FACTURAS LUZ

Durante la noche electoral, José Ramón Bauzá se dirigía a la parroquia popular haciendo esfuerzos por contener la euforia de los afiliados. El tsumani azul amenazaba con tornarse azul viagra por sus efectos vasoconstrictores sobre alguno de los allí congregados. Y no era para menos porque, en el fondo, nadie se llegaba a creer la previsión más optimista de la encuesta más favorable. La hecatombe socialista, la división del voto de izquierdas, la dispersión del centro regionalista y la Ley D’Hondt crearon las condiciones para esta tormenta perfecta. Bauzá tenía dos razones para ser recatado en la celebración: la primera, como él recordó, el respeto por las miles de familias que lo están pasando mal en Baleares. La segunda era menos estética y mucho más de fondo, porque ya tenía datos suficientes para saber lo que se le viene encima. El reguero de pequeños, medianos y grandes empresarios que se le acercaron durante la campaña le dio una idea de la deuda con proveedores que se puede encontrar. El precedente catalán provoca escalofríos. Artur Mas descubrió en los cajones facturas impagadas, no registradas ni contabilizadas, que elevaron en un 0’6% del PIB la deuda oficial catalana. Así que no parece una cuestión de estrategia anunciar auditorías, sino de saber de qué hay que morir. Porque si no morimos, al menos vamos a estar en coma inducido durante un par de años, como mínimo. Las administraciones no van a solucionar el problema del paro, pero al menos les podemos exigir que eviten el cierre de empresas pagando en plazos razonables los bienes y servicios que adquieren. Con la recaudación fiscal desplomada, este objetivo sólo se puede alcanzar reduciendo el gasto público de una manera inédita hasta la fecha, y eso va a suponer un esfuerzo colectivo que solo se podrá entender si al mismo tiempo se nos explica mejor en qué se va a seguir gastando el Govern la mayor parte de su presupuesto.

En cualquier agencia de viajes te advierten seriamente de la conveniencia de contratar un seguro médico si vas a viajar a Estados Unidos. La anécdota más socorrida es la del esguince de tobillo patinando en Central Park que te puede salir por más de mil dólares. Pero aquí el director de Son Llatzer explicaba hace unos meses que una operación de apendicitis cuesta 1900 euros y nadie movía una ceja. En febrero comenzó a implantarse en ese hospital la entrega de la factura sombra solo a pacientes hospitalizados, de cirugía ambulatoria y urgencias, pero hubo quienes reaccionaron hablando de coacción y desfachatez. Cuatro meses después los responsables se lamentan de que hay pacientes que rompen las facturas delante de sus narices sin leerlas, unos indiferentes y otros enfadados. Es obvio que el uso abusivo de las urgencias hospitalarias dificulta la sostenibilidad de un sistema sanitario público que soporta tratamientos con fármacos biológicos a pacientes con enfermedades crónicas no mortales pero que experimentan una extraordinaria mejoría en su calidad de vida. El coste de los mismos puede oscilar entre los diez mil y los treinta mil euros por paciente y año. Pero hay gente que pasa, o se cabrea, si se le muestra lo que cuesta atender en urgencias un dolor de muelas a las doce de la mañana.

Será difícil hacer entender los recortes sin una pedagogía previa de valores, en este caso más económicos que morales. Tenemos que conocer exactamente lo que nos cuesta a todos mantener el nivel actual de nuestros servicios públicos. Lo gratis no existe, así que nada de sombra, sino todo tipo de iluminación sobre el coste real del billete de tren Palma-Inca o un curso de derecho en la UIB.

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