LA MEJOR ACROBACIA

Venía por el aire, blanda, trazando una parábola desde la otra banda del campo. Coloqué el interior del pie cerca de mi rodilla izquierda para controlar la pelota y dejarla suspendida un segundo en el aire. Con un leve movimiento final de la cadera conseguí orientarla con ese único toque hacia mi pierna derecha. Entonces incliné el cuerpo hacia el otro lado y sin dejar que tocara el suelo golpeé el balón al la altura de mi cadera con todo el empeine. El cuero recorrió todo el ancho del estadio Rico Pérez de Alicante paralelo al césped, a un metro de altura aproximadamente, hasta impactar en el pecho de mi compañero, que no tuvo que moverse ni un centímetro para recibir el balón. 

En mi vida volví a ejecutar un pase tan perfecto jugando al fútbol. Nunca repetí un movimiento como ese, tan rápido y coordinado, sin precipitarme y con tanta precisión. La pena fue que aquella pequeña obra de arte viera la luz en el descanso de un partido en el que fui suplente, peloteando con otro colega, relajados y sin pensar que unos cuantos miles de espectadores no se habían levantado de sus asientos en las gradas para ir a buscar una cerveza. Entre ellos se encontraba el secretario técnico del club en el que jugaba, que al acabar el entrenamiento del día siguiente me mencionó aquel golpeo perfecto, un control con el tacón a la altura de mi hombro y otras filigranas con la pelota que yo ni recordaba. Y concluyó con una pregunta: “Barquero, ¿por qué cojones no haces algo parecido en los partidos?”

En realidad y a pesar del exabrupto aquel hombre quería animarme. Porque en los primeros cuatro meses de aquella temporada el problema fue más grave. La cuestión no era que no intentara aquellas virguerías compitiendo, sino que cada vez que salía al campo en un partido oficial yo ponía el pie de la misma manera que en los entrenamientos, pero el balón se me iba dos metros. Trataba de golpearlo igual, pero acababa casi siempre en los pies de un contrario. No me salía ni un regate, así que era incapaz de mirar hacia la portería del rival, atenazado por el miedo a fallar. El miedo a fallar es lo que te hace fallar. Eso hace que cada vez falles más, y por tanto que cada vez tengas más miedo. En esto consiste el bucle perfecto del estrés, de la ansiedad o de cosas peores que pueden afectar a nuestra mente. 

El deporte es una escuela de vida. Entonces tenía 21 años y tuve que aprender a resetear la cabeza. Permitirte el error, reducir el nivel de exigencia, parar y empezar de cero. Hoy esto se entrena con profesionales cualificados de la psicología deportiva. Pero no hay que engañarse. Es mucho más sencillo de lograr para un jugador de fútbol mediocre en segunda división que para la mejor gimnasta de todos los tiempos, con todo ese oro olímpico colgando de su cuello, millones de dólares flotando a su alrededor en forma de contratos publicitarios y una presión mediática difícil de soportar. Es la diferencia entre bajarse de una bicicleta o de un Fórmula Uno en marcha. Simone Biles tiene 24 años, y como todas las grandes estrellas del deporte mundial parece que a esa edad haya vivido tres vidas. 

Hay más deportistas de primer nivel de los que pensamos que han pasado por episodios similares como el que ha obligado a Biles a retirarse de dos pruebas en los Juegos Olímpicos de Tokyo. Pero el tabú del transtorno mental, y más aún hablando de superdotados físicos, ha ido generando expresiones para enmascarar el problema: bajo estado de forma, falta de motivación, búsqueda de nuevos objetivos, período de transición… 

Hasta ahora habíamos conocido algunos deportistas de élite con cuadros de ansiedad o depresión pero, salvo el caso del nadador Michael Phelps, el mal no había alcanzado el último peldaño de ese Olimpo de dioses terrenales. Sonaron las alarmas con Naomi Osaka en el último Roland Garros, pero aún hubo quien no entendió que la número uno del tenis mundial fuera capaz de pegarle tan fuerte a la bola en la pista y al acabar no pudiera enfrentarse a una rueda de prensa. Le va en el sueldo, el circuito necesita a los periodistas, falta de respeto a los demás compañeros que atienden a los medios… todo eso llegamos a leer. 

En el fondo a Osaka le estaban llamando débil mental. Todo este discurso se viene abajo, y he aquí la novedad, cuando una de las mujeres más poderosas del mundo dice basta ante esa presión. Biles es fuerte por fuera, con un cuerpo prodigioso que combina a la perfección potencia y flexibilidad, y fuerte por dentro, convertida por sus palabras y sus hechos en un icono social contra el abandono infantil, los abusos sexuales, los malos tratos o el racismo. No es fácil mostrar a Simone como una mujer frágil. 

Hay que ser fuerte para llorar, pero Biles no ha derramado ni una lágrima en público. Hay que ser fuerte para mostrar la herida, pero Biles animó sonriente a sus compañeras en la final por equipos. También en esto ha sido pionera la gimnasta estadounidense, que ha reivindicado su derecho quebrarse, a fallar y a no querer seguir sufriendo sin dramas ni aspavientos gestuales. Podía pasar a la Historia como la atleta olímpica mas laureada, pero lo va a conseguir por un gesto que contribuye a construir un mundo más amable con las personas que sufren en silencio enfermedades mentales. 

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