Según cuentan algunos libreros, el pasado jueves batieron todos los récords de ventas en un día de Sant Jordi. Seguramente es cierto. Yo nunca había visto tanta gente arremolinada en las calles de Palma alrededor de los puestos de libros. No sé los años que llevo escuchando hablar sobre la «muerte del papel» y, por elevación, del «final del género novelístico». Según las cifras de publicaciones y ventas, no se aprecian en el enfermo literario signos de un óbito inminente.
En la era digital, los arúspices de las nuevas tecnologías pronosticaban el triunfo del libro electrónico como paso previo a la derrota final de las letras. Nos venían a decir que, simplemente, el desarrollo de las máquinas facilitaba el éxito definitivo de una idea que ya verbalizaban nuestros ancestros: una imagen vale más que mil palabras. Hasta hace tan solo cincuenta años, para grabar imágenes se necesitaban aparatos cuasi profesionales, cuyo precio y manejo restringían su uso a una minoría. Hoy, conocemos menores de doce años que editan vídeos de calidad.
Supongo que esta es la razón por la que parte de las nuevas generaciones perciben a los escritores como vestigios de un oficio de otro tiempo. Son artesanos de la palabra que se asemejan a los recolectores a mano de los frutos del campo, a los ascensoristas, a los fareros, a los limpiabotas… en definitiva, profesiones que han desparecido, o van a desparecer, porque su trabajo lo puede hacer una máquina.
Yo creo que la novela, y también la poesía, van a sobrevivir a la dictadura del algoritmo y al empuje de lo audiovisual precisamente porque nuestros antepasados tenían razón: una imagen vale más que mil palabras. Porque justo a eso se dedican los novelistas y los poetas, a crear imágenes con las palabras. También trasladan pensamientos, es cierto, pero la fuerza de las imágenes que se crean en la mente del lector de una buena novela, o de un poema, es imbatible.
Escribo todo esto para que los lectores de esta columna sigan comprando libros como posesos durante todo el año, y no sólo del día de Sant Jordi. Pero es mentira. Pido disculpas por la milonga que he desarrollado en los anteriores cinco párrafos. Me queda el consuelo de que algunos, o muchos de ustedes, ya se olían la tostada y se venían venir el engaño.
Deben de contarse por miles los artículos que se han escrito en los últimos diez años a la ambición de poder, la falta de escrúpulos, la inexistencia de límites morales, el desprecio por las normas establecidas y las reglas del juego democrático de Pedro Sánchez. Sólo los míos se cuentan por decenas. Ahora son legión los antisanchistas sobrevenido, pero algunos ya advertimos signos alarmantes desde el principio. «Exagerados», nos reprochaban. «Te cae mal porque es de izquierdas», y en este plan.
Ya digo que estaba todo escrito, pero la potencia de los vídeos de aquel bochornoso Comité Federal del PSOE celebrado el 1 de octubre de 2016, ha convertido en mala literatura todas las descripciones de la escena de la urna y el intento de pucherazo que habíamos leído hasta hoy. Se ha de reconocer que la publicación de esas imágenes por parte de The Objective contribuyen a entender la psicología y el comportamiento del personaje Sánchez de una manera infinitamente más nítida de lo que se pueda contar en una columna de opinión o en un libro.
No se trataba de defender el voto secreto en una urna frente al procedimiento de la mano alzada, sino de votar sin que nadie te viera. Desmontada la estafa y al estafador, Pedro Sánchez dimite como secretario general de PSOE y se despide diciéndoles a sus compañeros del comité federal que «lo peor que le podía ocurrir al PSOE, ya ha ocurrido», refiriéndose al acenso de Podemos. De todas sus mentiras en la última década, esta no sólo fue una de las primeras, sino de las más grandes. No, Pedro, lo peor que le podía ocurrir al PSOE y al país estaba por llegar, y eras tú.
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