VIOLENCIAS DE IMPORTACIÓN

Son legión los que critican en la sociedad civil mallorquina su pasotismo generalizado, su pereza ante la reivindicación y su falta de pública contestación ante circunstancias o hechos que provocan un rechazo mayoritario. Planteamientos u opiniones sobre los que existe un amplio consenso son incapaces de movilizar de una forma organizada a una masa crítica suficiente para presionar o influir en uno u otro sentido sobre los poderes públicos. Sin duda, el activismo social articulado al margen de los partidos políticos es un síntoma de madurez en las democracias más avanzadas, y por tanto esta es una carencia a anotar en la cruz de nuestra moneda. Sin entrar a medir si esta flema mediterránea deja nuestra botella medio llena o medio vacía, el reverso de la cuestión se traduce en una comunidad esencialmente pacífica, alérgica al conflicto gratuito, sobria en sus expresiones y con una aversión profunda al exabrupto y la violencia de cualquier género, incluida la verbal. El descrédito de la clase política no sólo tiene que ver con la corrupción y la crisis económica.

Aunque contábamos con antecedentes recientes de enfrentamientos entre bandas juveniles de origen latinoamericano, los sucesos que ha protagonizado una pequeña parte de la comunidad nigeriana en Son Gotleu nos han vuelto a dejar atónitos por su extrema violencia y el descontrol total, rayano en la locura, que transmitían sus protagonistas. Bajo el paraguas del racismo y la exclusión social, unas decenas de descerebrados desataron la tormenta para trasladarnos su salvaje interpretación del derecho a la justicia. Insisto a propósito en que constituyen una exigua minoría dentro de ese colectivo, y me atrevo a poner en serias dudas el pretendido carácter tribal, compacto y homogéneo de una comunidad originaria de un país con doscientos cincuenta grupos étnicos y más de quinientas lenguas vivas, cuya idioma oficial, el inglés, no se habla en gran parte de las zonas rurales. Los líderes de sus asociaciones (que sean tres para el millar de nigerianos que viven en la barriada ya es un dato muy revelador) reconocen en privado serias dificultades de comunicación entre ellos durante sus reuniones. A mí no me interesan las causas de esta barbarie, sean la desesperación o el tráfico de drogas. Las bestias lo son independientemente del color de su piel o su situación económica. A mí me preocupan los otros, la mayoría que huyó de su país en busca de una vida mejor para ellos y sus familias, y que para quemar coches o destrozar bienes públicos se hubieran ahorrado el viaje y se hubieran quedado en Lagos, su antigua capital, la ciudad más violenta del mundo excluidas las conquistadas por el narcoterrorismo.

Tampoco tenemos que viajar tan lejos para encontrar ejemplos de violencia importada. Lo acontecido en Felanitx durante las fiestas de Sant Agustí está inventado hace tiempo. Aquí la excusa para la brutalidad no es la miseria ni la marginación social, sino el jolgorio, la francachela y el tradicional y comprensible exceso etílico de una parte del gentío. En otros sitios también se empezó a disfrazar el asunto en forma de broma, algo pesada, lanzando huevos a determinados políticos, pero de buen rollo, para simbolizar que en los festejos patronales la autoridad pasa a un segundo plano y quien gobierna esos días es el pueblo llano. Al año siguiente la graciosa irreverencia volaba en forma de tomate, y al tercero las hortalizas llevaban en su interior cojinetes de acero. La intimidación y la violencia política del nacionalismo radical vasco durante las fiestas populares avergonzaron durante años a una parte del PNV, pero nunca tuvieron suficientes cojinetes de acero para plantarse y prefirieron minimizar el problema o mirar para otro lado. Hasta que la mayoría de convecinos se hartó y obligó a la minoría salvaje a firmar treguas durante las verbenas. Hay productos a los que deberíamos imponer todos los aranceles posibles para dificultar su importación.

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