un tiempo y un espacio cósmicos. En definitiva, hay que ser honestos y preguntarnos si aquello a lo que otorgamos valor puede ser gratis.

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