LAS MALAS PUTAS

John Berger escribió que “es en el lugar de las pérdidas donde nacen las esperanzas”. Y si lo piensa un genio como Berger, el resto al menos debemos prestar algo de atención a esos quebrantos vitales, que tantos torpes confunden con el fracaso. Uno comenzó a leer La mala puta, réquiem por la literatura española (Editorial Sloper) con una tila en la mano y la caja de tranquimazin cerca, en previsión de emociones fuertes ante un ajuste de cuentas sangriento. Miguel Dalmau firmó ejemplares en su presentación haciendo notar que el libro está escrito a cuatro manos y una idea. Las otras dos manos son las de Román Piña Valls, del que un día un anónimo en Internet opinó que es tan mal escritor que ha tenido que montar su propia editorial para publicarse. Luego David Torres aclaró que Sloper no es una editorial, sino una ONG para autores de calidad, y sin embargo huérfanos por culpa de un sistema de poderes podrido hasta el tuétano. Esta música ya nos va sonando.

No hace mucho, una madrugada el ordenador me gastó una broma pesada e hizo desaparecer un documento completo, fruto de una semana intensa de trabajo. Durante unos minutos estuve a punto de prender fuego a mi despacho. A Dalmau su biografía de Julio Cortázar no publicada le había llevado varios años de esfuerzo. Así que sería comprensible la pulsión de imitar a un mortífero crítico literario citado en el libro, y vaciar también él los cargadores de su kalashnikov contra todo lo que se moviera en el mundo de la literatura. Tras leer el libro, algunos pensarán que eso es exactamente lo que hace, pero a mi me viene a la cabeza la cita de Elías Canetti: “es fabuloso ser un loco cuando se es razonable”. La cuestión no estriba en saber si esas páginas de La mala puta hubieran visto la luz de haberse publicado la obra de Dalmau sobre Cortázar, o si Piña fuese el autor estrella de Alfaguara. El problema es que toda la denuncia suena tan creíble, tan reconocible, tan cercana a la realidad inmediata de este país, que asusta. Las anécdotas y circunstancias personales no consiguen ocultar el meollo del asunto: la menguante libertad de pensamiento, la falta de compromiso intelectual, el triunfo avasallador de lo políticamente correcto y el desprecio por el valor de la creación artística, en este caso literaria. No queda pájaro sin abatir: escritores, editores, agentes literarias, críticos, lectores, premios y jurados corruptos. Pero el estilo es más el de una elegante cacería por la campiña inglesa que el de un tiroteo gore a lo Tarantino.

Una vez, sólo una, un lector me paró por la calle para felicitarme por la valentía de mis artículos. Le di las gracias y bajé la cabeza. Quizá aquel hombre se alejara sopesando mi humildad, o mi timidez, pero lo que sentí fue vergüenza. Porque en ese instante recordé todas mis columnas nonatas, mis opiniones silenciadas por propia voluntad, todas mi notas guardadas en un cajón, siempre pensando en mi comodidad, en mi hipoteca o en el recibo del colegio de mi hija. ¿Para qué te metes? No es un consuelo pensar que no vivo de esto, La gran paradoja se revela al constatar, por ejemplo, que son precisamente los grandes elefantes, los que sí viven de escribir, los que tienen más fina la piel, y son más sensibles tanto a la crítica del poder como a esa censura sibilina y sutil, que se extiende como un velo fino que no deja nada a oscuras, pero todo lo ensombrece. De nuevo nos suena esta melodía de réquiem.

¿En qué momento se había jodido el Perú? La frase le quedó redonda a Vargas Llosa para arrancar Conversación en la catedral, probablemente su mejor novela, pero todos intuimos que un país no se jode en un momento. La arquitectura del sistema implosiona tras años de corrosión moral, de silencios, de connivencias, de mirar hacia otro lado, de tertulias de café incendiarias sin dar un paso al frente. Al final, España se va al carajo porque hay una mala puta por escribir sobre el periodismo, la educación, la banca, el deporte, la sanidad, la universidad, el cine o la televisión. Con tanto jardinero silente, cobarde y vago, lo propio de la naturaleza humana es que proliferen los malos políticos, al igual que crecen las malas hierbas, invadiéndolo todo. Cioran dijo que perder nunca es fracasar. Perder es la manera más profunda de discrepar con el sistema, porque el perdedor es el que no se somete. Jim Morrison fue otro perdedor -no fracasado- que en el ocaso de su corta vida se enfrentó a varios juicios por escándalo público. Aquel músico-poeta quería escribir sobre esos juicios, que para él lo eran contra la libertad, y se dirigió por carta a los posibles editores de ese libro, que no pudo culminar. La epístola concluía así: “No estoy loco. Me interesa la libertad. Buena suerte. J. Morrison”.

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