No hace falta haber estudiado en una prestigiosa escuela de negocios para entender los principios básicos que rigen una negociación, porque los dicta el sentido común. Uno de ellos nos dice que, tan importante o más que la propia posición a la hora de plantear una estrategia, es la posición en que se encuentran la otra, o las otras partes. Dicho de otro modo, no sólo cuenta reforzar nuestra posición, sino evitar que los demás adquieran capacidad de presión a la hora de imponer sus planteamientos.
Este principio, que es de perogrullo, rige para el mundo de los negocios y, en cierto modo, también para las relaciones personales. Nadie con un mínimo de honestidad intelectual puede pensar que la política funciona de una manera distinta.
Lo que está sucediendo en las últimas semanas en el Parlament balear es una demostración de ello. El Partido Popular de Marga Prohens ha alcanzado acuerdos puntuales con Mes per Mallorca y con el PSIB para sacar adelante iniciativas parlamentarias o desbloquear partidas del presupuesto. El motivo que han encontrado esos dos partidos de izquierdas para votar en el mismo sentido que el partido de derechas que gobierna en nuestras islas es sencillo de explicar: consideran que, en estos dos casos, coinciden en su interpretación sobre qué es lo más conveniente para el interés general, o sea, para los ciudadanos. Un escándalo.
Que algunos se rasguen las vestiduras porque se puedan producir estos consensos es una prueba de la degradación que ha alcanzado la vida política. Si aceptamos con normalidad la imposición permanente del prejuicio ideológico, podemos cerrar tranquilamente las cámaras legislativas. Nos ahorramos los sueldos y, sobre todo, el pobre teatrillo semanal que se nos ofrece.
Si hablamos de Baleares, costaba entender ese continuo aporreamiento en el pecho de la izquierda por el hecho de que el PP aceptara propuestas de Vox. La gente termina por pillar el truco y, tarde o temprano, ve la bolita del trilero. Es una trampa demasiado burda —y, en el fondo, poco democrática— tratar de imponer una regla de juego según la cual la única posibilidad de que gobierne el PP pasa porque obtenga mayorías absolutas.
Lo que ocurre cuando repites cien veces «que viene el lobo», es que la gente termina por salir a pasear tranquilamente por el bosque. Es lo que ha sucedido con Vox, un partido que ha crecido, en parte, porque la izquierda le ha otorgado una fuerza desproporcionada a la hora de imponer algunos puntos de su programa. Esa capacidad de presión, superior a la de sus resultados electorales, ha sido consecuencia directa de la gran aportación de Pedro Sánchez a la política de este país: «No es no, qué parte del «no» no ha entendido».
El tiempo ha demostrado que el principal beneficiario de ese enunciado ha sido Sánchez, el único candidato capaz de superar una votación de investidura habiendo perdido unas elecciones. Ya ven que no hablo de gobernar, porque para eso es necesario una mayoría parlamentaria mínimamente estable, y que no hablo de «único beneficiario», porque sus socios independentistas obtienen pingües beneficios de su debilidad política.
Se escucha el argumento de que ese mismo bloqueo lo ejerce el PP, pero entonces hay que recordar dos hechos: el primero, que Sánchez es el moderno inventor del muro, el primero que cavó las trincheras y agitó el «no pasarán». Y el segundo, que Feijóo le ganó las elecciones, un detalle no menor en una democracia parlamentaria.
Al final, va quedando claro que fue Sánchez el que, con su sectarismo y su ambición desmedida por el poder, arrojó a Abascal a la marmita de la poción mágica, convirtiendo al líder de Vox en el Obélix de la política española, capaz de condicionar gobiernos autonómicos y ayuntamientos allí donde un Partido Popular moderado es capaz de superar con creces el treinta por ciento de los votos, y, a veces, el cuarenta. La auténtica kriptonita de Vox, el material que le otorga superpoderes a la hora de presionar al PP, es la piedra sobre la que Pedro ha fundado su papado en minoría. Ahora, en los territorios, parece que una parte de la izquierda comienza a darse cuenta de que esa estrategia los conduce a la irrelevancia y, por tanto, al fracaso electoral.
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