LA OTRA INJUSTICIA SAHARAUI

Desde hace cinco semanas el mallorquín Enric Gonyalons permanece secuestrado en algún lugar de Africa junto a otras dos cooperantes internacionales. Por desgracia, la proliferación de este tipo de acciones en los últimos años, la discreción de las autoridades para no perjudicar las negociaciones y la contención de los medios de comunicación para no dar publicidad gratuita a los delincuentes, ha ido menguando el espacio informativo que ocupan estos dramas. La novedad de este caso estriba en que, de momento, ningún grupo terrorista ha reivindicado el asalto al campamento de refugiados saharauis en Rabuni, ni se ha recibido ninguna petición económica para el rescate. El delegado de la República Arabe Saharaui Democrática en España, Bucharaya Beyun, ha interpretado esta falta de noticias de los secuestradores como “un intento de parar el movimiento de cooperación internacional con la causa saharaui”, y añade que “hay un fin político tras esta acción”. No le falta razón a este hombre, y los dirigentes de la RASD tienen motivos para estar preocupados.

Visité los campamentos saharauis en Tinduf hace diez años, pero dudo que haya cambiado mucho la situación. Durante cinco días recorrí varios de los asentamientos en territorio argelino de un pueblo orgulloso, luchador y hospitalario, con el que los españoles seguimos en deuda treinta y seis años después de abandonarlos a su suerte de mala manera. Fueron unas jornadas duras, emotivas y llenas de sorpresas. La mayor de todas, comprobar que incluso en un desierto terrible, sin dunas doradas ni oasis reparadores, en ese erial pedregoso e inhóspito por el que la romántica figura de Lawrence de Arabia jamás se atrevería a cabalgar, también existen las clases y los privilegios. Volé de Argel a Tinduf sentado al lado de una chica guapa y simpática, hija del responsable de la Media Luna Roja Saharaui. Regresaba a su país desde Zaragoza, donde había cursado un año de estudios para completar su formación adquirida en una universidad norteamericana. Por supuesto, su familia no vivía en ninguno de los campamentos de refugiados, sino en la ciudad argelina próxima a ellos. Conocer su historia me preparó para lo que iba a poder comprobar después. Junto a los que sobreviven en condiciones durísimas en el medio natural más hostil para el ser humano que se pueda imaginar, habita una casta de burócratas sabiamente adaptados a un sistema de caridad internacional perfeccionado a lo largo de los años.

Visité un gigantesco almacén en el que reposaban miles de pupitres escolares, imposibles de utilizar ni quintuplicando por decreto la población escolar saharaui. Hablé con médicos heroicos, hartos de recibir medicamentos inservibles o escasamente útiles allí, pero necesitados del material sanitario fungible más básico. Como en un sueño, me encontré en mitad de un escenario de Mad Max: un gigantesco cementerio de vehículos en mitad del desierto, con los esqueletos de centenares de autobuses despanzurrados entre piedras y arena. Estábamos allí para ayudarles a mejorar el transporte de personas entre Dajla, El Aaiún y Smara, cuando lo realmente vital para ellos era garantizar la movilidad entre los asentamientos, pero no de los habitantes, sino del agua. Sin embargo, en lugar de explicarlo sin tapujos previamente, los polisarios prefirieron ocultarlo por si nos desanimábamos y dejábamos de enviar los autobuses de los que extraían las piezas para reparar los camiones cisterna.

Compartiendo un té en su ardiente caseta de adobe, uno de aquellos saharauis de inmenso corazón me reconocía que una parte importante de ese montaje humanitario y bienintencionado sostenía un turbio comercio con Mauritania y otros países limítrofes. Nada nuevo bajo aquel sol implacable: como en tantos otros lugares del mundo, la injusticia que se abate sobre un pueblo digno y noble ha servido de tapadera perfecta para que una casta dominante perpetúe sus privilegios. Ahora, en una paradoja siniestra, los dirigentes de la RASD, supuestamente la parte más indefensa de esta historia, se han visto obligados a poner escoltas armados a sus benefactores cooperantes, para que no se convierta en pesadilla el sueño vital de personas que, como Enric Gonyalons, creen y trabajan por un mundo más justo.

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