EQUIPAJE DE MANO

Recuerdo que me desperté aún de noche y salí a la calle con la primera luz del día. Recuerdo la tensión de los minutos previos y a los policías municipales sacando de allí a algún borracho. Se me pasó el leve temblor en las piernas con el sonido seco y potente del cohete. Recuerdo el inicio de la estampida, el griterío y los primeros codazos y empujones en mitad de una marea blanca y roja. Y en seguida, en el tramo de Santo Domingo, el más rápido de todo el recorrido, aquellos diez segundos interminables corriendo pegado a un animal de seiscientos cincuenta kilos. Es un recuerdo cinematográfico, sin ruido de fondo, como en las películas bélicas cuando un soldado camina aturdido tras una explosión que lo ha dejado sordo. Sólo consigo oír el sonido de las pezuñas del toro de Dolores Aguirre golpeando los adoquines, el bufido salvaje de su respiración y mi corazón latiendo a mil por hora. Recuerdo mi mano izquierda sobre el lomo húmedo del animal, sólo un momento, su pelo negro brillante, y mi mirada saltando cada segundo de los pitones descomunales al frente de la calle para evitar tropezar con otros corredores. Recuerdo el pánico a encontrarme una montonera en el callejón de entrada a la plaza y el deslumbramiento al pasar de su oscuridad a la luz cegadora de la plaza, con el sol rebotando en aquel espejo de albero. Recuerdo un abrazo fraternal en el centro del coso y un beso junto a un burladero. Fue un encierro rápido y limpio, sin percances graves. Una hora después veía mis pupilas aún dilatadas en los cristales de un bar de Pamplona.

Decía Paul Bowles que cuando en la vejez te vas acercando a la muerte, de los cientos de personas que pasaron por tu vida sólo consigues recordar cinco, quizá diez de ellas, que de verdad marcaron tu vida. Aún no lo sé con certeza, pero pienso que algo similar debe ocurrir con nuestras experiencias. Restando nacimientos y defunciones de seres queridos, imposibles de olvidar, no creo que en ese reducido equipaje de mano que no facturamos en el último viaje nos quepan tampoco más de cinco o diez de esos momentos estelares, plenos de emoción e intensidad, posiblemente idealizados con el paso del tiempo y la flaqueza de nuestra memoria, pero que son los que terminan por dar sentido al trayecto completo y compensan las penurias cotidianas.

Veintitrés años después de nuevo el gentío, la algarabía, otra plaza bajo un sol perfecto y otro animal de belleza portentosa irrumpiendo en ella, desparramando adrenalina sin límites. Todo el poderío de su pecho elevándose sobre nuestras cabezas, y mi mano alzada tratando de rozar ese cielo negro y brillante de sudor en mitad de la tarde. Y otro abrazo fraternal, de emoción compartida, en una fiesta detenida en el tiempo, encerrada para siempre en su burbuja ancestral, en otro escenario cinematográfico mucho más bello que el que cautivó a Hemingway. Una ciudad de patios y casas abiertas, de hospitalidad y tradición, de niños en las ventanas que acarician crines de bestias serenas en mitad del caos. Caballos que te hipnotizan con una mirada noble a escasos centímetros de tu rostro, petrificados por unos segundos mientras el resto del mundo gira a su alrededor en un baile de locos. Imposible explicar el encaje perfecto de unos ritos medievales, de señores y vasallos, que se mantienen anclados en el imaginario de todos sus protagonistas mientras son fusilados con iphones y videocámaras de última generación y subidos de inmediato a Facebook o Youtube. Desde hace unos días en mi equipaje de mano queda algo menos de espacio. Gracies Sant Joan, Gracies Ciutadella, Gracies Toni.

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