Para empezar, conviene recordar que la práctica de sexo oral en un despacho presidencial no se recoge explícitamente como motivo de dimisión. El político más poderoso del mundo fue sometido a un proceso de destitución en el Senado de los Estados Unidos acusado de perjurio y obstrucción a la justicia. Excepto para una humillada Hillary Clinton, la felación en el Despacho Oval fue lo de menos. Lo más obsceno para la opinión pública norteamericana fue mentir bajo juramento.
Tengo escrito hace tiempo que la manera en que Francina Armengol ha tratado de explicar sus contactos con Koldo García y sus secuaces, es incomprensible. Con los datos que conocemos, y en los que la propia Armengol insiste, hay algo sustancial que no encaja. Falta una pieza en el puzle que ella misma nos trata de ocultar tirando por elevación: «yo no he robado, ni constan en los whatsapps indicaciones directas mías para contratar a una empresa». Claro, presidenta, la cosa no va por ahí.
Hay que decirlo sin tapujos: en comparación con un ministro putero con cargo a los presupuestos del Estado y un asesor que cobraba mordidas de contratos públicos, Armengol sería inocente porque no alcanzó ese grado de putrefacción moral y legal. Precisamente por eso, porque asegura no pertenecer a ninguna trama corrupta, no se entiende la estrategia seguida para justificar los contactos que conocimos en su día, y que ahora se amplían en el último informe de la UCO.
No es necesario ser un reputado consultor para intuir los principios que rigen una correcta comunicación de crisis. El primero, básico e inexcusable, es actuar con rapidez. El gobierno de Baleares presidido por Armengol tardó tres años en denunciar un contrato que supo por escrito que era fraudulento unas semanas después de la llegada de las mascarillas.
El segundo principio de la comunicación para atajar una crisis se basa en la transparencia y la veracidad. Declararse angustiada en un whatsapp a Koldo por la situación dramática que se vivía en Baleares por culpa del COVID, y manifestar en sede parlamentaria que «ni recuerdo las comunicaciones que he tenido con este señor porque no eran nada trascendentes», no parece ni veraz ni transparente.
El tercer principio se refiere a la claridad y precisión de los mensajes. Imposible no recordar aquí la caótica rueda de prensa ofrecida por Armengol en el Congreso de los Diputados cuando se conocieron sus contactos con Koldo García. Por último, se debe mostrar responsabilidad y empatía, asumir el error cometido y exigir la reparación del daño.
Honestamente, con los datos que conocíamos, no parecía tan difícil elaborar una respuesta rápida, transparente, veraz, clara y responsable. Esta hubiera sido mi propuesta: «Es cierto. Estábamos desesperados. Los contagios se multiplicaban y el personal sanitario estaba sometido a un riesgo extremo por falta de material. En la misma situación, repetiría las veces que hiciera falta aquella contratación de urgencia».
El verdadero problema para Armengol surge cuando tiene conocimiento de la estafa. Es a partir de ahí donde se tambalean todas las explicaciones. En lugar de denunciarlo, se aceleraron pagos y se mantuvieron los contactos con los presuntos cuatreros. Si Armengol no se lo llevó crudo, ni formaba parte de la trama corrupta, ¿por qué esperó a perder las elecciones para reclamar el dinero, eso sí, sin hacer público el engaño? Sólo cabe una explicación.
Denunciar el fraude y explicar abiertamente por qué se produjo supondría acusar al asesor plenipotenciario del ministro más poderoso del gobierno y secretario de Organización del PSOE. Apuntar a Koldo implicaría señalar a Ábalos, de quien emanaban la «autoridad» y los contactos de Koldo. Y eso conllevaría dirigir la mirada pública hacia la persona que lo nombró, su compañero de fatigas en el Peugeot, Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno cesó al ministro Ábalos en julio de 2021 y entonces ya se conocieron las primeras informaciones sobre sus «conductas inapropiadas», pero Armengol permaneció quieta, sin reclamar el dinero del fraude, dos años más.
Una respuesta rápida, transparente, veraz, clara y responsable de Francina Armengol en 2020 a la estafa de las mascarillas que se produjo en Baleares le hubiera creado un problema serio a Pedro Sánchez. Es muy probable que, si todo el sumidero de corrupción que ahora nos apesta, se hubiera destapado antes de las elecciones de 2023, los resultados hubieran sido distintos. Dicho de otro modo, si los electores hubieran sabido lo que saben hoy sobre la corrupción del PSOE, es muy probable que Francina Armengol no sería presidenta del Congreso de los Diputados.
Armengol se metió un gol en propia puerta, o se lo dejó meter, que para el caso es lo mismo, confiando en remontar el resultado a lo largo de la legislatura autonómica. En el tiempo de descuento, cuando el árbitro se llevaba el silbato a la boca para pitar el final del partido, denunció en silencio el timo para tratar de sortear la prevaricación y la malversación de fondos públicos. Los tribunales determinarán si existieron o no responsabilidades penales, pero lo que ya ha quedado claro es que, con su inacción, amañó en beneficio Pedro Sánchez el resultado del partido que se jugó unas semanas más tarde.
Deja un comentario