EL LLANTO DE UN NIÑO

“Paneloux es un hombre de estudios. No ha visto morir bastante a la gente, por eso habla en nombre de una verdad. Pero el último cura rural que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer las miserias más que a demostrar sus excelencias”. Lo dejó escrito Albert Camus en La Peste, y aunque se cumpla el centenario de su nacimiento, uno tiene la impresión que cada día se lee menos a Camus. Porque hoy el sufrimiento ajeno se metaboliza con facilidad, de manera rápida y limpia, sin aspavientos, pero con muchas teorías para explicarlo. Claro que no son iguales todos los padecimientos. La semana pasada me giré sobresaltado en un supermercado por el lamento desgarrado de un hombre que no encontraba el tipo de queso que buscaba. Sólo quedaban otras treinta marcas. Mi sensibilidad antes estas manifestaciones de dolor se encontraba a flor de piel, recién llegado desde un país en el que el ochenta por ciento de su población se dedica a la agricultura de subsistencia. Supongo que en unos días volveré a blindarme ante estos dramas humanos. También está ese chico al que le duelen mucho las rodillas. Pero se sobrepone y al terminar de jugar un partido de tenis le entregan un cheque de un millón de euros. No le restaré ni un ápice de mérito, porque podría dedicarse el resto de su vida a comprar mil clases de quesos diarios, y aún así prefiere seguir trabajando en lo suyo. Existen muchos tipos de sufrimiento, pero las lágrimas de un niño… ante eso no hay quien resista.

El llanto nocturno de un bebé afectado por un cólico puede llegar a destrozar los nervios de un monje budista, y también los de sus padres. Pero es algo físico y pasajero, y por tanto susceptible de ser racionalizado. Ya pasará. Se le va cogiendo el truco, y cuando los niños dejan de berrear por un malestar físico y comienzan a hacerlo para reclamar atención, ya nos coge algo más acostumbrados. Es la manera que elige el párvulo para comunicarnos el hambre, el sueño o el aburrimiento. Pero el oído ya se ha ido entrenando. Así que cuando se alcanza la etapa del pataleo, el berrinche y el chantaje, hay progenitores cuyas facultades auditivas ante estas sinfonías del lloro son las mismas que las de Beethoven. Otra cosa distinta somos los que vamos sentados en el asiento contiguo del avión, u ocupamos la mesa de al lado en el restaurante, pero este artículo trata del sufrimiento, no de la mala educación.

Sólo los cínicos, o los fascistas insensibles que legislan sobre educación, pueden pensar que todas las lágrimas infantiles son de cocodrilo. Sé que algunos no me creerán, pero yo he visto niños sufriendo ante una ecuación de segundo grado bajo la mirada impávida de su profesor. Adolescentes atormentados por una raíz cuadrada diabólica que se podría resolver en un segundo con la calculadora. He conocido chavales impotentes ante la lista inútil de los reyes godos, la de las capitales africanas y el catecismo en su versión ladrillo. Y púberes de los nervios por no entregar en plazo un trabajo escolar, sufriendo por la inclemencia de su tutor. He visto madres crueles dejando a sus hijos en el parvulario el primer día de curso, sin atender el llanto desgarrado de sus vástagos. He visto a esas criaturas inocentes mojando sus cuadernos de actividades, incapaces de utilizar sus pinturas dentro del contorno del dibujo.

Cuando se sucedían todos estos dramas Wert aún no era ministro, y su cuota de maldad la aportaban los profesores y los padres, todos unos desalmados y unos mal nacidos insensibles. Pero eran otros tiempos. Por fortuna la humanidad ha avanzado una barbaridad, y su parte más instruida, la comunidad educativa, ya no consiente estos desmanes. Un portavoz de la Asamblea de Docentes, un hombre de estudios como Paneloux, ha hablado en nombre de una verdad, y ha tenido la valentía de alzar la voz en nombre de todos los niños que lloran porque les dan clase en inglés, y no en catalán. Tras sus palabras, ha quedado claro que sólo los fascistas podemos permanecer impasibles ante un hecho de esta gravedad.

Aunque algunos acontecimientos recientes traten de confundirnos, la mayoría del profesorado está compuesto por hombres y mujeres sensatos y alérgicos al ridículo, o a permitir que lo hagan en su nombre. En la naturaleza del lobo está enseñar de vez en cuando la patita, aunque no por ello deja de ser lobo, ni de pegar dentelladas. Camus tuvo que pagar un alto precio a lo largo de su vida por decirle a los representantes lobunos de la izquierda oficial que el fin nunca puede justificar los medios. Claro que Camus sólo hubo uno, y cada vez se lee menos.

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