GUÍAS TURÍSTICOS

A demasiadas personas, cuando oyen hablar de guías turísticos, se les viene a la cabeza la imagen de un pastor guiando a un rebaño. Esto es casi inevitable cuando se para a menudo frente al semáforo de La Escollera y uno observa aquella riada humana ascendiendo hacia La Seo siguiendo un paraguas elevado sobre sus cabezas. Y sin embargo es injusto, porque en la cadena de valor del destino turístico que muchos de esos visitantes se llevarán a su casa, el recuerdo de la persona que los acompañó en algunos momentos de su viaje es fundamental. Yo he conocido muchos guías, de toda clase y condición. A gran parte de ellos los he olvidado, pero los que guardo en mi memoria están en relación directa con la evocación de los lugares donde los encontré.

Con Marcelo pateé los caminos de Tierra del Fuego, me descubrió los glaciares más recónditos y compartimos un delicioso asado argentino mientras me trasmitía su amor por aquella naturaleza salvaje y me contaba cómo vivió él una guerra de verdad, la de Las Malvinas. Kareem me sacó de El Cairo frenético y me invitó a su casa junto a la Ciudad de los Muertos. Tomamos té y conocí a la mujer y los hijos de un buen musulmán que soñaba con una primavera árabe muchos años antes que se produjera. Una fría mañana de Enero en Benarés, Jayendra remaba en su pequeño bote en mitad del Ganges, y me preguntó con una sonrisa pacífica en sus labios cuántas días de mi vida había madrugado expresamente para ver amanecer. Gracias a Lindi pude entrar, y sobre todo salir de Soweto, el mayor gueto de Johannesburgo donde se hacinan dos millones de seres humanos. Me mostró emocionada la casa de Nelson Mandela, y los orificios de las balas en el techo y las paredes de la Iglesia Católica Regina Mundi, donde entró la policía disparando contar los jóvenes negros que se manifestaban por su derecho a estudiar en su lengua nativa, además de en inglés. El bahiano Getúlio me ilustró orgulloso sobre el alma mestizada de Brasil y puso mis dedos en la llaga para que comprobara la veracidad del milagro de Candeal, aunque no viéramos a Carlinhos Brown. Kennedy, juro que ese era el nombre que me dio, se saltó las normas para sacar el todoterreno de la senda establecida en el Serengeti y poder admirar de cerca la belleza de un leopardo. Esa noche me explicó apasionado por qué creía él, que nunca había viajado fuera de su país, que no podía existir en ningún lugar del mundo un cielo como el de las llanuras de Tanzania.

También recuerdo varios mítines políticos. Una joven pekinesa me cantó las maravillas de la revolución de Mao frente al retrato del Gran Líder en la plaza de Tiananmen, antes de describirme al borde del sollozo el momento cumbre de su vida cuando rozó la mano de Deng Xiao Ping. Un barbudo en Karachi me aleccionó sobre la pureza del fundamentalismo islámico frente a la depravación moral de Occidente, y me aconsejó que no vistiera pantalones vaqueros en Pakistán. Y para mi sorpresa, una señora de origen puertorriqueño me dio una paliza tremenda bramando contra Bush, Rumsfeld y todos los neocons mientras caminábamos por el Bronx neoyorkino.

No recuerdo a los funcionarios desmotivados que me atendieron, ni a los burócratas aburridos que miraban el reloj cada diez minutos, correteando como pollitos para no exceder ni un minuto el tiempo de sus servicios prestados. Tampoco les pongo cara a los que trataron de soltarme el rollo que les obligaron a aprender de memoria para obtener su título oficial de guía turístico. Y por supuesto, no recuerdo haberles preguntado a ninguno de ellos, ni en inglés ni en castellano, si disponían de un certificado que acreditara el dominio de todas las lenguas oficiales de su territorio. La Agrupación Empresarial de Agencias de Viaje de Baleares ha presentado una alegación al borrador de la Ley General Turística pidiendo que el catalán deje de constituir un requisito para ser guía turístico. Cuando comience esta nueva y aburrida guerra nuclear lingüística intentaré irme de viaje.

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