LECCIONES DE JOAN PERICÁS A AMY WINEHOUSE

Si lo pensamos un instante, todos conocemos alguna persona empeñada en arruinar su vida, gente que dedica tiempo y esfuerzos a poner en la bolsa de basura todo lo bueno que le ha podido ir tocando en la lotería del mundo: familia, amistades, trabajo, dinero… No me refiero a cometer errores puntuales o a tomar riesgos exagerados, sino a un tipo de actitud destructiva con uno mismo y con su entorno más cercano, en un viaje decidido, aunque pueda tener pausas, a lo más oscuro y profundo del hoyo. Si quien actúa de esta manera es alguien tocado por el dedo de Dios, elegido entre millones para regalar felicidad a través de un don natural, y que además le convierte en multimillonario, entonces alcanza la condición de idiota desagradecido. Cada vez que escuchaba la voz de Amy Winehouse cantando Valerie pensaba lo injusto que era que esta tipa se estuviera matando dejando veinte canciones para la eternidad cuando nos podía regalar, o vender, doscientas. La chica saltó una vez más por la ventana con ese paracaídas lleno de porquerías que, tarde o temprano, termina por no abrirse.

Hay formas más ejemplares de irse. Me enteré de su muerte aún impresionado por la lectura pocos días antes de las Memorias de Joan Pericás. Mientras una jugaba a la ruleta rusa con el revólver en la mano, el otro esperaba sereno el momento de salir, no por el balcón, sino por la puerta principal y con la cabeza bien alta. El libro de Pericás, escrito en los últimos meses de su vida, es brillante por muchos motivos. El intimismo costumbrista de sus relatos de infancia nos acerca a la Mallorca rural de hace cuarenta años con una nitidez que deslumbra, y hay una nostalgia bella y conmovedora en su descripción de una Palma que ya no volverá jamás. Pero además, se adentra en terreno peligroso, en ese campo de minas que conforman la política y los medios de comunicación locales. Los ajustes de cuentas resultan comprensibles en alguien que repasa su vida poco antes de morir. Lo realmente meritorio es hacerlos sin traslucir un ápice de ira ni rencor mientras un cáncer te está agarrando por el pecho para sacarte a empujones del escenario. Por ejemplo, en su papel de rara avis, Pericás se rebela contra las técnicas del periodismo deportivo aplicadas a la información política: yo merengue, tu culé, y haré lo imposible para que gane mi equipo. Todo es discutible, pero lo que no cabe duda es que el periodista pagó un alto precio por su coherencia, y sólo por eso, y no porque haya fallecido, ya merece todo el respeto y la admiración que quizá no tuvo en vida.

Pero las palabras más emocionantes del libro no están dedicadas a ningún director de periódico ni a ningún político, sino a sus hijos. El autor perdió a su padre a los doce años, y por ello conoce perfectamente el vacío que su muerte dejará en los niños. Y sufre por esa ausencia, sin melodramas ni excesos lacrimógenos, de manera contenida, digna y sincera. Se va con pena, mirando hacia atrás, preocupado por los que deja, dando una lección de vida y de muerte sin pretenderlo. Valdría la pena saber cuántos heroinómanos se chutan pensando en sus padres, o en sus hijos, o en sus amigos, si es que son capaces de pensar en alguien que no sea ellos mismos. Cuántos drogadictos se ponen en la piel de los otros antes de meterse al cuerpo toda esa mierda. Cuántos de estos robinsones que creen vivir en una isla desierta echan un vistazo a sus huellas en la arena e imaginan las lágrimas de los demás. Si además cantan como un ángel negro, entonces no tienen perdón de Dios.

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