SOLEDAD

Ya he visto la película que no deja indiferente a nadie: “La Dama de Hierro”. Como en cualquier Madrid-Barça, los forofos ya han opinado a favor y en contra envueltos en sus banderas. Para que luego digan que el paso del tiempo otorga u otorgará sosiego al juicio de personalidades de indudable trascendencia histórica como Margaret Thatcher, o Zapatero. La sublime interpretación de Merryl Streep no ha evitado que me deje un regusto amargo por el ensañamiento al mostrar mil veces las alucinaciones y la decrepitud física de una mujer de ochenta y seis años. El biopic de un personaje tan complejo, poliédrico y de enorme hondura ideológica se merecía algo más de sutileza al repasar los hitos de su carrera política. No hacía falta desdibujarla como un espectro viviente. Sí, está sola, como otras muchas ancianas viudas en la recta final de su vida, pero la importancia de su legado político en el Reino Unido queda reflejada en la frase que pronunció uno de sus más antiguos y leales partidarios, Geoffrey Howe, muchos años después de dimitir de su cargo como viceprimer ministro en desacuerdo con la política europea de Thatcher: “su verdadero triunfo fue haber transformado no sólo un partido, sino dos, de modo que cuando los laboristas finalmente regresaron, la mayor parte del thatcherismo fue aceptado como irreversible”.[]

En una de las escenas, Thatcher está a punto de acudir a una recepción con la Reina de Inglaterra. Mientras una de sus asistentas hace los últimos ajustes en su vestido, varios miembros de su gabinete le plantean sus dudas sobre la durísima estrategia para domeñar a un sindicalismo violento, en medio de enfrentamientos sociales, multitudinarias manifestaciones en la calle y una gran parte de la opinión pública en contra. La Primera Ministra comienza justificando sus medidas con un discurso liberal que termina convirtiéndose en una filípica humillante para sus colaboradores, trufada de alusiones personales. A su espalda, su marido Denis la observa en silencio, y ya a solas le susurra al oído que reflexione sobre la conveniencia de poner tanto a prueba y de esa manera la lealtad de las personas que más fielmente colaboran con ella. Escuchar estas palabras en una sala de cine el mismo día que tres personas del gabinete de Jaume Matas declaraban ante un tribunal de Justicia acusadas de graves delitos remueve en la butaca a cualquiera, o al menos a mí. Horas antes había contemplado con pena ante el televisor un espectáculo lamentable, y leído algún comentario hablando de cobardía, traición e ingratitud.

Salvando las distancias siderales entre Thatcher y Matas, sólo se me ocurre un paralelismo en el final de sus carreras políticas: el alejamiento total de la realidad que los rodeaba. En el caso que nos toca más cercano, la confirmación la tuve al leer la transcripción de las conversaciones telefónicas que mantuvo con su abogado en los días previos a su declaración como imputado ante el juez que instruye el caso Palma Arena. El despiste de Matas sobre lo que se le estaba viniendo encima desde hacía meses era absoluto, y el esperado paseo militar se convirtió en un desfile entre fuego cruzado de artillería pesada. Tratar de reconstruir ahora los puentes volados hace cuatro años tiene algo de patetismo. Aunque hoy suene a ciencia ficción, hubo un tiempo no muy lejano en que muchas personas se hubieran dejado lapidar en la plaza pública por Jaume Matas, y desde luego se hubieran ofrecido como escudos humanos de su ex-jefe. Cualquier político que ha acumulado grandes dosis de poder, y sin duda Matas ha sido uno de ellos, ha contado con su guardia de corps. Cuanto más arriba se ejerce ese poder más grandes son los riesgos que se asumen en la toma de decisiones. Y es en ese contexto donde en un equipo de trabajo adquieren todo su significado conceptos como lealtad, confianza, fidelidad y corresponsabilidad. Quien piense que eso sólo se construye o se sostiene mientras se mantiene el cargo no ha entendido absolutamente nada, y existen múltiples ejemplos que demuestran lo contrario. La argamasa que conserva unido al grupo cuando vienen mal dadas está compuesta por dos elementos esenciales: la certeza que el esfuerzo será recíproco y un cierto afecto personal que jamás hay que dejar de cuidar, ni aunque se ponga un océano por medio.

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