MATAR ELEFANTES ES UNA ABERRACIÓN, EN EL OKAVANGO ADEMÁS INDECENTE

Hay domingos que me levanto de la cama antes del amanecer para correr treinta kilómetros. Una vez me tiré de un puente a doscientos veinte metros de altura sujetado por los tobillos con una goma. Y he pagado por visitar lugares a los que mucha gente no iría ni cobrando. Cuento esto para que se entienda que en cuestiones de ocio me considero incapacitado para dar lecciones a nadie sobre lo que puede o no hacer en su tiempo libre desde una perspectiva de “normalidad”. Supongo que esas y otras rarezas me hacen esforzarme por aceptar aficiones ajenas que no entiendo, alejándome todo lo que puedo de la intransigencia, la envidia y la demagogia barata. La caza mayor es una de ellas. La única vez que he disparado en mi vida fue en el servicio militar, y me costó la perforación de un tímpano. Sin embargo, los argumentos genéricos que escucho en contra de cualquier actividad cinegética legal y controlada me parecen débiles y difíciles de sostener sin caer en el radicalismo y la intolerancia. Tengo amigos cazadores que no son crueles psicópatas, ni cobardes, ni siquiera raros, o al menos no más raros que yo. Sin embargo, tirotear grandes mamíferos me parece una extravagancia anacrónica. Si se trata de elefantes lo considero una aberración, y hacerlo en el Delta del Okavango una indecencia cobarde, dispare un rey o el último botones del ministerio. Olvídense de Clark Gable en Mogambo, dejando que se le acerque una fiera de dos mil kilos que le embiste a toda velocidad y apretando el gatillo cuando la adrenalina le sale ya por las orejas. Esto va por otro lado.

Botsuana es un país algo mayor que España en extensión en el que sólo viven dos millones de personas. Entre abril y octubre, el Delta del Okavango puede llegar a ocupar una superficie similar a la de la Comunidad Valenciana, pero en su interior no hay ni una sola población estable. Funcionan medio centenar de pequeños alojamientos que se explotan por empresas privadas en régimen de concesión administrativa sobre una porción del territorio. La mayoría de ellos sólo son accesibles en helicóptero o avioneta. El gobierno del país ha optado por un modelo turístico de exclusividad en esa maravilla natural, no sólo por la propia debilidad de un ecosistema absolutamente único en el mundo, sino porque resultaría poco viable explotarlo de otra manera. En la época de lluvias, los gigantescos meandros del río crean extensos islotes con una densidad sorprendente de especies de todo tipo. El auténtico lujo es el espacio, la soledad y el silencio. Por eso en el Okavango puedes conducir durante horas sin cruzarte con otro vehículo. Por eso nunca te detendrás a contemplar una manada de leones con otros cuarenta todoterrenos alrededor del tuyo, como ocurre en los lugares más concurridos del Serengueti central, en Tanzania, y no digamos en el Kruger sudafricano de carreteras asfaltadas, esa Disneylandia con animales en libertad. Y es esa ausencia de masificación la que hace posible una increíble experiencia de interacción respetuosa entre el hombre y las criaturas salvajes más bellas del planeta. Esto es difícil de encontrar ya en otros lugares de África. Los cazadores bosquimanos del Kalahari quedan mucho más al sur. En el delta sólo hubo desde siempre agua, vegetación y animales. “Ellos estaban antes, nosotros vinimos después a su casa”, me explicaba Seretse, un guía inolvidable. Mandan ellos, todos los demás somos invitados de paso. Una cultura ancestral diametralmente opuesta a la de los guerreros masais en permanente lucha por sobrevivir cazando en las inmensas llanuras divididas por el río Mara. Y los animales lo saben. No hay que engañarse: es naturaleza en estado puro, y en los campamentos rigen normas muy estrictas. En todos hay armas de fuego, pero sólo se utilizan en casos de extrema necesidad. Sólo así te explicas ver a un elefante tratando de entrar en un almacén de comida, y a un nativo saltando, gritando y agitando una escoba sobre su cabeza para ahuyentarlo. Nada de disparos al aire. Sólo así puedes observar de cerca, en el sigilo del amanecer, a un leopardo con un ratón coleando entre sus fauces, esperando a su cachorro para entregárselo y que aprenda así a alimentarse de animales vivos. Un documental de la dos en directo. Pero no hace falta haber estado allí para entenderlo. La mejor prueba a la inversa de lo que digo es el video pornográfico que circula por la red, protagonizado por el propietario de la agencia que ha organizado la última cacería de Su Majestad. Se acerca con los brazos caídos a treinta metros de un paquidermo. El animal se gira hacia él, parado y confiado. El macho alfa levanta un rifle de gran calibre, apunta un segundo, y le descerraja un único trabucazo. Más o menos la misma distancia a la que pude yo disparar mi cámara en más de una ocasión. Cazar así es una canallada, sea gratis o cueste cuarenta mil euros. Y si un magnicidio puede merecer mayor reproche que un homicidio, parece lógico que esa escena nos resulte especialmente repugnante si quien empuña el arma es el Jefe del Estado.

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