ALPHA PAM Y CIRCO

Vamos con el artículo que más de uno lleva en la cabeza, pero nadie escribe. Cruzaremos hoy la delgada línea roja de lo políticamente correcto para ponérselo fácil a los reyes del picadillo, hastiado uno de tanta hipocresía y oportunismo torpe. Da un poco de miedo que te hagan pasar por un mal nacido sin escrúpulos después de escribir esto, pero hay días que la náusea puede más que el susto. Porque el tratamiento político y mediático que está recibiendo el fallecimiento por tuberculosis de un inmigrante ilegal es repugnante. Lo siento yo, y creo que lo siente mucha más gente, de derechas y de izquierdas, pero que no tiene ganas de meterse en la trituradora de carne que le espera al que se aparta del buenismo oficial de esta sociedad de fariseos. La utilización (basada en una moral de cartón piedra y en un cálculo electoral erróneo) que algunos están haciendo de esta desgracia es otra prueba más de la existencia de un nuevo planeta en el sistema solar habitado sólo por políticos.

Las declaraciones a Diario de Mallorca del íntimo amigo del chico fallecido son impactantes. Como todos respetamos el dolor y la rabia de un joven inmigrante que acaba de perder a su compañero del alma, nadie se atreve a explicarle que, sin poner en duda ni su afirmación ni su buena fe, en Senegal la tuberculosis no se cura gratis. Ni en España, aunque tengas tarjeta sanitaria, ni en Canadá, ni tampoco en Suecia. En Senegal el tratamiento de esa enfermedad se pagará, en todo caso, con la parte del presupuesto público no saqueada por una de las clases políticas más corruptas del mundo. Deberíamos contarle que siempre paga alguien, aunque no sea él. Lo que queda claro tras leer la entrevista es que nuestro sistema de salud es tercermundista y cruel, peor que el de un país africano cuyos jóvenes se juegan la vida en pateras en busca de una vida digna. Algo difícil de entender.

Sabemos además que el joven senegalés sin papeles fue atendido en un centro de salud en Can Picafort, de donde salió con un papel que advertía de una posible tuberculosis, y la petición de una radiografía de tórax para confirmarlo o descartarlo. Cualquier estudiante de primero de medicina conoce la probabilidad de contagio por vía aérea de esta enfermedad. El propietario de una farmacia me explicaba hace unos días que la primera advertencia que hace a sus empleados novatos no se refiere al SIDA, ni a la sífilis, sino al protocolo para atender a un paciente que pide un medicamento contra la tuberculosis: sea cual sea la raza, el color de la piel, el sexo o el permiso de residencia, dos pasos hacia atrás. Así que ahora nos tenemos que creer que un inmigrante ilegal aparece en las urgencias de un hospital comarcal con un informe escrito que advierte de una posible enfermedad altamente contagiosa, y el encargado de su admisión, el enfermero y el médico de guardia lo ponen a rellenar papeles y le niegan la prueba diagnóstica. Para comprender esa situación debemos pensar que Alpha Pam y su amigo se toparon en urgencias con unos vagos, o unos pasotas, o unos irresponsables. O quizá unos seres malvados comprometidos hasta el extremo con una política homicida de austeridad en el gasto sanitario dictada por sus superiores. Cualquiera de estas hipótesis se antoja demencial. Así que lo más probable es que el joven llegara allí sin el informe que le habían entregado en el centro de salud de Can Picafort, que a menudo debe actuar como filtro para evitar el colapso y los costes disparatados de unas urgencias utilizadas durante años de manera abusiva, con tarjeta sanitaria o sin ella.

Por mucho que se insista en este punto, en España no se van muriendo por la calle los inmigrantes ilegales y sin recursos porque nadie les acerca al pecho un estetoscopio a tiempo. El fallecimiento de una persona por una negligencia política, administrativa o médica es un hecho grave. Sin embargo, en la cadena de errores que se han producido en este lamentable caso nadie quiere mencionar la posibilidad de que el joven, que residía ilegalmente en un país cuyo sistema de salud le atendió y diagnosticó una grave enfermedad contagiosa, no presentara un informe médico que en sus circunstancias era de vital importancia, por desgracia nunca mejor dicho.
Y ahora, ya puede continuar este circo: en la pista uno, la dimisión del conseller de sanidad. En la pista dos, la petición de cárcel por homicidio, se dice pronto, para el ex-gerente del hospital de Inca y dos directores generales del Govern. Y en la pista tres, el empapelamiento profesional de tres trabajadores del sistema público de salud presionados para contener unos costes insostenibles a día de hoy con los ingresos que somos capaces de generar y la deuda que podemos, o nos dejan, asumir. Porque es este Estado omnipotente de derechos universales y gratuitos, como el del tratamiento de la tuberculosis en Senegal, el que puede y debe responsabilizarse de todo, para que los ciudadanos, con o sin papeles, podamos disfrutar de las fieras y los payasos.

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