DE QUÉ SE QUEJA RAFA NADAL

Estaba tenso en las ruedas de prensa, enfadado como nunca y contenido como siempre, pero se le notaba mucho el disgusto porque aún tenemos en la memoria la imagen del niño con cara de alucinado levantando su primera copa en Roland Garros. Sólo han pasado seis años, pero en la vida de un deportista de élite equivalen a veinte.

Ya aviso que yo era fan de Jimmy Connors y su flequillo de niño malo, de McEnroe y su genio de gamberro malcriado. Boris Becker sólo me gustaba cuando se tiraba en la hierba de Wimbledon y mascullaba tacos ante los Duques de Kent. De Borg, como más tarde de Stefan Edberg, pensaba que le funcionaba el organismo con un litro menos de sangre que al resto. Iván Lendl me daba miedo porque me parecía un híbrido entre el drácula de Bèla Lugosi y un agente del KGB. Y Sampras era un robot, guapo y simpático, pero tan perfecto que sólo emocionaba cuando sufría a cinco sets en las finales. Nadal no es perfecto, y debería serlo aún menos para que todos nos enteráramos de lo que vale un peine. A sus veinticinco años ya lo hemos empezado a jubilar cuatro veces. Al principio, cuando sólo ganaba en tierra batida, porque sus puntos y sus partidos eran más largos que los del resto y no podría aguantar ese ritmo mucho tiempo. Los hizo más cortos, pero entonces llegaron las lesiones, y sus tendones eran los de una persona de cincuenta años que no se podrían curar. Se recuperó, y entonces apareció la nueva generación de jugadores, con Djokovic, Del Potro, y Murray al frente, que lo desbancaría. Los fundió a todos, pero este año el serbio le ha ganado cuatro veces y de nuevo teníamos que empezar a asumir que el chico ya no es el que era. Es obvio que algún día esta recua de saturnos devoradores de sus mejores hijos terminará acertando porque todo tiene un final, pero sorprende este afán cainita de algunos por agradecerle cuanto antes los servicios prestados. Un comentarista de TVE se despidió de la audiencia felicitando a Nadal, textualmente, “por haber ganado su décimo Gran Slam en París jugando tan mal”.

Nadal no se lamenta porque algún despistado pueda pensar que gana sin esfuerzo. Se queja porque un reducido pelotón de francotiradores con voz en los medios de comunicación, no sólo no valora lo mucho que tiene que sufrir para continuar haciendo cumbres con su raqueta convertida en piolet, sino que aguarda expectante por ver cómo se despeña desde alguna de las cimas del Himalaya tenístico.

Una estrella del Real Madrid o Barcelona se emplea al cien por cien de sus posibilidades en diez, quizá veinte partidos de fútbol al año, rodeado de otros compañeros de gran nivel. Pero en una pista de tenis, se te planta delante un armario de dos metros sacando a doscientos treinta por hora y, como tengas un día tonto, te manda a pelotazos hasta Porto Cristo antes que el tío Toni tenga tiempo de arengarte. Y ya tenemos el drama mediático montado. A toro pasado nos percatamos de lo injusto que resulta todo este tinglado navajero, pero entonces llega el argumento incontestable: tiene que aguantarse porque para eso es el número uno y gana una pasta. Y el chaval se calla, sonríe, y da gracias a la vida. Admirable, pero yo me quedo con la versión canalla que seguro habita en lo más íntimo de nuestro hércules autóctono. Lo imagino de buena mañana en su habitación, leyendo la prensa, cabreado y mentando la madre de sus precipitados enterradores; saliendo del hotel, travieso, mirando de reojo el escote de alguna de las beldades que mariposean a su alrededor; y finalmente, en el centro de la pista con el micrófono en la mano, muerto de la risa, pidiendo perdón a los miles de afligidos parisinos a los que cada año, y van seis, les amarga una preciosa tarde de domingo primaveral.

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