EL APAGÓN

Una vez dormí en un iglú con mi hija. Esa tarde lo habíamos construido entre los dos. Tardamos una hora en formar un montículo de nieve de dos metros de diámetro por uno y pico de alto, y otra hora en vaciar una parte para poder meternos en él. Había que mantener un grosor mínimo de unos cuarenta centímetros en la parte superior de la bóveda para evitar que colapsara por el peso de la nieve. Y ahí andábamos, midiendo esa anchura de la pared con unos palitos que introducíamos desde arriba. El reparto del trabajo no fue equitativo. Ella cortaba ramitas y yo le daba a la pala, pero fue una de las aventuras más divertidas que hemos compartido antes que su adolescencia la hiciera volar lejos de su padre. 

La última luz que vimos en el exterior fue una espiral verde fluorescente flotando sobre un cielo de carbón. Fueron un par de minutos de aurora boreal, y luego vino el apagón final. Nos quedamos con unas velitas encendidas dentro del iglú, tumbados sobre gruesas pieles de animales y embutidos en sacos de dormir extremos. Yo pensaba que Irene aguantaría así un rato, transcurrido el cual se aburriría, o le entraría el frío, o notaría en su espalda la dureza de aquel somier de hielo. Entonces saldríamos a gatas y correríamos doscientos metros hasta la cabaña de madera para dormir al calor de una chimenea. Era lo lógico aquella noche de Enero en mitad del parque nacional de Jukkasjärvi, en Suecia, a escasos cien kilómetros del Círculo Polar Artico. 

Pero no fue así. A los cinco minutos de quedarnos en silencio dentro del iglú Irene emitía unas ruiditos a medio camino entre la respiración fuerte y el ronquido leve. Dormía como un tronco tapada hasta las orejas. Fuera rondábamos los veinte grados bajo cero, pero en el interior de aquella bóveda blanca debíamos estar a dos o tres grados. Para alguien que no ha vivido una experiencia similar es difícil de entender que, contando con el material adecuado, esa es una temperatura perfectamente manejable para el ser humano sin necesidad de haber nacido esquimal. Irene se despertó nueve horas más tarde con aquella luz lechosa que entraba tímida por el agujero del iglú. 

Claro que nadie en su sano juicio se lleva a un lugar así a un hijo menor de edad sin las debidas garantías de seguridad. Cuando uno viaja solo es distinto, aunque siempre trates de prever las situaciones de riesgo. Y aquí llega la paradoja. Aunque suene raro, lo normal es que el volumen de la mochila sea inversamente proporcional a la experiencia de su propietario. O dicho al revés, cuanto más novato eres más peso acarreas portando cosas inútiles. Luego sobra líquido, sobran pilas, sobra comida liofilizada, sobra ropa… Con el tiempo aprendes que el margen de lo estrictamente necesario para sobrevivir en una emergencia es bastante menor de lo que la cabeza es capaz de imaginar mientras preparas el petate en una habitación caldeada de tu casa. 

Hemos visto unas cuantas baldas vacías en algún supermercado y al poco una señora en Austria, que al parecer es ministra, ha dicho no sé qué sobre un gran apagón. Lo siguiente es que se han agotado mantas, hornillos y pastillas potabilizadoras, productos que han disparado sus precios por la fuerte demanda repentina. De momento no ha sucedido de nuevo tal cosa con el papel higiénico, de lo cual se deduce que los histéricos que hicieron acopio de cientos de rollos para cagar tranquilos durante años son los mismos que ahora están organizando a toda prisa sus kits de supervivencia.

Seguramente todo este comportamiento irracional provocado por el temor a un súbito Apocalipsis tendrá una explicación en boca de cualquier psicólogo solvente. Pero entonces nos enteramos que los cuchillos versión Rambo, que incorporan afilador, brújula y pedernal para hacer fuego, son los más vendidos en las últimas semanas. Mi impresión es que no existe en la población furor catastrofista ni miedo al desabastecimiento, sino un aburrimiento atroz y unas ganas locas de aventura. 

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