UN RUEGO A SUS SEÑORÍAS

Ayer elegimos los nuevos diputados y senadores que nos van a representar en esta décima legislatura que comienza. Entre los electos por nuestra circunscripción hay una persona que lo primero que hizo cuando le preguntaron si quería integrarse en una de esas listas electorales fue llamar a un familiar, cercano y de absoluta confianza, para preguntarle qué era eso del Congreso y el Senado y en qué consistiría su trabajo, con evidente preocupación por tener que afrontar tanto viaje a Madrid. Yo ya no me espanto por casi nada. Hace unos años otro de nuestros representantes contactaba al día siguiente de tomar posesión de su escaño con varios catedráticos de la UIB para preguntarles si estaban dispuestos a dirigir su tesis doctoral, porque “iba a tener mucho tiempo libre”. Y sin llegar a tanta desfachatez, un auténtico perro verde como yo que lee u hojea a diario toda la prensa local no ha conseguido ver en ella ni una reseña en cuatro años de algunos de nuestros diputados o senadores salientes, excepción hecha de brisas, natas o crónicas inestables.

No viene al caso ponerle aquí nombres y apellidos a estas vergüenzas, porque ningún partido político se libra del oprobio y, sobre todo, porque en las elecciones generales y autonómicas (no así en las locales) entre los principales factores que influyen en la orientación del voto no se encuentra ni de lejos la composición de las listas. La prueba está en que una original reinterpretación del concepto tradicional de cunero, que hasta ahora venían aplicando “restrictivamente” los dos grandes partidos para colocar a tesoreros, ministros o miembros desarraigados de sus ejecutivas nacionales, además de la mujer de Felipe González y el cuñado de Manuel Fraga, no ha impedido al PP arrasar en Balears. Esta evidencia sirve de coartada perfecta a los partidos para elaborar sus candidaturas siguiendo criterios curiosísimos, que no tienen que ver con el interés general sino con las discordias y equilibrios intestinos, a través de una pantomima de democracia interna y comités electorales de plastilina y cartón piedra.

Pero lo peor no es eso. Lo realmente dañino para el sistema no es tener que pagar los sueldos y viajes de algún inútil, o vago, o ambas cosas a la vez. Lo grave del asunto es que en el mismo proceso electoral también resultan elegidas personas válidas, solventes y trabajadoras. Algunas de ellas van a ganar menos dinero que el que obtendrían en su actividad privada, y van a tener sin duda bastantes más dolores de cabeza. Mientras se susurraba muy bajito durante la campaña sobre una necesaria reforma de la Ley Electoral que permitiera las listas abiertas, la marea generada por el descrédito de la clase política empuja a una parte de la opinión pública a meter a todos en el mismo saco y a poner en solfa el sistema de elección de nuestros representantes a través de los partidos. Y esto es peligroso porque constituye el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento a medio plazo de salvapatrias, caudillitos y melenudos vendedores de crecepelo, que lejos de mejorar nuestra alopecia democrática, la empeoran.

Lo fácil es disparar a discreción. Por eso yo ruego a sus señorías, los nuevos, que para no emponzoñar aún más la imagen de los que sí trabajan, que los hay y muy competentes en ambas cámaras, huyan como de la peste del ejemplo de aquellos que durante años jamás solicitaron a los portavoces de su grupo parlamentario intervenir ante el Pleno. Les pido que no escuchen los consejos de quienes eligieron las comisiones en las que participar en función del menor número de reuniones, evitando las más activas y que obligan a pernoctar más noches en Madrid, por culpa de un estúpido e hipócrita sistema retributivo que a menudo lleva al absurdo de ganar menos los que más trabajan. Les suplico que no imiten a los que utilizaron el procedimiento de copia/pega para presentar miles de preguntas similares, enmascarando así en las estadísticas de actividad parlamentaria su inutilidad, o su vagancia, o ambas cosas a la vez.

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