JUBILADOS EN FORMA 

Esta semana un hombre de 82 años ha estado moviéndose arriba y abajo por la cara noreste del Dhaulagiri, la séptima montaña más alta del mundo. La acumulación de nieve fresca y húmeda a 7000 metros ha podido con las fuerzas y la prótesis de rodilla de Carlos Soria, que ha tenido que renunciar a la cima por sus problemas de movilidad a esa altitud, con nieve por la cintura y sin huella previa. La noticia para los telediarios hubiera sido que por primera vez en la historia un octogenario coronara un ochomil sin ayuda de oxígeno artificial, pero a mi me parece mucho más relevante comprobar cómo le funcionan la cabeza y las ilusiones a un señor de esa edad. 

Lo de Carlos Soria es excepcional, claro, pero es que hoy hace un mes que otro “anciano” protagonizó un hecho asombroso. El gallego Pepín Rioseco se puso a dar vueltas a una pista de atletismo en Pontevedra con la intención de batir el récord del mundo de 5000 metros para mayores de 80 años. No solo rebajó en casi un minuto la anterior marca que tenia un canadiense desde 2011, sino que en la misma carrera también pulverizó el récord de 3000 metros. 

Es un espectáculo ver correr a este hombre con una zancada técnica y elegante, sin aparente esfuerzo. Pepín comenzó tomarse en serio el atletismo con 67 años, al poco de jubilarse. Uno creía que su especialidad en medicina interna y geriatría le ayudaba a mantener esas  condiciones físicas portentosas, pero Pepín dice que su fórmula consiste en comer apenas sin sal, no tomar alcohol ni bebidas gaseosas y dormir todo lo que puede. 

Carlos y Pepín son dos casos extraordinarios. A mi padre le quedan unas semanas para entrar en el club de los ochenta. Está hecho un toro, pero no corre a esos ritmos ni sube ochomiles. Eso sí, cada vez que hablo con él tengo la impresión que la cabeza le funciona mejor que hace veinte años. Me vengo a referir a que existen multitud de casos que demuestran que la vejez de hoy no es la misma que la de hace medio siglo. 

Uno escucha al independentismo catalán y vasco y le queda claro que España es un país de mierda del que hay que salir pitando. Por eso es tan sorprendente que la gente aquí no se quiera morir antes y coloque a nuestro estado en los primeros puestos del ranking mundial en esperanza de vida. De las naciones más pobladas solo nos superan Japón y Corea del Sur. Pero extrañamente ningún extranjero emigra allí tras jubilarse, como sucede en España. Deducimos pues que no se trata solo de añadir años a nuestra vida, sino de la calidad de los mismos. 

Vivimos más años y los vivimos mejor, pero en España mencionas la posibilidad de retrasar la edad de jubilación de manera voluntaria y se monta un pollo descomunal. Me parece el mejor ejemplo del proceso de infantilización que ha sufrido el debate público en los últimos años. Cualquier persona que no sea analfabeta funcional entiende cómo funciona la caja de las pensiones. Hay un flujo de dinero que entra a través de las cotizaciones de las personas que están trabajando, y un flujo de dinero que sale para pagar a los pensionistas. 

En España, ese país donde la gente se empeña en vivir tanto, tenemos una tasa de paro que duplica la media de la OCDE. Solo nos supera por muy poco Grecia. Para compensar, nosotros superamos a los griegos y a toda la Unión Europea en paro juvenil. Un 38% de nuestros jóvenes no trabaja, y la mayoría de los que trabajan tienen unos sueldos bajos. O sea, que su aportación a la caja de pensiones, proporcional al salario, también es baja. No hace falta ser un experto para entender que lo que entra en esa caja es bastante menos de lo que sale, y que algo hay que hacer para garantizar la sostenibilidad del sistema. 

El ministro Escrivá sí es un experto, uno de los pocos de este gobierno, pero cada vez que habla sobre el asunto se abre fuego a discreción contra él. Su última idea consiste en ofrecer incentivos a los trabajadores que voluntariamente quieran prolongar su vida laboral. Hasta ahora ha sucedido exactamente lo contrario. Hemos visto bofetadas entre empleados de banca menores de 55 años para acogerse a prejubilaciones maravillosas para ellos y sus empresas, pero que costeamos entre todos. Según nuestra esperanza de vida eso supone treinta años cobrando una pensión, que en muchos casos son más de los que han cotizado como trabajadores. No hay economía en el mundo que soporte algo así. 

Pero da igual, a Escrivá le han puesto a parir incluso sus compañeros de gabinete. La vicepresidenta Yolanda Díaz, poniendo en boca de Escrivá cosas que no dijo, le ha recomendado “cautela”. Hablando de agujeros del tamaño de un cráter en las cuentas públicas, una militante del Partido Comunista que receta prudencia es lo más parecido a un pirómano haciéndose pasar por bombero. 

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