CATALUÑA DEMUESTRA QUE LA BASURA PUEDE SER COMBUSTIBLE

El viaje hacia la independencia de Cataluña se acelera. La idea era meterle una marcha más, pero ahora ya parece un capítulo de Megaconstrucciones, con un plano fijo del edificio y la acción pasando a cámara rápida. Vemos a un montón de operarios pequeñitos corriendo de un lado para otro, afanándose por culminar la obra, frente a un público que mayoritariamente bosteza o se encoge de hombros, un poco cansado ya de ver siempre la misma peli. Ocurre que a muchos, la suma de “lengua más cultura más identidad igual a pasta” es una ecuación que no les termina de salir redonda, sin decimales. Aquí se mezcla todo, sentimientos legítimos, hojas de cálculo y elecciones que deciden el destino político inmediato de algunos: el cielo o el infierno, sin limbo posible.

Andamos estos días leyendo y escuchando los argumentos de los que niegan la posibilidad de transformación de los residuos en Combustibles Sólidos Recuperados (CSR) bajo la elaborada e incontestable premisa científica de “la mierda sólo es mierda”. Pero Artur Mas ha convertido sibilinamente los bonos basura de Cataluña en la leña que alimenta su pira soberanista, y no se ha generado tanta polémica. El ciudadano español opresor, sordo y ciego, anda tan obsesionado con llegar a fin de mes que no le queda tiempo para reparar en el mohín triste del president, que llega además después del de Cristiano Ronaldo, con lo que ya le pilla vacunado de melancolía. En Moncloa se reunieron dos señores muy serios, y excepto Federico Jiménez Losantos y los de Esquerra Republicana de Catalunya, el resto no nos apercibimos de la trascendencia histórica del encuentro. ¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde fueron a parar los millones de fachas españoles insensibles al hecho diferencial catalán? Muchos están buscando trabajo, y los demás se están revelando como consumados jugadores de póker.

Vamos a ver, si te vas del domicilio conyugal no se puede pegar un puñetazo tremendo en la mesa y hacer saltar toda la vajilla, para acto seguido girarte en la puerta del ascensor y decir: “Loli, mañana te traigo la ropa sucia que aún no tengo lavadora en el piso nuevo”. No hombre, hay que irse a la lavandería, que en Europa son más caras e incómodas que en Estados Unidos. Si millones de ciudadanos salen a la calle y te gritan “ni pacte fiscal ni hòsties”, al día siguiente no puedes pedir que el Barcelona siga jugando la liga de fútbol en España, porque el resto de jugadores de la timba pensará que vas de farol. Obviaremos aquí el lapsus freudiano del presidente del Barça al comparar su club con el Mónaco que juega la liga francesa, porque a pesar de esos personajes radicales tan aficionados a jugar a la ruleta rusa con pistolas trucadas, entendemos que Cataluña es mucho más que un gran casino de políticos ludópatas.

Los escribientes y opinadores de todo pelaje y condición llevamos dos semanas haciendo el canelo, avanzando apocalípticas descripciones sobre el día después de la independencia de Cataluña, pero la clave interpretativa de toda esta formidable manipulación de sentimientos está en una foto de Durán Lleida el día de la histórica manifestación, que ha pasado casi desapercibida. El hombre que pasea por el vestíbulo del hotel Palace en Madrid un cráneo dorado por el sol más reluciente que el de Michael Jordan, el caballero que luce cada día un par de gafas distintas a juego con los colores de la correspondiente corbata seda, se nos presentó en la manifa con muletas y la pierna derecha vendada, o escayolada. Toda una imagen del compromiso con el proyecto de construcción nacional en tan señalado día de un prohombre con su movilidad reducida por una lesión de rodilla. Para paliar la incomodidad del desplazamiento entre semejante marea humana, Josep Antoni vestía unas bermudas veraniegas y calzaba unas lustrosas deportivas azules con los cordones rojos de la misma marca que equipa al Barça. Un sutil detalle deportivo de catalanidad, no exento de elegancia, pleno de complicidad con los jóvenes forjadores de esa atmósfera de exaltación cuatribarrada. Pero de cintura para arriba comenzaba el desdoblamiento de personalidad, esa esquizofrenia, también estética, del pretendido nacionalismo catalán moderado que pretende seguir en misa y repicando. En tan caluroso día festivo, Duran Lleida llevaba una camisa pija azul celeste por fuera del pantalón, y una impecable americana azul marino (blue navy lo llaman ahora los cursis en las tiendas), para terminar de componer una imagen grotesca dada las circunstancias. La gente en Albacete se hubiera acojonado de verdad si el lema de la manifa hubiera sido “Antes pobres que españoles”, o si Duran Lleida hubiese aparecido en camiseta con un lema sobre el pecho alternativo, rompedor, del tipo: “Hemos convertido nuestro bono basura en CSR (Cataluña Sin Recursos)”

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