CRISTINA KIRCHNER, PRESIDENTA DEL CONSELL DE MALLORCA

Una tarde de verano descendía por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés de Avenidas. A punto de llegar a la planta de caballeros vislumbré a unos metros una de esas figuras cómicas que, a diferencia de las mujeres, componemos los hombres cuando nos probamos ropa. Un anciano diminuto de melena plateada y ataviado con bermudas verde chillón posaba con los brazos en cruz, mientras una rubia espectacular trataba de entallarle la americana. Pasmado, casi me estampo contra el suelo un segundo antes de reconocer al cristo redentor en miniatura y a su bello arcángel: Carlos Menem y Cecilia Bolocco. En aquella época el ex-presidente argentino ya había vendido todas las joyas de la familia a multinacionales extranjeras, porque lo que hoy es soberanía nacional antes no eran más que valores con los que enjugar un sangrante déficit público. También había cumplido ya seis meses de arresto domiciliario por un turbio asunto de tráfico de armas. Ni esto ni la convicción de todo un país acerca de las impúdicas comisiones que mancharon su gobierno durante aquel proceso de privatizaciones en los noventa, le impidieron imponerse a Néstor Kirchner en la primera ronda de las elecciones presidenciales de 2003. Definitivamente, Spain is different, pero Argentina también.

Entre el resentimiento criollo y el patrioterismo de saldo existe un espacio en el que analizar sin histeria la expropiación a Repsol de YPF, e incluso de extraer alguna lección desde la humildad. Seguramente este valor no es compatible con el movimiento, que no partido político, liderado por Cristina Fernández de Kirchner, cuyas juventudes jalean sus intervenciones con camisetas estampadas con su rostro, como si asistieran a un concierto de Lady Gaga. Pero tenemos mucho que aprender. España es un país en franca decadencia desde hace unos años, y no sólo económica, sino política y de valores. En un ejercicio de masoquismo, uno escucha determinadas emisoras de radio o cadenas de televisión y se acuesta pensando que al día siguiente no amanecerá en esta tierra. Pero amanece. Y ahí está Argentina, un país en franca decadencia desde hace un siglo, expoliado principalmente y sin escrúpulos por sus clases dirigentes desde comienzos del siglo XX, cuando era miembro de honor, no del G-20, sino del club de los diez países más ricos del mundo. Y también cada mañana amanece en La Pampa. En 1996 una encuesta del instituto Gallup revelaba que el sesenta por ciento de los argentinos pensaba que una persona honesta no podía triunfar en su país. Quizá sea esa la razón por la que admiro a muchos de los que he conocido en Europa. Como casi siempre, emigran los mejores. Tras la evasión masiva de capitales practicada con devoción por la oligarquía porteña, este es el segundo mejor ejemplo de autoexpolio en un país: la fuga de talento.

Marcos Aguinis, uno de los pensadores más respetados y leídos en Argentina, describe en su libro El atroz encanto de ser argentinos un arquetipo de compatriota. El ventajero es aquel que saca ventaja de forma indebida, no le importa que el beneficio sea ilegal, no cree en la justicia, aparenta inteligencia y brillo, ejerce la seducción, necesita triunfos urgentes, es un resentido y desdeña el esfuerzo. Decía André Malraux que los pueblos no sólo tienen los gobiernos que merecen, sino que se les parecen.

Izquierda Unida y Mobutu, el etarra que ha acudido a declarar a la Audiencia Nacional con una camiseta albiceleste, han coincidido en el análisis, cada uno a su estilo: que se jodan Repsol y España. El resto nos hemos indignado, y por eso se entiende el aquelarre de declaraciones grandilocuentes a este lado del Atlántico, porque cuando te roban lo menos que puedes hacer es quejarte un poco. Pero ya más serenos convendría girar el espejo y observarnos con calma. Contemplamos atónitos como la mayoría de argentinos asumen la evidencia del chorreo de comisiones millonarias ilícitas que toda esta operación política va a generar porque piensan que la gasolina les va a salir más barata, y olvidamos que nuestra comunidad autónoma fue devastada por una corrupción tolerada por demasiados mientras de una u otra forma les benefició. Nos ponemos campanudos apelando a la seguridad jurídica en las relaciones entre empresas y Administración, y al Consell de Mallorca le reclaman en los tribunales más de seiscientos millones de euros en indemnizaciones por decisiones de sus gobernantes. Cuando terminemos de aporrearnos el pecho por el ultraje de Cristina y sus secuaces, convendría ponernos de inmediato a hacer los deberes en casa.

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