EL ÚLTIMO FAVOR DE MAURICIO WIESENTHAL

La semana pasada la librería La Biblioteca de Babel celebró su segundo aniversario. Los clientes y amigos de la casa deberíamos haber llevado un presente a este insólito templo del buen gusto que hermana literatura y vinos de calidad. Tendríamos que agradecer a su propietario que en una ciudad como Palma podamos disfrutar de un espacio que, si estuviera localizado en París, Praga o Dublín, constituiría un lugar de peregrinación para cualquier amante de los libros y el buen vivir. Pero sucedió lo contrario: José Luis nos regaló una delicatessen, una exquisitez para el espíritu en forma de visita de uno de los escritores más originales y brillantes de nuestro país, Mauricio Wiesenthal.

La próxima vez que escuche a las plañideras habituales quejarse de la paupérrima vida cultural de Palma recordaré a las escasas cuarenta personas que pudimos paladear, casi en la intimidad, la sabiduría, el humor y la pasión de un hombre de otra época, un ejemplar único de una especie en vías de extinción, un personaje que si no existiera habría que inventarlo para escribir la gran novela inédita del siglo XX. Es imposible presentarse hoy en día en una charla veraniega vestido con un pantalón blanco, un blazer azul marino con botones dorados y una pajarita burdeos sin resultar ridículo. Eso sólo queda al alcance de un prodigio como Wiesenthal, un autor casi clandestino por decisión propia hasta que una grave enfermedad le hizo cambiar de opinión para fortuna de sus hoy numerosos lectores. Por eso puedo confesar, no sin cierto rubor, haber leído antes a Ruiz Zafón que a él, pero fue por culpa suya. A alguien que tarda cuarenta años en entregar a un editor el manuscrito de su primer gran libro se le imagina tímido, introvertido, reservado, casi huraño, una especie de Salinger ibérico. Pero en su lugar apareció en Babel un torrente de bellas y apasionadas palabras, una voz de barítono doméstico tronando por unos ideales, unas convicciones y una coherencia vital llevada hasta sus últimas consecuencias que logra empequeñecer al oyente sin pretenderlo. Una personalidad a contracorriente, un hombre capaz de levantar su amable corpachón en mitad de los aplausos para pedir disculpas a la exigua audiencia por si alguna de sus razonadas opiniones hubiera podido molestar a alguien. Sólo por esto ya es, por desgracia, una figura definitivamente fuera de nuestro tiempo.

A Wiesenthal le debo conocer en profundidad la colosal figura de Stefan Zweig, y sin duda él sería el hijo que a este judío austriaco le hubiera gustado tener. Sus libros me han proporcionado los anteojos literarios para viajar siguiendo sus pasos por Capri, Viena, Dublín, Florencia, Estambul, Antibes o Estocolmo. Pero sobre todo, su vida es una lección de humanismo en acción, de extrema curiosidad y tolerancia ante lo distinto y lo ajeno, en un anhelo permanente por conformar una conciencia moral europea que hoy se ha visto arrasada por la burocracia de un continente empeñado en olvidar de dónde proviene y enloquecido por imitar lo peor del modelo norteamericano.

Y así, evocando la figura de este hombre viajado y cosmopolita, respetuoso e impregnado del espíritu de la vieja Europa, catalán de nacimiento y ciudadano del mundo por cuyas venas corre sangre escandinava, rusa, judía, germánica y española, el maestro me ha hecho sin querer un último favor: me ha dejado sin tiempo, espacio ni ganas de contestar los insultos y zafiedades, con amenaza final incluida, que me dedicaba hace unos días un amable lector que, libre de mestizajes contaminantes y con sangre más pura que la del políglota barcelonés que inspira este artículo, llegó a este humilde espacio de opinión, como todos nosotros, desde la cueva gala de Cro-Magnon, pero en su caso directamente, sin detenerse una sola vez en las hermosas escalas de las golondrinas de Wiesenthal.

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