APLASTAR LA MEMORIA

Se van a cumplir cincuenta años de la publicación de los papeles del Pentágono. The New York Times y The Washington Post revelaron una serie de documentos clasificados que probaban el engaño masivo al que fue sometida la opinión pública durante años en Estados Unidos respecto al desarrollo de la guerra que libraba su país en Vietnam. El gobierno de Nixon demandó a ambos diarios ante el Tribunal Supremo, que resolvió a favor de los periódicos con una decisión histórica que consagraba el derecho a la información. 

Aquellos hechos originaron uno de los ensayos más lúcidos de Hannah Arendt. En La mentira en política Arendt sostiene que la falsedad deliberada para lograr fines políticos ha existido siempre. Pero el intento por ocultar el fracaso de Estados Unidos en Vietnam introdujo una variante nueva: la mentira de los profesionales de las relaciones públicas al servicio de un gobierno basándose en técnicas publicitarias. En ese momento salta por los aires cualquier limitación para inventar una realidad hasta alcanzar según Arendt el siguiente absurdo: la mitad de la política se convierte en “creación de imágenes”, y la otra mitad en el arte de hacer creer a la gente en dichas imágenes. 

Llegados a este punto todo queda en manos de la autolimitación del profesional del marketing, que debe captar por sí mismo la diferencia entre vender un desodorante y vender una opción  política. Iván Redondo confundió la escenificación de la derrota de ETA con un anuncio de trajes de Emidio Tucci

La potencia simbólica de las imágenes de una apisonadora pasando sobre 1400 armas incautadas a la organización terrorista vasca era, a priori, indudable. Pero el acto resultó un fracaso estrepitoso y pasó casi desapercibido incluso en los medios de comunicación que corean las virtudes de Sánchez cada que vez que aparece en público aunque sea para ajustarse la corbata. 

¿Por qué no sedujo a nadie el último spot de la factoría Redondo? Para Arendt “el mentiroso puede salirse con la suya cuando cuenta mentiras individuales, pero no cuando recurre a la mentira como principio”. El engaño constante se convierte así en un monstruo que reclama cada vez dosis más altas de ficción para alimentarse. La consecuencia de este apetito desbocado es que el creador de la fábula y su protagonista comienzan a despegarse paulatinamente de la realidad, como un globo que se eleva hacia el cielo hasta que lo perdemos de vista. 

Hay que venirse muy arriba, como ese globo, para convertir en un acto de partido a mayor gloria de su Secretario General la idea planteada hace años al presidente Rajoy por el periodista Florencio Domínguez -que dirige el Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo- de destruir en público las herramientas de los crímenes de ETA aprehendidas por la Guardia Civil durante cuatro décadas de lucha antiterrorista. Todos los ex presidentes de Gobierno declinaron la invitación de Moncloa para asistir. También la oposición y varias de las asociaciones de víctimas. Sin entrar en las razones de cada uno para no ir, esa soledad ya era motivo suficiente para no celebrar el acto. Pero Sánchez y Redondo habitan en una dimensión superior. 

Esa fotografía obscena de Sánchez capitalizando en solitario el final de ETA quizá pueda engañar a algunos, o a muchos, dentro de unos años, cuando este hombre ya no sea presidente. Pero es imposible de admitir hoy sin sonrojarse para los que fueron testigos de la lucha contra ETA y siguen vivos, o sea, unas decenas de millones de españoles. Por eso fracasó el montaje de Redondo en los medios. Porque el periodismo es compatible con el error, con la opinión sesgada y con el sectarismo, pero la mentira sistemática hace saltar sus costuras cuando queda un mínimo de vergüenza profesional. O siendo optimistas, cuando quedan suficientes periodistas con memoria para recordar la frase que el Tribunal Supremo incluyó en su sentencia sobre los papeles del Pentágono:“La prensa tiene que servir a los gobernados, no a los gobernantes”.

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