LA REVOLUCIÓN DE LAS BRAGAS

¿Qué es arte? ¿Hay límites? Hace siglos que el arte abandonó su relación exclusiva con el canon estético tradicional, con el buen gusto o la educación, para convertirse en un ariete que derriba convencionalismos. Entonces, si el arte es transgresión, ¿existen líneas rojas?. No existe una respuesta universal porque esa frontera se mueve con los tiempos. Lo que ayer era ofensivo o escandaloso hoy se se muestra en los libros de educación primaria. Y luego está el contexto. 

“Desistí de intentar complacerla y simplemente la jodí, poseyéndola viciosamente. Era como un asesinato. No me importaba, mi polla se había vuelto loca. Todo aquel pelo, su cara núbil y hermosa. Era como violar a la Virgen María. Me corrí”. Leído así, el párrafo no pasa de ser pornografía barata. Aún peor, cabe adivinar una incitación a la violencia sexual contra la mujer, y una ofensa a los sentimientos religiosos. Pero es literatura. El párrafo pertenece a Mujeres, una novela de Charles Bukowski, creador del realismo sucio y uno de los escritores más influyentes y leídos de la literatura estadounidense del siglo XX. 

El libro se publicó en 1978, está escrito en primera persona y narra de forma explícita multitud de abusos sexuales sobre mujeres. El protagonista es Henry Chinaski, el alter ego de Bukowski, un escritor alcohólico, sociópata y violento. No hace falta explicar que gran parte de los textos de este misógino empedernido no pasarían hoy la censura bienpensante. Pero supongamos que sí, que la moderna Inquisición no quemara sus libros y Bukowski siguiera escribiendo después de muerto. 

Supongamos que en la segunda entrega de Mujeres Chinaski deja de maltratar a Lidia, Dee Dee, Katherine, Tammie… y comienza a describir con detalle sus vejaciones en la cama a Hillary Clinton, Julia Roberts y Serena Williams. Supongamos que entrevistan en la CNN a Bukowski y reclama públicamente el derecho de un hombre a golpear a una mujer contra su voluntad para obtener placer. Supongamos que un número indeterminado de descerebrados comparten su opinión y se organizan para practicar la violencia sexual. Es un hecho que en Estados Unidos se cometen violaciones. Supongamos que Bukowski es condenado a prisión. La pregunta es simple: ¿Bukowski va a la cárcel por escribir?

Si tú cantas “merece que explote el coche de Patxi López” parece evidente que estás traspasando alguna línea roja. Sobre todo teniendo en cuenta que en España ha habido en el pasado reciente descerebrados que han hecho volar por los aires a políticos de diferentes partidos, y que en el presente hay quienes aún justifican esos crímenes. No vivimos en Canadá, ni en Holanda. En España ha existido el terrorismo de extrema izquierda hasta anteayer. 

Decir que Pablo Hasél está en la cárcel por cantar es como decir que un violador está en la cárcel por fornicar. Que esto lo diga una extrema izquierda que siempre ha recurrido a la violencia para imponer sus ideas tiene lógica. Que lo diga una socialista como Francina Armengol, que apoyó en unas primarias de su partido al compañero López, provoca estupor. 

Para entender que la trayectoria vital de Hasél es una constante exaltación de la violencia, verbal y física, no es necesario repasar su magra discografía. Ni siquiera escuchar sus entrevistas defendiendo explícitamente la lucha armada con más vehemencia que el peor Otegi antes de convertirse en un “hombre de paz”. Basta con observar el método elegido por sus más acérrimos defensores para reclamar su libertad. 

El procedimiento de estos vándalos para reivindicar la libertad de expresión consiste en arrasar el mobiliario urbano, quemar motos y saquear tiendas de marcas exclusivas. Lo de Nike y Puma se entiende, porque las zapas molan y son cómodas para correr cuando carga la policía. Lo de Diesel y Hilfiger también, por esas sudaderas con capucha tan prácticas para la guerrilla urbana. Pero la lencería fina de La Perla en manos de estos bárbaros no se entiende y es un error. La revolución pierde fogosidad porque una anticapitalista vestida con encajes y transparencias prefiere vivir en Galapagar a incendiar contenedores. Tras las revoluciones de los claveles, los jazmines, las rosas, los tulipanes y el azafrán, la izquierda antisistema en España abandona la botánica y nos plantea la revolución de las bragas. 

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