FRANCO Y EL DUQUE DE PINA

Un político alemán, tomando una copa, le dijo algo a una periodista sobre sus tetas y su escote. Zafio, brutote, y lo peor, poco original. El garrulo vejestorio no sabía que en esos momentos la chica seguía trabajando: 24 horas los 365 días del año al pie del cañón informativo para que los ciudadanos no pierdan detalle sobre las personas a las que han votado. Se ha levantado tal polvareda internacional que han aparecido en la polémica Berlusconi y Strauss-Kahn, en un ejercicio que mezcla el priapismo del poderoso con la mala educación del míope que confunde un tic nervioso con un guiño. Si el bocazas hubiera sido asesor fiscal, médico o reponedor de un supermercado, y la mujer profesora, camarera o consejera delegada de una multinacional, el comentario hubiera provocado indiferencia, el inicio de una bella amistad o un guantazo. Pero en boca de un líder parlamentario entra en el terreno del acoso sexual. Uno comprueba con alivio como en Alemania también hay torpes en la política, y que sus ciudadanos no sólo trabajan y producen como hormigas, sino que toman copas e intentan ligar. En el fondo parece que no son tan distintos. Pero me llama la atención este Gran Hermano que montan algunos en torno a los políticos, una visión orwelliana de la vida que no deja el menor resquicio para la ironía o el sarcasmo. A mi lo que me hubiera gustado ver publicado es una respuesta brillante, una réplica sagaz, un quite paralizante al piropo tabernario del zopenco. Eso es lo propio en una mujer fuerte e inteligente que decide dónde y quién puede asomarse al balcón que cantaba Sabina. Así son las féminas que aparecen en mis sueños, apoyadas en la barra de un bar, incluidas las periodistas. Aunque trabajan hasta tarde, ninguna sale corriendo al despacho de su director para llenar una portadilla.

Ya digo que en el episodio subyace una alarmante falta de sentido del humor. Deberían existir políticos, periodistas y tesoreros de partidos políticos capaces de imaginar a Franco tocando la batería de joven en un club de jazz de Palma. Un Franco de vida disipada, echado a perder al poco de pisar Mallorca, adicto a las hierbas (las de beber) y entregado en cuerpo y alma a resolver el enigma de la celda auténtica de Chopin en Valldemossa. Un Franco al que sucesivamente pretenden reclutar para su causa Largo Caballero, Francesc de Borja Moll y Primo de Rivera, anticipando en medio siglo el fenómeno democrático del travestismo político. Pero el general bohemio se resiste porque sólo le interesa la música, la bebida y el verdadero piano que tocó Chopin. Un Franco que sueña con erecciones poderosas y con Patricia Conde, o viceversa. Pero todo este delirio se le ha tenido que ocurrir a un profesor de griego, al que la barba no consigue endurecerle la cara de niño travieso. Román Piña acaba de publicar su última novela. El general y la musa, y el libro confirma que el cachondeo es algo que hay que tomarse muy en serio. Solo así semejante desparrame mental puede convertirse en un artefacto narrativo que funciona con precisión suiza, aunque no aparezcan Urdangarín ni Bárcenas. Afirma Piña que en realidad es a él a quien le hubiera gustado tocar la batería, y algunos hemos interpretado sus palabras como una manera implícita y modesta de reconocer que tiene erecciones poderosas, y que por tanto no necesita soñarlas. Otro motivo para envidiar al autor de esta novela. La gamberrada literaria de Piña es tan aguda que penetra incluso en el subconsciente de otros para revelarles sus fantasías y deseos inconfesados. Miguel Dalmau, ilustre compañero de estas mismas páginas, se despierta últimamente feliz y ensangrentado en mitad de la noche del diablo, tras abrir de un hachazo la cabeza del conde Rossi.

Hacer reír es muy difícil, y más en los tiempos que corren. Te despistas cinco minutos frente al teclado y en un artículo se te han colado veinte veces las palabras crisis y corrupción. La gente necesita salir cada vez más tiempo al zaguán del humor para llenar los pulmones, antes de volver al ambiente encabronado del despacho de Luis, con sus puros y su contabilidad manuscrita. Yo respiré limpio y reí a carcajadas con El general y la musa entre mis manos, relajado porque ese mismo día La Rambla aflojaba su empalmamiento nobiliario, y la localidad de Pina rechazaba dar su nombre a otro ducado real.

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