POR QUÉ EL PP NO DEBE CONDENAR HOY EL FRANQUISMO

Porque ya lo hizo. Por una cuestión de economía del lenguaje podríamos finalizar aquí la columna. Yo no debería teclear más y el PP no debería repetirse sobre lo que tiene firmado y no se ha desdicho. Fue el 20 de noviembre de 2002. La fecha ya indica que no fue en un cursillo de verano sino en el Congreso de los Diputados, donde reside la soberanía nacional y cada palabra queda registrada con exactitud en un Diario de Sesiones. 

Presidía el gobierno y el Partido Popular José María Aznar, que como todos sabemos era y es un señor mucho más fascista que Casado, no digamos ya que Rajoy. Recordemos que Aznar había obtenido una holgada mayoría absoluta dos años antes, y aquel texto aprobado por unanimidad en la Cámara Baja calificaba sin matices el régimen de Franco como dictadura, una palabra que se le resiste al sanchismo cuando asiste en directo a la represión en Cuba.

Es obvio que este dato resulta insuficiente para la izquierda posmoderna. Por ello añadiremos una razón más importante por la que el PP debe pasar de largo sobre este debate cansino que los inquilinos de Moncloa, los nuevos y los antiguos, ponen una y otra vez sobre la mesa 45 años después del pacífico óbito del dictador en su cama de El Pardo. 

Hay que leer a la izquierda inteligente, y aprender. Dos años después que el PP de Aznar condenara sin paliativos el golpe de Franco, comprometiera ayudas económicas a los exiliados, destinará recursos presupuestarios a la exhumación de fosas comunes y expresara su “reconocimiento moral a quienes padecieron la represión de la dictadura franquista”, un reputado gurú de la izquierda mundial publicaba un libro indispensable para entender los procesos comunicativos en la política del siglo XXI. George Lakoff exponía en No pienses en un elefante su teoría de los marcos ideológicos para explicar por qué las visiones conservadoras encontraban tanta aceptación en Estados Unidos frente al declive del partido Demócrata. 

“Sostiene Lakoff que la izquierda, por razones políticas, y los medios, por razones profesionales, tienen la obligación de no utilizar los marcos ideológicos de la derecha, sus metáforas, como si fueran naturales y neutrales”. No pudo resumir mejor la tesis del libro José Andrés Torres Mora, a la sazón jefe de Gabinete del presidente Zapatero. Tanto le gustó la teoría de Lakoff a la inteligencia del PSOE que pensó en darle la vuelta y comenzar a crear en España sus propios marcos en los que obligar a jugar al PP. El invento zapateril de la memoria histórica tiene su origen exactamente aquí. 

El PP ha estado desde entonces jugando este partido, en campo contrario y con las reglas que le marca la izquierda, que es el árbitro de la contienda. En los últimos tiempos los socialistas y comunistas también revisan el VAR sobre las jugadas de 1936 para repartir con mayor justicia si cabe los vigentes carnets de demócratas. 

El VAR juzga acciones puntuales del juego. Su función no es analizar los antecedentes del partido, ni elaborar estadísticas, ni comparar sistemas tácticos. Es obvio que en términos democráticos un alzamiento militar siempre es tarjeta roja, como el cabezazo de Zidane en la final del Mundial de 2006. Pero el VAR no puede examinar los insultos de Materazzi al francés durante todo el partido, que no justifican la agresión pero ayudan a entender cómo pudo suceder algo así.

El PSOE, Unidas Podemos, Bildu, ERC y compañía han decidido que el VAR en España comience a revisar jugadas a partir del 18 de julio de 1936. Ni un segundo antes. Es su estrategia para sembrar dudas sobre la pureza democrática de un partido que se fundó 53 años más tarde de aquellos hechos, dato que no les impide considerarlo como “heredero del franquismo”. 

Yo imagino a un escolta de Pedro Sánchez, que además fuera afiliado del PSOE, sacando de madrugada a Pablo Casado de su domicilio particular y metiéndole un tiro en la cabeza, y tendría claro que en ese momento este país se estaba colocando al borde del enfrentamiento civil. Es exactamente eso lo que sucedió el 13 de julio de 1936 cuando un matón al servicio de Indalecio Prieto asesinó a Calvo Sotelo, pero el VAR del izquierda solo empieza a revisar jugadas cinco días más tarde, a partir del 18. 

Una guerra civil es un desastre, y un golpe de Estado algo inadmisible para cualquier demócrata. Pero la eliminación física del adversario político tampoco se puede asumir como una metáfora natural y neutral de la izquierda. Esto es una trampa monumental y por eso el PP debe salirse de ese marco de debate que le impone el sanchismo, y que además está agotado. Cada vez es más difícil dar lecciones de democracia flanqueado por Otegi y Rufián

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