DE PROFESIÓN VIUDAS

Morir constituye un severo contratiempo, sobre todo para uno mismo. Por poderosas que sean las razones para vivir, el hecho es tozudo y se impone sin remedio. Yo creo que por eso, porque la mayoría se muere sin pedirlo y nadie ha vuelto para contarnos el viaje, la cultura occidental ha inventado una letanía de expresiones absurdas de consuelo que no resisten el menor juicio crítico: ha pasado a mejor vida, ahora descansará, por fin tendrá paz. ¿Por qué la muerte iba a ser una vida mejor? ¿De qué paz estamos hablando?¿Y si estar muerto fuera agotador? Hay muertos que tuvieron más paz en vida, pero no lo pueden contar. Algo intuimos de eso cuando convenimos en dejar a los difuntos tranquilos, en señal de respeto ante su incapacidad para protestar. Resulta perturbador imaginar una conciencia tras el óbito que nos permitiera observar cómo manipulan nuestro cuerpo, nuestros objetos personales, nuestros recuerdos, o lo que es mucho peor, nuestra vida. Pero alguien se tiene que ocupar de lo que hemos dejado atrás, aunque sólo sea para depositarlo en un contenedor. En cualquier caso, lo normal es que sólo el círculo más cercano de seres queridos y enemigos íntimos muestre interés en conservar o deshacerse de ese bagaje vital.

Sucede que, en contadas ocasiones, ese equipaje no facturado en el último tránsito despierta el interés póstumo de la humanidad, o de una parte de ella. A tenor de lo visto en los últimos años, está creciendo con vigor un gremio profesional de enorme futuro: el de viudas de escritores célebres. Convenientemente asesoradas, o utilizadas por buitres oportunistas, algunas se han convertido en fieros cancerberos de las esencias literarias de sus fallecidos. Lo de viudas es una manera de hablar. La ex-secretaria de Borges, María Kodama, es una señora que da un poco de miedo cuando se pone a defender la obra del escritor argentino. Roberto Bolaño compartió los últimos años de su vida con una pareja a la que su viuda oficial quisiera borrar del mapa. Esto es comprensible. Lo que no se entiende es que esta última también se obsesione con ordenar los recuerdos y la obra del chileno, cuando quizá Bolaño los querría así, un poco desordenados, como son sus novelas. Tampoco hay que generalizar. No todas las supervivientes se convierten en empresarias de la pena que facturan su dolor a precio de barril de Brent. Pilar del Río es una señora que gestiona sin mezquindad el legado de José Saramago, y la pobre Eva Gabrielsson no ha visto un céntimo de los bestsellers de Stieg Larsson, después de pasar treinta años juntos hasta el día de su infarto.

El último capítulo de este culebrón de miserias lo está escribiendo una señora nonagenaria presentada en todos los sitios como viuda de Julio Cortázar, cuando no lo es. Aurora Bernárdez se separó del escritor argentino en 1967, diecisiete años antes de la muerte del autor de Rayuela. Tras su divorcio, Cortázar tuvo tiempo de convivir tres años con una agente literaria lituana, y de estar casado otros doce años con una escritora norteamericana que lo dejó viudo, a él sí. Ahora la Bernárdez ha vetado una biografía de un señor con el que rompió legalmente su vínculo civil hace casi medio siglo. En la era de las descargas masivas gratis total y los asaltos a la propiedad intelectual perpetrados impunemente en la red por cualquier desahogado, son curiosas estas leyes atávicas que privilegian los parentescos, incluidos los dudosos, frente al interés público y la libertad de expresión. Las víctimas son en este caso una modesta editorial y, sobre todo, un compañero en estas mismas páginas, Miguel Dalmau, autor de un exhaustivo y brillante trabajo de investigación que ahora algunos pretenden que guarde en un cajón.

Con sinceridad, a mi Cortázar me aburre un poco. Y aunque Dalmau discrepe, me parece uno de esos escritores en los que pesa más su vida literaria que su literatura. Lo que me molesta en realidad son dos cosas, por este orden: en primer lugar, que traten de censurar el trabajo de un tipo como Miguel, que pertenece a una raza en vías de extinción: la de aquellos que aún hoy tienen el coraje de vivir por y para la literatura soportando un titánico coste personal. En segundo lugar, el matonismo intimidatorio de una gran editorial, Alfaguara, del Grupo Prisa, frente a una pequeña incapaz de aguantar la amenaza de un batallón de abogados revisando cada coma de su publicación. Habrá que esforzarse para no sonreír leyendo el próximo editorial de El País denunciando los recortes de libertades del gobierno de Rajoy.

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