BULLDOZERS EN LA TRAMUNTANA

Si existiera una imagen de un paraíso insular opuesta a la de una playa solitaria en Formentera, se parecería a una postal de la Isla de Skye. La mayor de las Hébridas en el noroeste de Escocia combina praderas calcáreas, lagos marinos, bosques frondosos y restos de calderas volcánicas con laderas de pastos infinitos dibujadas a punta fina contra el cielo. Por si fuera poco, alberga la cordillera más bella de Gran Bretaña, los Cuillins, una sucesión grandiosa de picos esculpidos durante milenios por el viento y el hielo, que recibe cada año a centenares de escaladores profesionales provenientes de todo el mundo. Claro que no todo el mundo que llega hasta allí es capaz de trepar por muros verticales de roca basáltica de casi mil metros de altura. Los nueve mil habitantes de Skye viven de la agricultura, de destilar whisky y, sobre todo, del turismo. Porque en esos 1600 kilómetros cuadrados no hay prácticamente nada, excepto naturaleza en estado puro. No hay museos, ni campos de golf, ni tiendas de moda, ni restaurantes de la guía Michelín. Y su castillo de Dunvegan no es ni el más bello, ni el más imponente, ni el que mayor historia atesora en Escocia. Explico todo esto para que se entienda que quienes llegan hasta aquí saben a lo que van. Los turistas que toman el transbordador en la localidad costera de Mallaig, o los que atraviesan el puente que une la isla a tierra firme desde la vecina Kyle of Lochalsh, se acercan a esa parte del fin del mundo sólo para disfrutar de algunos de los paisajes más variados y espectaculares que quedan en el maltratado planeta que habitamos.

Se comprende por tanto que Skye se considere un edén para los amantes del excursionismo y el treking, desde los más avezados a familias que viajan con niños pequeños. Hay centenares de rutas de diversos niveles de dificultad descritas en guías y mapas, abiertas para el uso y disfrute de miles de visitantes que comparten un rasgo en común: su respeto por el entorno natural y una elevada conciencia ambiental. Por eso en los caminos que atraviesan sus valles y montañas no encuentras papeles, y tampoco papeleras. Con seguridad, el itinerario más concurrido y famoso de todos es el que conduce a The Old Man of Storr, un impresionante monolito de cincuenta metros de altura. En poca más de una hora de caminata, un sendero te deja a los pies de unos acantilados que cortan la respiración. Y si aquella climatología caprichosa te regala unos minutos de cielos despejados, lo que se ve desde allí es difícil de olvidar, incluidas las águilas planeando sobre tu cabeza, y compensa con creces el esfuerzo de la ascensión. Al camino se accede desde un pequeño aparcamiento junto a la carretera, y desde allí se divisa el primer y único cartel que se puede leer en todo el trayecto. Uno se acerca pensando en algunos consejos ambientales o de seguridad, o en un plano detallado del recorrido hasta la gran roca, pero se topa con algo distinto. El letrero advierte de la prioridad sobre los caminantes de las máquinas o vehículos conducidos por operarios de mantenimiento. En la isla de Skye no existe una potente industria maderera, ni se produce energía a través de la biomasa. Son trabajos de tala y desbrozamiento comunes, una escena habitual en numerosas zonas de Escocia de alto valor ecológico. Hablamos del puro mantenimiento de enormes extensiones de bosques del pino silvestre típico de aquella zona septentrional. Así que te encuentras caminando durante un par de minutos flanqueado por varios bulldozers de tamaño descomunal, y no te sientes amenazado por ninguna mano depredadora, por ningún ser humano egoísta destrozando aquel paraíso natural por un interés particular. No detecté protestas ni gestos torcidos de nadie por aquella estampa de orugas y palas limpiando de vegetación, en plena temporada alta turística, zonas de imposible acceso durante su invierno subártico.

Enjugadas ya las lágrimas por el desastre y aplacada la furia ciega de los pancarteros habituales, parecen vislumbrarse en Mallorca unos rayos de sentido común, esperemos que no fugaces. Después de contabilizar 2300 hectáreas calcinadas en nuestra Serra de Tramuntana, parece éste un buen momento para dejar trabajar a los que saben de esto. Dado que no existen pruebas fehacientes de la existencia de facultades de ingeniería forestal de izquierdas y de derechas, convendría de una vez alejar según qué asuntos del navajeo político que tanto aburre ya a una mayoría de ciudadanos. El gusto por lo salvaje y la naturaleza intacta es una parvulez irresponsable que no se sostiene en el siglo XXI, y sus consecuencias son una hipoteca imposible de asumir para las generaciones futuras.

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