ACEITE DE RICINO EN LA SALLE 

El pasado viernes una clase entera del colegio La Salle en Palma fue expulsada de manera fulminante sin comunicación previa a los padres por un “enfrentamiento” con una profesora. Al leer semejante titular a uno le vinieron a la cabeza las imágenes del algún aula en el Bronx neoyorkino. Insultos a la docente, papeleras volando, pupitres tumbados y en este plan. Pero no, de este episodio vergonzoso no saldrá una película protagonizada por una valiente profesora aplacando a una jauría de bestias adolescentes. 

En palabras del director técnico de secundaria, el “acto de insubordinación deliberada” se produjo ante el malestar de una docente por tener que impartir su clase con una bandera española colgada en el aula para apoyar a la selección de fútbol que está jugando la Copa del Mundo en Qatar. Damos gracias a Dios, a Alá y a la FIFA por organizar esta competición cada cuatro años y no todas las semanas del curso lectivo. 

No especularé en esta columna sobre otras banderas, símbolos o pancartas que hayan podido exhibirse tiempo atrás en el colegio La Salle sin producir urticarias tan graves entre su claustro de profesores. Tampoco me detendré en la importancia de reforzar la autoridad de los docentes y el valor del respeto en cualquier centro educativo. Me interesa explicar la diferencia que existe entre predicar y dar trigo, y los efectos perniciosos que provocan determinados sermones doctrinarios disfrazados de conocimiento. 

En la circular a los padres emitida por el centro se insiste en la necesidad de “propiciar un ambiente de convivencia positivo” y “trabajar por transmitir los valores cristianos que refleja nuestro Carácter Propio”. Un discurso impecable que demuestra lo sencillo que resulta dar consejos y lo complicado que es aplicarse el cuento.

Casualidades de la vida, el martes por la tarde la madre de una alumna de La Salle de segundo de bachillerato me enviaba un pantallazo del ordenador de su hija mientras estudiaba para su examen de Llengua Catalana del día siguiente. Mi amiga estaba perpleja, y también indignada. No daba crédito a lo que estaba leyendo sobre la “mitificació del bilingüismo”: 

“El bilingüisme amaga una situació de conflicte en què els drets linguistics d’una part de la societat no són respectats. S’entronitza el bilingüisme com la situació que permet la normalització de les dues llengües, quan, en realitat, el bilingüisme és una fase transitòria que tendeix a l’abandonament d’una de les dues llengües després d’un procés de minorització i de substitució

En resum:

  • El bilingüisme generalitzat, estable i neutre no es coneix a cap societat. Realment no existeixen societats bilingües, sinó que ho són el seus parlants.
  • El defensors del bilingüisme en realitat intenten impedir l’elecció d’una sola de les llengües en conflicte, de manera que actuen a favor de la llengua en situació avantatjosa.
  • El mite del bilingüisme amaga el vertader procés: el de la substitució lingüística”.

Les traduzco, y no me refiero al idioma. Una sociedad bilingüe no es aquella que dispone de dos lenguas oficiales y cada uno emplea la que le da la gana cuando le da la gana. Una sociedad bilingüe es aquella en que todos sus individuos dominan los dos idiomas, y en nuestro caso emplean siempre el catalán para no ser acusados de “manipular la societat per mantenir el conflicte lingüistic (que condueix a la desaparicio de la lengua propia)”. 

Esta es la lección de convivencia cívica que en La Salle obligan a estudiar a sus alumnos. O sea, que si no recitan esto en el examen les suspenden, o les califican con peor nota cuando se están jugando su acceso a una carrera universitaria. Visto el sesgo de la asignatura, no parece una casualidad que la profesora que salió corriendo a buscar el frasco de las sales por la presencia en el aula de una bandera española con la leyenda “Vamos, selección” fuera la de Llengua Catalana. 

Hace cuarenta años la “insubordinación” de los jóvenes se expresaba en catalán porque sus maestros hablaban la “lengua de Franco”. Y eran de izquierdas porque sus mayores eran de derechas. Hoy ponen la bandera española porque le gusta el fútbol y quieren que España gane el Mundial, pero quizá también porque olfatean el odio y el sectarismo de los que se supone que trabajan (según la circular enviada por La Salle a los padres) “para convertir a los alumnos en miembros de una sociedad madura, con espíritu crítico y autonomía, capaces de pensar por sí mismos”. No cabe mayor hipocresía. 

El uso social del catalán no está en declive por la inmigración, los fachas o los éxitos de Luis Enrique con la Roja, sino por la visión dogmática y sectaria que se impone en su enseñanza. Estos que dan lecciones de convivencia están convirtiendo el catalán en el aceite de ricino de la enseñanza. Y claro, los chavales no tragan.

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