SOÑANDO CON NIEMEYER

Recuerdo el manual de Historia del Arte que estudié en BUP como un pequeño ladrillo de tapas blandas, con mucho texto y fotografías pequeñas. Un tocho distinto a los libros de texto que circulan hoy por los colegios, mucho más gráficos y con tipografía para miopes. No era fácil digerir toda aquella teoría, y menos aún que despertara un interés especial más allá del objetivo de superar los exámenes. No soy pedagogo, pero nunca he entendido la aplicación estricta de un criterio cronológico a la hora de aproximar a los jóvenes a las distintas ramas del arte. El primer contacto de un adolescente con la literatura en castellano no puede ser a través de las “Vidas de Santos” de Gonzalo de Berceo, porque puede provocar un trauma tan duro que lo aparte de por vida de la lectura. Las figuras rupestres deberían mostrarse a los niños en las escoletas, pero la primera aproximación a la pintura de un estudiante de la ESO tendría que tener una mínima oportunidad de emocionarlo, o al menos de captar su curiosidad. A mi trataron de explicarme en qué consiste la arquitectura frente a una diapositiva de las construcciones megalíticas de Stonehenge. Creo que esquivé aquella avalancha visual de piedras rústicas por un golpe de suerte. Volteé aquel libro gordo sobre mi pupitre y comencé a ojearlo por sus últimas páginas, tratando de adivinar el final de la historia. Y en la penumbra de aquella vieja aula, con todos los neones apagados y un haz de luz entrando por el resquicio de la contraventana, observé fascinado una pequeña fotografía de una construcción incomprensible para mí, extraña pero hermosa, y que casualmente también era un monumento religioso: la catedral de Brasilia. Fue la primera vez que leí el nombre de Niemeyer, el hombre que aquel día me libró de morir sepultado bajo los pedruscos del Neolítico. En los meses posteriores de aquel curso, tragué con resignación los aburridos mazacotes del primer románico animado por la perspectiva de un final feliz, blanco, curvilíneo, optimista y lleno de luz: los edificios de Oscar Niemeyer.

La primera vez que estuve en Río de Janeiro me alojé, sin saberlo previamente, en un hotel de la Avenida Niemeyer, bastante alejado del centro. Durante el trayecto en el taxi desde el aeropuerto esa casualidad me hizo recordar la anécdota del colegio. Y me fijé entonces en que muchas de las principales calles de la capital carioca son de trazo recto y transcurren paralelas a la línea de costa, pero curiosamente la Avenida Niemeyer es una carretera de curvas sinuosas, como la obra del genial arquitecto, que une el final de la glamurosa playa de Leblon con el barrio pijo de San Conrado, bordeando el morro que aloja en cada una de sus laderas dos de las favelas más pobladas y peligrosas de Río: Rocinha y Vidigai. Es la viva imagen de la contradicción que recorre toda la vida de un artista nacido en una familia pudiente, que militó durante sesenta años en el Partido Comunista de Brasil, y cuya obra principal no hubiera sido posible sin la aportación financiera de ese capitalismo que tanto criticó. Mi admiración por Niemeyer era y es tan consistente que ni siquiera la resquebrajó el elogio persistente de Fidel Castro. Como la de García Márquez, la obra del brasileño es tan luminosa que no la eclipsa el aplauso entusiasta de un personaje tan oscuro como el caimán cubano.

Unos años después de aquella primera visita un día vi a Niemeyer almorzando en el Cipriani, el exquisito restaurante italiano del hotel Copacabana Palace, muy cerca de su estudio de arquitectura. Por entonces ya había cumplido los cien años, y la persona que me acompañaba me explicó que seguía acudiendo unas horas cada mañana a trabajar. Mientras observaba la figura enjuta de Niemeyer, encorvada sobre la mesa, no pude evitar pensar que cada mañana que yo acudía a mi despacho en Palma, una de las imágenes que tenía que soportar era el engendro incipiente del Palacio de Congresos en su primera fase de construcción. Y me recordé a mi mismo dentro del coche, pensando en aquellos días que ese edificio no podía ser tan atroz como parecía, que sólo lo estaban empezando y que el ganso enorme y feo se convertiría finalmente en uno de los fascinantes cisnes blancos de Niemeyer, que flotaría levemente a los pies de la Seo. Pero siempre se abría el semáforo y el claxon del vehículo de detrás me despertaba del sueño. Descanse en paz el genio, y también mi sueño.

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