EL ARTE DE SABER LLORAR

El dolor está mal visto en las sociedades modernas. Carece de sentido porque en muchos casos es evitable, y por tanto se considera inútil. Este avance de lo paliativo primero se aplicó a los padecimientos físicos, luego a los mentales, y más tarde a todo lo demás. La felicidad hoy es un imperativo social, y si no se encuentra se construye, como cualquier otro objeto de consumo. En la era de los espectáculos de masas, no existe fábrica más grande de felicidad instantánea que el fútbol. 

La gente no es tan idiota e intuye que ganar la Champions o subir a primera no proporciona la felicidad en un sentido aristotélico, porque los que alcanzan sus metas y se autorrealizan son los jugadores, no los aficionados. En la sociedad contemporánea gana por goleada el planteamiento hedonista de Epicuro, que sostenía que ser feliz es experimentar placer. En 2017 un estudio de la Universidad de Coimbra demostró que la reacción del cerebro de un hincha ante los goles de su equipo es similar a la de un orgasmo. Lo intuíamos, pero nos faltaba la confirmación científica para concluir que Messi ha penetrado más y mejor que nadie las mentes de sus forofos. 

Sucede que a los aficionados del Barça no les administraron ni una pastilla para prepararlos, ni una pista para que se imaginaran sus vidas esta temporada sin el placer de las dulces vaselinas, los eslálones imposibles, los tiros por la escuadra, los golpeos de balón milimétricos entre un bosque de piernas y los pases magistrales donde nadie veía un espacio libre. Un día Messi iba a firmar su renovación y al otro sonreía con una camiseta nueva. Así, sin anestesia. En una sociedad paliativa obsesionada con mitigar el dolor la cosa no funciona así. 

Para Umberto Eco, “aquello sobre lo que no podemos teorizar tenemos que narrarlo”. Con Messi sucede lo contrario, como es imposible narrar algunas de sus jugadas tenemos que teorizar sobre su fútbol. Aunque suene raro, esto es más fácil para un madridista que para un culé, porque al análisis se le puede extraer el componente emocional, incluido el orgasmático, y quedarnos con la belleza licuada de sus jugadas.

Si el arte debe ser capaz de sorprender o emocionar desafiando las normas establecidas, es difícil negar que Messi entra en la categoría de artista. Las leyes de la física establecen que si a un futbolista le pegan cuatro patadas seguidas en carrera se va al suelo en el cien por cien de los casos, excepto Messi. También establecen que un ser humano no puede cambiar de dirección tan rápido, tantas veces y en tan poco espacio con un balón en los pies, pero Messi lo hace. Bernini creía que el secreto del arte consiste en maravillar. El fútbol de Messi es barroco, como las esculturas de Bernini, porque está construido a base de golpes de efecto e ilusiones ópticas. Por eso sus goles hay que verlos repetidos para creerlos. 

Messi se va con su arte a Francia, el país del filósofo Frédéric Schiffter, para el que “el arte es la representación placentera de la crueldad de la realidad”. Y eso es lo que ha hecho el argentino durante 17 temporadas en el primer equipo del Barça, pintar bonita con su bota izquierda la cruda realidad. Y la cruda realidad dicta que el futbol es una industria de millonarios que hacen caja con los sentimientos de millones de aficionados. Pero, ay, a Messi lo sacas del césped y todo su genio se va por el sumidero. Sobreviene el desastre, como si a Bernini le quitaras el cincel y lo pusieras a chutar a puerta.

A mi las lágrimas me infunden respeto. En caso de duda hago un esfuerzo por creérmelas, pero no habían pasado cuatro días desde la rueda de prensa de despedida entre llantos y Messi abandonaba las listas del paro contratado por el segundo equipo del mundo más odiado por el barcelonismo después del Real Madrid. Los hijos de Messi encontrarán cole y amiguitos nuevos para el curso que viene, y su mujer otro personal trainer en París. Nada que no puedan arreglar 40 millones de euros netos por temporada. 

Es obvio que un club de fútbol tiene algo de “comunidad emocional”, una expresión que empleaba Max Weber para subrayar el papel esencial de las “vías irracionales” para construir esa ficción colectiva. El entusiasmo, el arrebato, la adoración precisan de figuras carismáticas como la del “salvador” Messi. Pero la obscenidad del llanto espasmódico de un profesional que en el preciso momento de su hipo sabe que va a continuar buscando la gloria en la liga inglesa, en la francesa, o en el próximo mundial de Qatar, nos hace pensar que en Cataluña, a través de una manipulación intensa y masiva de los sentimientos, hace tiempo que se perdió cualquier control de los esfínteres emocionales. 

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