EL MARATON DE BOSTON

Hace unos días un chico de Kenya corrió el maratón de Boston en dos horas, tres minutos y dos segundos. Cuatro minutos antes de comenzar a volar, Geoffrey Mutai  pasó a mi lado caminando, concentrado pero sin perder la sonrisa. Extendí mi mano y él la palmeó mientras le deseaba suerte. Y así con otros tantos de los mejores atletas de fondo africanos que iban a protagonizar la carrera más rápida de la historia del atletismo en esta especialidad. Durante unos segundos taladré con mi mirada sus músculos imposibles, sus cráneos afilados, sus tendones de acero asomando sobre zapatillas fluorescentes. Cuando conseguí cerrar la boca pensé que tenía que ser allí, a escasos kilómetros de  Harvard, el MIT y el resto de las sesenta universidades de Boston, donde se produjera semejante concentración de talento, en este caso físico. Pero ni su andar etéreo, ni las perfectas condiciones climatológicas, permitían presagiar la dimensión de la hazaña posterior. Mutai recibió 175.000 dólares por ganar y batir el récord de la prueba. Muchos de los jugadores de fútbol de primera división que cobran eso cada mes no son capaces de correr un solo kilómetro al ritmo que el keniata hizo los cuarenta y dos.
La IAAF no ha homologado la marca como récord del mundo por el desnivel negativo que existe desde la salida en la vecina ciudad de Hopkinton hasta el centro de Boston. Esta circunstancia, unida al viento favorable, quizá pudo ayudar a estos dioses de ébano a destrozar los límites físicos humanos conocidos hasta la fecha, pero para el resto de los veinticinco mil mortales que corrimos mientras ellos volaban, el recorrido de este maratón urbano sigue siendo uno de los más duros y exigentes del mundo. Una sucesión de toboganes te va castigando las piernas hasta el kilómetro veinticinco. A partir de ese punto, en las colinas de Newton, se suceden las tragedias durante ocho kilómetros infernales capaces de destrozar a los atletas más experimentados. El de Boston es el único maratón del mundo en el que el ochenta por ciento de los corredores participan con una marca mínima acreditada según su edad y sexo. Muchos de ellos lo intentan durante años hasta conseguirlo. En esta edición, las inscripciones se abrieron seis meses antes de la fecha de la carrera y se agotaron en ocho horas.
Mientras unos pocos elegidos levitaban con sus cuerpos sobre el asfalto, otros, la mayoría, dejábamos volar nuestros sueños por alcanzar una pequeña meta particular. ¿Qué es lo que lleva a tantas personas a encarar un reto como este? Puede resultar difícil de entender para quien no haya conocido la sensación de llevar el cuerpo y la mente hacia sus límites a través del esfuerzo constante y el afán de superación. El maratón entendido como reto personal es una experiencia que puede modificar la percepción de esos límites y tu capacidad de evolución, no sólo en el plano físico, sino también en el emocional. Esta idea ha sido desarrollada de manera brillante por escritores y empresarios de éxito, así que no caeré en la pedantería de pretender explicarla yo mejor. Solo aseguro que lo he comprobado y que me ha regalado algunos de los momentos más intensos de mi vida cuando los he compartido con mis seres queridos.
Pensaba en ello la víspera del maratón, mientras corría por un angosto sendero que discurre paralelo a la ribera del río Charles en Cambridge. Mirando hacia el skyline de Boston me percaté que ese era el lugar exacto que aparece en una de las fotografías que ilustran el libro “De qué hablo cuando hablo de correr”, del escritor japonés Haruki Murakami, que describe magníficamente muchas de las sensaciones del corredor de fondo. Instantes después un leve zumbido a mi espalda me sacó de mis pensamientos, y dos gacelas negras enfundadas en chándales pasaron flotando a mi lado.

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