PIQUETES INFORMATIVOS

Llevo unas semanas con una sensación incómoda. Desorientado, me levanto por la mañana y parezco un viajante de comercio estresado, que no reconoce las paredes del hotel, ni las cortinas, y tarda en recordar la ciudad en la que ha pernoctado. Las fronteras se difuminan en un mapa mojado por la realidad de un país de pandereta, que cada día intenta un nuevo salto mortal confiando en que nunca aparecerá un gracioso que retire la red. El nivel circense evoluciona a tal velocidad que en sólo dos funciones Artur Mas ha pasado de acróbata principal a payaso llorón que se lleva todas las bofetadas. Y encima nadie se ríe, así que ha llegado el momento esperado de la compasión por el mártir. Por lo demás, te encaramas sobre los Pirineos y aquello parece el puente del Bósforo en Estambul, a caballo entre dos continentes. Hacia el norte se divisa Europa. Hacia el sur, en Huesca ya empieza África, y no por culpa del ébola. Tantos artículos vomitando en esta página por culpa de la telebasura, para que ahora la cobertura informativa del contagio de una enfermera madrileña alcance niveles aún no conocidos en los medios de comunicación de Zambia.

En el telediario de máxima audiencia de Televisión Española entrevistan a voces a la madre de la enfermera, que vive en una aldea de Lugo, y desde un segundo piso la pobre mujer grita que lo siente, pero que no sabe nada. Siguiendo con la pedagogía popular, se recogen declaraciones de una vecina de la urbanización de Alcorcón en la que reside la enferma. La señora explica que ella ya está tomando sus precauciones, y que al llegar a su portal cada día coloca un pañuelo sobre el pomo para no contagiarse. El sensacionalismo tiene algo de violencia subliminal. Un telediario público se convierte así en un piquete informativo, y prueba la devastación que puede provocar la mezcla de amarillismo e ignorancia. Ha dicho Ana Rosa Quintana que si ella hubiera publicado las fotos obtenidas con teleobjetivos de las personas aisladas y en observación en un hospital de Madrid se hubiera tenido que ir a vivir al extranjero. Y tiene toda la razón. Por algún motivo que se me escapa, los atropellos periodísticos merecen distinto juicio según quién los cometa, aunque en todos los casos el sujeto pasivo de la información quede hecho unos zorros, tirado en el paso de cebra de las portadas frente a la opinión pública. En las facultades de periodismo se enseña que, ante la duda de si publicar o no, es periodismo. Y ahora más que nunca, que siempre puede haber un tipo sin escrúpulos que cuelgue la foto en Twitter antes que tú. Pero yo pienso que, ante la duda, son personas, y quien busque basura que nada aporta desde el punto de vista del interés general, es preferible que acuda a los vertederos digitales.

Esta diferencia en la vara de medir los actos según quién los cometa no es exclusiva de la profesión periodística. Por ejemplo, si es usted una persona de firmes convicciones religiosas, pruebe a irrumpir en una reunión de ateos con propósitos informativos sobre las bondades del Evangelio. Si no tiene éxito con el primer sermón, zarandee un poco del brazo a alguno de los descreídos, a ver si espabila y se convierte a la fe verdadera. Si el agnóstico se mantiene en sus trece, blanda un crucifijo delante de su rostro al grito de: ¡hereje, te pudrirás en los infiernos! Aunque no golpee al pecador, ni rompa usted una ventana de la habitación, parece evidente que está ejerciendo una presión desproporcionada sobre alguien que no comparte sus creencias u opiniones. Pues bien, para definir esta conducta los sindicatos inventaron lo del piquete informativo, y en sus sagradas escrituras los herejes se conocen como esquiroles.

La manga de kimono japonés con que se ha tratado la violencia de baja intensidad ejercida durante las jornadas de huelga sólo puede ser propia de un país bárbaro, donde las ideas se imponen a golpe de silicona en la cerradura y pedrada en el escaparate. Fernández Toxo ha venido a Mallorca para quejarse de una persecución y dibujar otro circo, en este caso romano. En el coliseo judicial español los de CC OO serían los cristianos, y los jueces los leones que se los quieren comer. Una magistrada les ha tenido que recordar en la sala que ella no juzga su religión, y mucho menos el derecho de huelga, pero que no se puede coaccionar a los que discrepan, ni romper cosas. Y si las rompes lo pagas, como el resto de mortales aunque no sean cristianos, ni afiliados a un sindicato. Personalmente preferiría que Katiana Vicens no acabara en la cárcel. Me bastaría con que esta mujer considerara el juicio como uno de sus piquetes informativos, en este caso sobre la diferencia entre el derecho de huelga y la obligación de secundarla. Y tomara nota para el futuro, como los esquiroles, pero sin romper nada.

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