ELOGIO DEL PERDÓN

Esta semana un fiscal se quebró durante el último minuto de su exposición final en el juicio del caso Cursach. No fue nada melodramático, solo una voz que se rompe unos segundos pidiendo perdón a los acusados después de retirar el ministerio público las acusaciones que pesaban sobre ellos desde hace años. Fueron dos hechos insólitos, tanto la retirada de las acusaciones como el llanto amagado en la sala de vistas de un profesional del Derecho con décadas de experiencia. Del primer hecho ya se ha escrito todo: la farsa de una instrucción manipulada desde el primer momento, la coacción brutal a testigos, relatos incriminatorios que no resistían dos preguntas neutrales, la violación sistemática del secreto de sumario… Al Capone gozó de más garantías procesales antes de ser condenado por fraude fiscal. 

Por eso me interesa más el análisis del hombre que justo antes de apagar el micrófono se emociona al recordar el via crucis personal de decenas de acusados y la “muerte civil” que han padecido. Tomás Herranz se conmovió al reconocer la imposibilidad del sistema judicial para reparar el daño causado injustamente. En mi opinión fue la reacción de un hombre abochornado, un fiscal que ha dedicado toda su vida a defender el cumplimiento de las leyes y se avergüenza porque en esta ocasión la Administración de Justicia ha fallado estrepitosamente. Aunque él no fue el instructor de este bodrio, se siente en la obligación de pedir perdón en nombre de un sistema y de un Estado de Derecho en el que cree firmemente. Al margen de opiniones sobre el fondo del asunto, a mi me parece que este hombre y su reacción final se merecen un respeto. 

No todo el mundo comparte esta opinión. Hemos leído algunas crónicas y columnas de opinión descojonándose de ese gimoteo. Y aún peor, apuntando una postura del fiscal genuflexa ante los poderosos, o insinuando una hipotética corrupción por la retirada de unas acusaciones que solo se podían sostener retorciendo nuestro sistema de garantías procesales hasta partirlo en cien pedazos. Son periodistas que, al parecer, consideran que una persona que pide perdón es un pusilánime, o un mal profesional. Pero se equivocan. 

Ni pretendo ni me interesa juzgar en esta columna la calidad humana de nadie. La cuestión es otra, y la pregunta es sencilla. En el supuesto que Matías Vallés y el resto de empleados y ex-empleados de Diario de Mallorca que dieron crédito y apoyo total a las actuaciones de Penalva y Subirán se disculparan por su tremendo error… ¿serían peores periodistas? Rotundamente no. Su descrédito profesional y el tremendo daño reputacional causado a la cabecera que les paga el sueldo proviene del seguimiento acrítico de esa instrucción, y de su falta de diligencia a la hora de cuestionar determinados testimonios que a todas luces resultaban inverosímiles por su incoherencia. En ningún caso sus disculpas ahondarían en su desprestigio, sino todo lo contrario. 

El error se disculpa, la contumacia en el mismo no. Lo que vino a expresar el fiscal Herranz en su informe de conclusiones es que el daño causado por la Administración de Justicia a los acusados no hubiera sido tan dramático e irreparable sin el concurso necesario de los medios de comunicación. Y también por eso se disculpó, por las filtraciones interesadas para generar un estado de opinión favorable a una instrucción demencial. 

Cabría formular la pregunta en otro sentido: tras las disculpas de la fiscalía por los errores de bulto cometidos, ¿es el sistema judicial en España más o menos confiable? A pesar del tiempo retraso transcurrido desde aquellos titulares bochornosos apoyando los flagrantes abusos de la instrucción, la Justicia es más confiable porque ha sido capaz de rectificar. Tarde y mal, pero ha sido capaz. 

Disculparse por una tendenciosa y disparatada cobertura informativa del caso Cursach no implica solicitar para el principal acusado el premio Nobel de la Paz, o el de empresario del año. Bastaría reconocer que saltaron por los aires varias normas deontológicas de la profesión periodística, hacer autocrítica y manifestar la voluntad de no reincidir en conductas tan lesivas para el honor de personas inocentes mientras un tribunal no sentencie lo contrario. Estoy convencido que esta disculpa, como la del fiscal Herranz,  no sería motivo de befa, sino que contribuiría a restaurar en parte la confianza en los medios de comunicación, por desgracia hoy tan maltrecha.

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