POPULISMOS PARA LELOS

Quien haya tenido la paciencia de leerme algo los últimos 15 años habrá comprobado mi obsesión por la defensa de la libertad individual. No existen sociedades libres sin individuos libres. A partir de ahí las leyes permiten organizar la convivencia entre personas que piensan distinto, o que mantienen intereses contrapuestos. Si entendemos el respeto a la dignidad humana universal como un concepto no negociable, a día de hoy no hemos conocido un sistema político más avanzado que la democracia liberal para garantizar el libre albedrío de las personas, que según la RAE es la potestad de obrar libremente tras reflexión y elección.

Es obvio que la viga maestra de la libertad individual es incapaz por sí sola de sostener el edificio de la convivencia pacífica. Es más, esa libertad en realidad no existe si no va acompañada del ejercicio de la responsabilidad, frente a uno mismo y frente a los demás. Tan importante como elegir es hacerse cargo de lo que se elige. De no ser así la sociedad se convierte en un gigantesco parque infantil que permite al vigilante del patio, o sea el Estado, convertirse en un padre todopoderoso al que pedirle ayuda. Y acudimos a él no solo cuando nos hemos abierto la crisma al caernos de un columpio, sino ante el mínimo rasponazo en la rodilla jugando con la pelota.

Ni en España ni en ninguna otra democracia liberal de la Unión Europea se puede obligar a nadie a vacunarse contra el COVID. Es el precio que debemos pagar por vivir en un país distinto a China, Corea del Norte o Cuba. Es así y conviene asumirlo sin aspavientos, a pesar de la evidencia estadística irrefutable sobre los efectos de la inmunización colectiva en la cifra de contagios y muertos.

No perderé el tiempo en rebatir aquí a los negacionistas. Intento desarrollar argumentos racionales cuando escribo, y en este caso supondría hacer rayas en el agua. Además, pienso que muchas personas que a día de hoy no se han vacunado en España no son negacionistas. Creo que el motivo más extendido es el temor a los efectos futuros de la vacuna. El miedo es libre y tiene mecanismos de funcionamiento muy particulares en cada persona. Muchos de esos mecanismos son irracionales, de tal manera que individuos que se resisten a inocularse circulan de noche en patinete sin casco a 40 kilómetros por hora, sin luces. O fuman una cajetilla al día. Cada uno se mata como quiere, y esa decisión forma parte del libre albedrío.

La clave está en asumir las consecuencias para ti y para otros de esa decisión. Aunque no constituya un ejemplo de solidaridad con los más vulnerables, uno tiene derecho a formar parte de esa minoría de no vacunados por propia voluntad, y a disfrutar de los efectos que provoca la vacunación masiva: menos contagios, menos gravedad en los contagiados, menos saturación en los hospitales y menos muertos. Y también: menos restricciones, menos paro y menos dramas sociales.

Lo que resulta pueril es pretender que la decisión de no vacunarse solo tenga consecuencias positivas. Si existe un derecho universal a la música será con Spotify en tu casa y no en un concierto en directo, por ejemplo. Si te encanta el sushi pero no lo sabes preparar continúa pidiéndolo a domicilio, no cenando en tu japo favorito. Y en el aeropuerto parece justo hacerte perder unos minutos más en pasar los controles que los “temerarios” que hemos asumido una millonésima probabilidad de sufrir un trombo por la vacuna.

Es curioso observar cómo VOX, la fuerza política que brama contra un paternalismo estatal que anula la responsabilidad de los individuos, sea la única que se resiste a aceptar que los ciudadanos que libremente deciden no vacunarse deben asumir alguna incomodidad por su decisión. Y también es curioso comprobar cómo la derecha dura de este país que a diario tiene que soportar que la equiparen con el fascismo -banalizando así lo que supuso en Europa el auténtico fascismo- se permite el lujo de frivolizar sobre coser estrellas en la ropa a las personas no vacunadas por el hecho de tener que hacer una cola distinta en un aeropuerto. Por una cuestión de decencia moral y un mínimo respeto a los seis millones de víctimas del Holocausto, esa imagen del genocidio judío debería servir para algo más que arañar un puñado de votos.

Este es un ejemplo más que confirma la raíz común del populismo de izquierdas y de derechas, dos ideologías que pretenden imponer su discurso tratando a los votantes como lelos incapaces de asumir su responsabilidad individual y las consecuencias de sus decisiones personales.

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