MEMENTO MORI

En un formidable ejercicio de masoquismo, uno a veces relee sus artículos. Pasados unos meses, o unos años, conviene recordar lo escrito sobre ciertos asuntos, sobre todo para que no te lo vengan otros a recordar. De esta manera, puedes clasificar tus columnas en función de la pregunta que te formulas al finalizar cada lectura. De mi etapa de escribiente alevín existe un numeroso grupo de piezas un tanto vergonzantes. Demuestra que en este oficio, como en todos lo demás, se hace camino al andar: ¿cómo podía escribir tan mal? Luego están los ladrillos, de la época en que la generosidad de Joan Riera me permitía colar redacciones plúmbeas, al tiempo que me regalaba algún consejo sabio: ¿cómo podía enrollarme tanto? También los hay que, conocidas algunas reacciones posteriores, me han llevado a una reflexión egoísta, o al menos pragmática: ¿para qué te metes en líos? Hay algunos, pocos, que considero que resisten bien el paso del tiempo: ¿qué tomaste, qué leíste, qué soñaste ese día para estar inspirado? Y también los hay que se deslizan peligrosamente por la pendiente de la pedantería: ¿quién te crees que eres?

Por supuesto, algunos artículos encajan en varias de esas categorías, y en otras peores. Es bueno saberlo, releerse de vez en cuando, y ser autocrítico, porque hoy en día disponer de un espacio regular para expresar opiniones en un medio de comunicación es un privilegio que se debe valorar en su justa medida. Normalmente el que escribe viaja sólo en la cuádriga cada vez que le publican, así que no tiene quién le recuerde al oído, como al general romano victorioso, que es mortal. Memento mori, o lo que es lo mismo: que el periódico de hoy sirve para envolver el bocadillo de mañana. Por humildad o por una necesaria higiene mental, resulta conveniente interrogarse cada cierto tiempo para qué escribe uno. Y sea cual sea la conclusión a la que se llegue, es necesario descender dos peldaños, como mínimo. Desde sus limitaciones, uno aspira a expresar alguna idea coherente, o a comunicar unos valores que hagan un poco más habitable el espacio público de reflexión que debe constituir la sección de opinión en un periódico. Pero son los lectores los que te colocan en tu sitio. Una vez escribí algo sobre las sensaciones que proporciona participar en un maratón. Un tipo lo leyó, y me contó que ese mismo día se compró un par de zapatillas. Ayer terminó su sexto maratón frente a la catedral de Palma. En otra ocasión me referí a a la pérdida de seres queridos, y una persona que acababa de pasar por ese trance se sintió reconfortada. Y luego está P.

La bradipsiquia es un síntoma neurológico que consiste en un enlentecimiento psíquico, mental o del pensamiento. Es una característica común en enfermedades del sistema nervioso central. P. trabaja en la administración, y esta afección le obliga a estar de baja numerosos días. El neurólogo le recomienda que lea todo lo que pueda y escriba al menos diez minutos diarios para restablecer el mayor número de conexiones neuronales e ir recuperando su memoria. Así que P. guarda todos mis artículos, y los de Ramón Aguiló, y los relee hasta que es capaz de entenderlos o recordarlos. Un día los hijos de P. tenían que llevar un par de artículos de periódico al colegio para hacer un comentario de texto. P. lo olvidó, y esa misma mañana tuvo que encasquetar a los pobres infantes dos de mis columnas. Desde que me lo contó supe que ningún artículo es tan inútil como puede parecer al cabo de un tiempo. P. es una persona culta e inteligente, y a menudo me envía largos mails comentando mis artículos. Hasta que no tuve conocimiento de su problema, no comprendía bien su interés insistente por mis columnas y las de Aguiló. Incluso alguna vez me sorprendieron las interpretaciones tan extrañas que hacía de mis escritos. Pero en general sus aportaciones son más que sensatas, y hace reflexiones que a mi me parecen de gran valor moral e intelectual. P. escribe con lucidez a propósito de mis parrafadas, no para contribuir a la solución de problemas colectivos como en cierto modo pretendemos algunos ingenuos, sino para mejorar de su dolencia particular. P. es mileurista, pero me cita la Eneida de Virgilio y el Ulises de Joyce como quien comenta el tiempo atmosférico en un ascensor. A mi esto me parece una injusticia y un enorme despilfarro, pero ese susurro repetido cada lunes me sirve para recordar que soy un afortunado y, sobre todo, que las columnas mueren.

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