HORARIOS DEL SIGLO XXI

Hay cambios en nuestra vida cotidiana que se van imponiendo de manera inexorable. La mayoría los vemos venir, o intuimos que se están produciendo, o se van a producir, como una consecuencia lógica de otros cambios sociales que superan nuestra voluntad individual. Esas mutaciones se producen, o bien por la necesidad de responder a nuevas realidades, o bien por la suma de multitud de comportamientos individuales. Tenemos ejemplos de todo tipo. Hoy resulta cómico, pero hasta hace tres décadas estar divorciado en España podía suponer un estigma difícil de sobrellevar. La decisión de peatonalizar una calle del centro de una ciudad parecía la idea de un loco revolucionario, y declararse objetor de conciencia era propio de peligrosos elementos antisistema. Ya digo que esto me recuerda a los Alcántara y a una España de pandereta, pero sucedió antes de ayer. Hoy escucho los argumentos en contra de la liberalización de horarios comerciales, y me vienen a la cabeza aquellos profetas del apocalipsis que alertaban del fin del mundo si no podías aparcar el coche delante de la puerta de la tienda.

Si vemos una gran piedra que se desprende en lo alto de una montaña, y se dirige hacia nosotros rodando ladera abajo, el instinto de supervivencia nos dice que nos movamos. Cuesta creer que alguien confíe en que la piedra se detenga por sí sola, o que aparezca otro sujeto investido de poderes extraordinarios y consiga frenarla, desviarla, o hacerla desaparecer. Si los representantes del pequeño comercio piensan que sus negocios van a subsistir poniendo puertas al campo, o a la libre competencia, seguirán cerrando locales, con crisis o sin ella. Es una batalla perdida, mañana o dentro de cinco años, pero imposible de ganar. Así que mejor moverse cuanto antes. Nos guste o no, las compras hoy suponen una de las principales actividades de ocio, es decir, a realizar fuera del horario laboral. Hay pequeños comerciantes que prefieren que sus clientes se acostumbren a dedicar los sábados al shopping, pero los consumidores son tercos como mulas y parece que a muchos también les gusta comprar en domingo. Y es muy curioso observar cómo se culpa de estos cambios a la influencia que ejercen las grandes superficies, cuando la presión más intensa proviene de internet. El comercio electrónico crece anualmente en cifras de dos dígitos, pero aquí algunos piensan que el mercadillo de Santa María se va a quedar vacío los domingos por culpa de Bauhaus. Hoy puedes comprar en una web norteamericana (traducida también al español) unas gafas de sol personalizadas y con todas las certificaciones pertinentes por veinte euros. Te las ponen en tu casa en 48 horas sin gastos de envío, pero tú quieres que vengan a tu tienda a por ellas a las siete de la tarde, al salir del trabajo. Yo no sé si este es un planteamiento justo, lo que digo es que está fuera de la realidad.

A la supervivencia del pequeño comercio no va a contribuir una resistencia numantina a los cambios en los comportamientos de los consumidores. Su éxito vendrá de la especialización y del valor añadido que otorga un asesoramiento y un servicio personalizado, justo lo más complicado de ofrecer en las tiendas virtuales y en las grandes superficies. Tampoco ayuda ese lenguaje patibulario que se gastan algunos pronosticando la “muerte de nuestro modelo comercial” y la apertura por parte de las grandes superficies de un “corredor de la muerte” en la Bahía de Palma. Ese patético canto del cisne no se corresponde con la realidad de multitud de ciudades europeas, no sólo capitales turísticas, que combinan con éxito los centros comerciales y las pequeñas tiendas.

En el colmo del absurdo, se critica también la creación de puestos de trabajo de fin de semana destinados a jóvenes. Es decir, te paseas por media Europa, y en las tiendas y restaurantes te atienden los fines de semana jóvenes estudiantes, muchos de ellos españoles, que completan su beca o la aportación de sus familias con trescientos o cuatrocientos euros mensuales por trabajar sábados y domingos. Pero aquí nos parece una explotación laboral denigrante. Al parecer es mejor el modelo actual, con unas tasas de abandono escolar tercermundistas y la perspectiva de trabajar de camareros los tres meses de verano, eso sí, a jornada completa.

Marratxi no tiene playas, ni hoteles, ni grandes empresas industriales, ni atractivos turísticos de suficiente interés como para atraer a un gran número de visitantes. Así que ha optado por convertirse en un municipio comercial, y ha solicitado la ampliación de la Zona de Gran Afluencia Turística a todo el término municipal. Es una apuesta estratégica, quizá obligada por esas carencias, pero que busca una vía de crecimiento económico y de creación de empleo adaptándose a la demanda y a los cambios sociales. Sería un despropósito negar esta posibilidad amparándose en un proteccionismo decimonónico y en una restricción de la competencia que ya no se ve por el mundo.

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