INSOPORTABLE ESPAÑA

Tenía doce años cuando jugué por primera vez con el equipo de mi colegio en una ikastola a las afueras de Vitoria. Resultó muy emocionante porque era como jugar un partido internacional: todo el pabellón repleto de ikurriñas, lauburus y pancartas sólo en euskera. En el pasillo de los vestuarios había colgado un retrato de un señor mayor con boina al que no conocía. Después me enteré que era Sabino Arana, pero el nombre tampoco me decía mucho por entonces. A mí el ambiente de las banderas y la parafernalia nacionalista me resultaron simpáticas; el conjunto quizá un poco hostil, pero muy motivador, como debía ser en un partido entre los mejores equipos escolares de Alava.

Al final de aquel curso, un mes antes de que comenzara el Mundial de España, mi abuelo me regaló una camiseta del “Naranjito” con una minúscula bandera española en la manga. El día que la estrené, cuando volvía del colegio, tres chicos “mayores” me increparon en plena calle por ser un facha, me escupieron y me zarandearon. La cosa acabó con un leve rasponazo en el codo, otro en la rodilla y un tremendo hematoma en el orgullo. Pero lo peor fue mi incapacidad infantil para entender lo de las banderas buenas y malas. A esta confusión contribuyó mi padre unas semanas más tarde cuando me llevó por primera vez a un gran partido de fútbol en directo. Fuimos a San Mamés al Inglaterra-Francia de la Copa del Mundo de 1982. Aunque vi jugar a Platini, Giresse, Tigana, Shilton, Robson y Trevor Francis, el recuerdo más impactante que conservo fue el escalofrío al escuchar a veinticinco mil franceses cantando La Marsellesa al inicio del partido. El único himno que he cantado yo en mi vida es el “Gaudeamus Igitur”.

Han pasado veintiocho años y sigo sin entender nada, o quizá ya lo entiendo todo. No voy a seguir con el ejemplo francés por aquello del centralismo, De Gaulle, la “grandeur”, etc. Tampoco acudiré al manido ejemplo de la bandera norteamericana en cada hogar de Estados Unidos por lo del imperialismo yanqui y demás zarandajas. Pero es que en Brasil, ejemplo de estado federal descentralizado, te puedes subir a un avión y leer en su fuselaje “TAM, orgulho de ser brasileira”, y nadie acusa a su propietario de nacionalista brasileño. En España hay que ir con más cuidado.

La progresiva normalización en nuestro país del uso de lo que algunos sienten como símbolos nacionales ha sido un hecho, excepto en el caso de la bandera constitucional. Después de treinta años de Aberri Egunas, Sant Jaumes y Diadas, la enseña española seguía reservada en exclusiva para pijos madrileños veraneando en Santander. Lo que la mayoría hemos vivido desde la tolerancia y el respeto hacia los legítimos sentimientos de una minoría, ahora provoca en otros, pocos, úlceras y ataques de pánico. La muerte súbita del fantasma de Franco ha dejado sin argumentos a los que se envuelven en su bandera con los ojos vidriosos por la emoción, pero hablan de trapos y telas cuando queman otra que no sienten como suya. La conjuntivitis aguda que les ha provocado la visión de esta marea roja y amarilla les impide ver con nitidez lo que está sucediendo, y prefieren hablar de operaciones político-mediáticas, de márketing, etc. como si todos, menos ellos, fuéramos un atajo de borregos manipulables. Los que ayer citaban a Vázquez Montalbán definiendo al Barça como “el ejército sin armas de Cataluña”, hoy creen que se magnifica la repercusión de “un juego en el que once tíos dan patadas a una pelota”.

Y de alguna de estas mentes privilegiadas, capaces de situarse fuera del rebaño ovejuno que les paga el sueldo, pero incapaces de entender los sentimientos y la reacción espontánea de millones de personas que, más allá de ideologías políticas, se emocionaron ante el triunfo agónico de un grupo ejemplar y quizá irrepetible de deportistas, surge la brillante idea de considerar que un ente público debe relegar a un segundo plano las informaciones sobre la selección española en el Mundial, por ser éstas de carácter estatal y no local. Por si no quedaba suficientemente claro, se añade: “Fugirem de fer debats relacionats amb “La Roja”. Aquesta pot ser una tasca de les emissores estatals”. En mis más de cincuenta colaboraciones como tertuliano en IB3 Radio, y a propuesta del director del programa, he opinado sobre muchos temas. Sin ánimo de ser exhaustivo, sólo citaré algunos ejemplos de estos últimos meses, todos ellos de indiscutible carácter local: la elección de Obama, la inclusión o no de España en el G-20, el positivo en un control de alcoholemia de un diputado nacional del PP, el uso de aviones oficiales por parte del presidente Zapatero para acudir a mítines del PSOE, los trajes de Camps, el caso Gürtel y Esperanza Aguirre, el papel de los mercados financieros en la actual crisis mundial, el triunfo de David Cameron en las elecciones del Reino Unido, la privacidad en las redes sociales…

El lunes pasado, escasas horas después de que España ganara el Mundial de fútbol por primera vez en su historia, participé en la tertulia matinal de IB3 Radio. Me hubiera gustado comentar allí algunas de estas opiniones, pero no pude. Cubrimos el expediente en tres minutos. El resto del debate, unos treinta y cinco minutos, lo dedicamos a otros asuntos de rabiosa actualidad: el borrador de la Ley del Suelo y los sindicatos. Lo lamento por el bochorno que pasaron muchos de los profesionales que hacen los informativos del ente público y el escaso respeto que alguno demostró por el trabajo que habían venido realizando hasta entonces para dar una imagen de independencia y credibilidad. Y todo porque algunos no soportan la imagen que sintetiza lo que ha sucedido: un jugador del Barça, envuelto en una senyera, agarrado a una copa, y gritando: ¡Viva España!

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