VIAJE A LA EDAD MEDIA

    No es fácil llegar a Phu. Hay tres maneras de alcanzar este pueblo de Nepal: en un helicóptero capaz de volar por encima de los 6000 metros de altitud, a lomos de un mulo, o caminando un mínimo de tres días desde el último punto al que se puede acceder en un vehículo todoterreno. El plazo de este paseo sólo es apto para los lugareños, porque el resto de mortales necesitamos una excursión mucho más prolongada para evitar el mal de altura y adaptarnos a la falta de oxígeno. En Nepal existen poblaciones estables hasta los 2600 metros de altitud que viven en las condiciones propias de uno de los países más pobres del mundo. Pero en Phu resisten poco más de cien personas a 4080 metros sin tendido eléctrico, ni agua corriente, ni teléfono, ni ninguna otra facilidad que recuerde al siglo XX. La región del Transhimalaya se ubica al norte de la cordillera más alta del mundo, y comprende los valles de Mustang, Dolpo y Manang. En este último se ubica Phu, en mitad de un desierto a gran altura rodeado de formaciones rocosas surrealistas. De tal manera que, por no llegar, allí no llega ni el agua de lluvia ni la nieve, detenidas las nubes del monzón por la pared descomunal del macizo helado de los Annapurna. En el valle de Nar-Phu se encuentra el mejor mirador para contemplar la cara norte de este colosal anfiteatro de roca y hielo, así que la recompensa por ascender hasta los 5320 metros del paso de Kang-la es un espectáculo imposible de olvidar.

A Phu se accede a través de una garganta de ocho kilómetros de longitud, un tajo profundo que divide en dos algunas de las montañas más bellas del planeta. Caminando dos días más atraviesas ya la frontera con el Tíbet. Por eso, cuando por fin sales del cañón y observas esta aldea encaramada sobre una ladera vertiginosa piensas que, si existe un lugar en el fin del mundo, debe parecerse a Phu.

Cuando el viento gélido no ejerce de navaja sobre la piel del rostro, el sol calienta lo suficiente durante las horas del mediodía. La vida en Phu se complica al atardecer. Entonces la temperatura se desploma y Karma Dolmaia, la señora de la casa frente a la que hemos montado nuestras tiendas, nos permite entrar para calentarnos cerca del fuego donde cocina. En torno al fogón ya están sentados sus tres hijos y sus dos maridos. Estos son hermanos, y se turnan en los deberes conyugales aproximadamente cada tres meses. Si uno de los dos tiene que salir de viaje para vender los excedentes de producción del rebaño de yaks, entonces el otro le sustituye en el lecho. En el fin del mundo no existen las pruebas de paternidad, así que la filiación de todos los hijos se asigna automáticamente al hermano mayor. El sistema tradicional de la poliandria se mantiene en las zonas rurales más alejadas de Katmandú para evitar que la población crezca en demasía y las tierras familiares se dividan entre muchos hermanos. A pesar de la discriminación que sufre la mujer en Nepal, en las estepas inhóspitas del Transhimalaya se impone un matriarcado sin concesiones. Es Karma Dolmaia la que ordena ante nosotros todas las tareas a realizar, impone los castigos a los niños y dirige esta economía familiar de subsistencia con mano de hierro.

Me siento junto a Dorjee, un niño de seis años, y le ayudo con los ejercicios que está haciendo en un cuaderno de inglés. Su madre no sabe leer, pero él me recita con seguridad su lección: B, de bird, F, de fire, M, de mountain, S, de ship, V, de violet, y así todo el abecedario. Después, Santiago lo sienta en sus rodillas y comienza a dibujarle animales, como hace con sus nietos, y el pequeño ríe y los nombra en inglés a la velocidad del rayo. Lo siguiente que aprende en un minuto son las mismas palabras en castellano. Yo observo los pequeños ojos brillantes de Dorjee, impresionado por su agilidad mental y su alegría allí donde para nosotros es difícil hasta respirar. A pesar de la lejanía del lugar, estoy seguro de haber viajado en esta ocasion mucho más en el tiempo que en el espacio. Y entonces me doy cuenta que una vez más me he equivocado. Que Phu no puede ser el fin del mundo, sino el origen de todo: la lucha del hombre contra una naturaleza inclemente, el trabajo duro por el sustento diario, la procreación, y la sonrisa sincera de un niño sucio, listo, curioso y feliz.

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