EL ARTE DEL POWERPOINT

Hace unos meses se estrenó un documental dedicado a Marina Abramovic, la diva del arte performance. La artista serbia llevaba cuarenta años epatando al público con sus representaciones al límite de la resistencia física y mental, explorando la conexión con los espectadores a través de audaces representaciones que utilizaban el dolor corporal extremo, las drogas o la violencia. Yo había visto algunas de esas imágenes en blanco y negro que datan de la década de los setenta y, francamente, en mi juicio siempre pesaba más una sospecha de desequilibrio psíquico que el valor artístico que algunos le atribuían, y que muchos le negaban. Más tarde conoció al artista alemán Ulay, su pareja sentimental y profesional durante doce años intensos y creativos, que tuvieron un final épico sobre la Gran Muralla China. Una de sus representaciones más famosas y controvertidas fue Death Self (“La muerte misma”). En ella unieron sus bocas y comenzaron a respirar el aire que compartían. Transcurridos diecisiete minutos se desmayaron, tras agotar por completo el oxigeno y llenar sus pulmones del dióxido de carbono exhalado por el otro. Era la metáfora perfecta de la capacidad del ser humano para absorber la vida del prójimo, transformarla y finalmente destruirla. Esta performance ya la entendí mejor porque la vi por primera vez durante el proceso de mi divorcio.

El documental está basado en la gran retrospectiva de su obra que se inauguró en el MOMA de Nueva York en 2010. A la joven vanguardista y radical que convulsionó durante décadas a la crítica con sus provocaciones le llegó el reconocimiento mundial con 63 años, porque “lleva mucho tiempo que te tomen en serio”. A esa edad Abramovic ya no quería clavarse cuchillos ni perder el conocimiento ante el público inhalando humo, pero la artista abordó la performance más dura y arriesgada de su vida: 716 horas y media durante 84 días sentada inmóvil frente a los visitantes de la exposición en una gran sala del museo. Siete horas y media diarias, seis días a la semana, estableciendo un diálogo de energía directo con cada persona que se sentaba frente a ella a través únicamente de su mirada. El título de la exposición se olvidó de las metáforas: “La artista está presente”. Días antes de la inauguración, el comisario del MOMA reconocía el riesgo de convertir aquello en algo puramente teatral. Pero ocurrió otra cosa, porque 750.000 visitantes certificaron un éxito sin precedentes en la historia del arte performance. Los primeros planos del público son impactantes, y la explicación no se encuentra en la imponente presencia física de la artista, ni en esa imagen viva pero inmóvil que combina la espiritualidad con una férrea disciplina corporal. En palabras de una crítica de arte, “lo hermoso de la performance del MOMA es que Marina trata con la misma atención y respeto a cada ser humano con el que se encuentra”. A algunos esto les impactaba, y muchos creían merecer esa atención individual.

Volví a ver el documental en televisión el mismo día que tres ministros del gobierno protagonizaban una rueda de prensa surrealista, que debería estudiarse en todas las facultades de ciencias de la comunicación del mundo. El mensaje ante una audiencia de más de seis millones de parados fue el siguiente: esto es lo que hay. En realidad no sé si quisieron decir eso, pero lo pareció. También nos pidieron al resto del público asistente a su performance que nos abrochásemos el cinturón de seguridad, pusiéramos el respaldo del asiento en posición vertical y cerráramos los ojos con el carnet de identidad en la boca, porque íbamos a impactar sin remedio contra una realidad pétrea. Y que aguantáramos el dolor, como Marina Abramovic, pero invirtiendo el orden y convirtiendo así al auditorio en los auténticos artistas. Tampoco sé si de verdad quisieron decir eso, pero lo pareció. La solución a la ecuación diabólica de nuestra economía es muy compleja, y no dudo de la capacitación técnica de Sáenz de Santamaría, Montoro y de Guindos. Pero la política, y menos en tiempos de crisis salvaje, no cabe en un powerpoint de colorines. No vamos a pedir políticos artistas capaces de conectar emocionalmente con el ciudadano a través de la mirada y el silencio. Pero la gelidez del tecnócrata llega a cabrear tanto o más que un nuevo recorte o impuesto. Hay millones de personas sensatas y responsables que no esperan que los políticos les solucionen todos sus problemas. Ya sabemos que sala de prensa de Moncloa no es un atrio del MOMA, pero la política debería tener algo de arte y ser capaz de emocionar, o de transmitir una sensibilidad. Sin caer en la teatralidad, ni confundir la sangre con el ketchup, un líder político debería hacer sentir al ciudadano que merece una atención especial, que es objeto de una mirada individual que lo convierte en algo más valioso que una hoja de cálculo.

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