HOMBRES LOCOS

Vuelve Mad Men, el mejor exponente del salto cualitativo que han experimentado las series de televisión en los últimos diez años. Actores y actrices brillantes, guiones magistrales, y una caracterización psicológica de algunos personajes tan compleja que resultaría imposible de lograr en dos horas de largometraje. La minuciosa descripción del mundo de la publicidad en la Norteamérica de los años sesenta, además de entretener, nos coloca ante situaciones cotidianas de aquella época que hoy resultan inconcebibles. Un ejemplo sería el descarado flirteo sexual en el ámbito laboral, despojado de cualquier tipo de culpabilidad desde la órbita masculina, y asumido como un elemento más del trabajo por muchas mujeres. Por mucho menos de lo que se muestra en cualquier capítulo de la serie hoy se puede truncar una carrera profesional, afortunadamente. Otra cuestión sorprendente, sobre todo para los más jóvenes, es el fumar compulsivo de la mayoría de sus protagonistas, a todas horas y en cualquier ámbito o situación, mujeres embarazadas incluidas. Además es habitual el consumo de alcohol en los despachos de los ejecutivos para celebrar un éxito, y también antes de una reunión, y durante la misma, y por supuesto al terminarla. Resultaría alucinante hoy en día entrar en un despacho y encontrar una botella de whisky sobre la mesa de un directivo. Finalmente, al concluir su extenuante jornada laboral, Don Draper abandona su despacho en Madison Avenue y se relaja tomando cocktails en alguno de los elegantes clubs del Upper East Side en Manhattan. Después, se pone al volante de su flamante Cadillac azul y conduce cansado y con los ojos entreabiertos hasta su casa en las afueras de Nueva York. Pero esta escena ya no nos llama tanto la atención.

La semana pasada dos policías fuera de servicio viajaban borrachos en un vehículo camuflado, volviendo a sus domicilios después de una buena farra. Golpearon a una ciclista alemana causándole la muerte, y después huyeron del lugar de los hechos sin auxiliar a la víctima. Un accidente más, de trágicas consecuencias, pero con elementos que lo han hecho saltar a las portadas de todos los medios de comunicación: agentes de la autoridad, usando un coche oficial y omitiendo el deber de socorro. El suceso ha resultado amplificado por una pésima gestión de la comunicación por parte de sus responsables, en un ejercicio de corporativismo mal entendido que lejos de proteger la imagen del colectivo ha estado a punto de conseguir exactamente lo contrario. Lo llamativo de estas circunstancias, por excepcionales, ha eclipsado lo realmente preocupante: a pesar de las campañas de concienciación, el incremento de los controles de alcoholemia, la modificación del Código Penal y la introducción del carnet por puntos, España sigue siendo uno de los países del mundo desarrollado con una mayor siniestralidad en las carreteras por el consumo de alcohol. Esta es una realidad asumida porque, por desgracia, beber primero y conducir después sigue siendo en nuestro país una conducta socialmente aceptada que no merece un reproche intenso y generalizado. Al “voy bien, controlo”, se responde “tú sabrás, es tu problema”. Pero no lo es, o al menos no en exclusiva. Aunque parezca incréible, tomar copas de noche sigue asociándose a una actitud sociable y enrollada, y beber refrescos, a priori, es de muermos o frikis. Y esto no sólo ocurre entre los más jóvenes. Negar que existe a menudo esta presión lúdico-social es engañarse. Ahora además se añade una competición estúpida cada fin de semana por ver quién pide la ginebra más rara de entre las doscientas cincuenta y cuatro que ofrece el local, combinadas con tónicas indias, neozelandesas o guatemaltecas. Y la crítica más habitual que se escucha a esta moda snob es el precio de los combinados, sin que nadie sea capaz de explicar con argumentos sensatos y convincentes por qué se debe estimular el consumo barato de alcohol de alta graduación fuera de los domicilios particulares. Por la mitad de lo que cuesta el último gintonic un taxi te deja a unos pasos de tu cama sin necesidad de emular al volante a un hombre loco, y aún te sobran unos euros para comprar las aspirinas del día siguiente.

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