UN ANUNCIO DE CERVEZA EN MAGALLUF

La semana pasada dos entidades financieras hicieron públicos sendos informes de situación sobre la economía en Balears y sus perspectivas. En el primero de ellos, el BBVA calificaba nuestra comunidad como la región mejor preparada de España para salir de la crisis gracias al comportamiento de las economías de nuestros principales mercados emisores de turistas. Una vez más, el odioso turismo lanzando un flotador a una economía que boquea desesperada buscando oxígeno. Por su parte, la Banca March constataba nuestros réditos estivales fruto de la inestabilidad de los vecinos mediterráneos en el año de sus primaveras incendiarias. Y en un tono menos triunfante y más escéptico, advertía que esas efervescencias no duran eternamente, que debemos fidelizar a los clientes y que necesitamos captar otros nuevos. Si el análisis no es original, la fórmula propuesta para lograr los objetivos tampoco es novedosa: favorecer la competitividad para evitar la salida de inversiones de nuestras principales compañías hoteleras fuera de Mallorca, arrastrando con ellas a sus mejores clientes. En este asunto, hablar de seguridad jurídica es una obviedad que se da por descontada. Es necesario ir más allá en las políticas que favorezcan el desarrollo de nuevos proyectos turísticos capaces de aportar valor añadido y rentabilidad social sostenible en el tiempo. Y ejemplos concretos no nos faltan.

Hace unos meses Sol-Meliá anunciaba su macro-proyecto de reconversión hotelera en Magaluf. Luego vino lo de siempre desde donde siempre: el Doctor No recitando una vez más la ceniza descripción de la botella medio vacía, poniendo en duda la veracidad de las intenciones empresariales. Por molestar o por ganas de llevar la contraria, la empresa ha comenzado un proceso de selección de personal para cubrir en un futuro cercano hasta 280 puestos de trabajo, y busca perfiles relacionados con el mundo de la música, la moda o el surf. Todo ello en una zona sumamente degradada en el que cada dos por tres los turistas se nos caen, o se nos tiran por los balcones, beodos perdidos. La cuestión es sencilla de plantear: ¿es compatible un turismo de calidad con el ocio nocturno? Rotundamente sí. ¿Es compatible un turismo que aporte valor al destino con una oferta complementaria basada principalmente en la ingesta masiva de alcohol a precios irrisorios? Rotundamente no.
El turismo de borrachera no sólo es pernicioso para la imagen de Mallorca, sino que actúa como una bomba de neutrones porque va dejando progresivamente las zonas en las que se desarrolla como auténticos cementerios nucleares, incapaces de generar o atraer la más mínima inversión. Ya me explicarán quién va a reformar un hotel para que lo ocupen durante unas cuantas semanas al año jóvenes que permanecen la mitad de su estancia alcoholizados y la otra resacosos. Lo que sí atrae es prostitución, menudeo de drogas e inseguridad generalizada cuyo control y represión son muy costosos. La proliferación durante los años ochenta y noventa de multitud de bares vendiendo alcohol barato empujó a las discotecas a ofrecer barra libre, y esa espiral alimentó una demanda que a algunos les parece ya imposible de frenar. Esto es falso, a pesar de la presión de algunas agencias y touroperadores especializados en vender un subproducto que genera cada vez menos beneficios para los propietarios de esos locales. Hoy hay miles de clientes dispuestos a pagar mucho más por rendirse ante los grandes gurús mundiales de la música electrónica, o por subirse en una tabla de surf a una enorme ola artificial.

El modelo sol y playa no está en absoluto agotado. En el caso de los jóvenes, la publicidad bucea en su imaginario antes y mejor que los responsables de promoción turística. Acaban de estrenar el anuncio “estrella” de este verano rodado en la Tramuntana. Seguimos con paisajes y calas espectaculares, pero el verdadero elemento común con los spots de Formentera, Menorca y la Costa Brava de años pasados es el buen rollo y el romance estival. Todas las escenas son radicalmente incompatibles con un tipo dando tumbos o dormido con la camiseta salpicada de vómito.
Cualquier pequeño empresario conoce perfectamente la potencia de fuego de los funcionarios cuando se ponen a disparar por un aire acondicionado mal instalado, un error formal en un plano o unos decibelios de más. Sin recurrir a triquiñuelas legales, ¿cómo no va a ser posible para la Administración reconducir esa parte cutre y troglodita de la oferta complementaria que pretende atraer cada año a los hijos de Atila?

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