CUANDO MUERA RAFA NADAL

Estaba tardando en morirse. En el barrio de La Boca, en Buenos Aires, te recibe una fachada azul y amarilla con un balconcito desde el que saludan tres estatuas que parecen ninots valencianos: Eva Perón, Carlos Gardel y Maradona. Evita murió a los 33 años, Gardel a los 44, el Diego a los 60. El futbolista dispuso de una larga prórroga en su vida teniendo en cuenta lo que se metió en el cuerpo durante décadas, pero los minutos de la basura de los últimos años nos los deberíamos haber ahorrado. 

Andan las redes incendiadas por la veneración a un muerto toxicómano, putero y maltratador. Es un debate estéril porque mezcla la genialidad con la ejemplaridad, como si lo normal es que fueran de la mano. En realidad esa coincidencia suele ser excepcional. El fútbol de Maradona era arte, y eso deberían reconocerlo también los que no saben de fútbol, o no les gusta. Personas que no han pisado un museo en su vida no criticarían jamás el talento de Picasso, otro que mantuvo una relación tortuosa con el sexo femenino. O la obra de Faulkner, impenitente bebedor de whisky. Stevenson, Baudelaire o Huxley: cocaína, opio y mescalina. Figuras poco ejemplares, pero sin videos ni Twitter. 

Maradona esquivó muchas patadas que le lanzaron en el campo. Quizá para compensar tanto regate no paró de hacerse él mismo zancadillas fuera del estadio. Es sorprendente la cantidad de imágenes suyas caminando con una mano ajena sobre su hombro. El pibe siempre elegía en la cancha el mejor quiebro, el pase imposible, la parábola magistral hacia la portería. Era salir del vestuario y echarse en manos de todos los caraduras del mundo. Viveza criolla, llaman en Argentina con gracia, incluso admiración, a esa facilidad para desplumar al prójimo. 

A Maradona en el césped le enviaban un melón y devolvía una esfera perfecta. Pero ese no era el don. “Gracias por la infancia que me diste”, declaró en televisión un tipo de mi edad el día que murió el astro. Esa fue la virtud, regalar una intensa felicidad a millones de personas, por distintos motivos, en diferentes lugares. Orgullo de país, orgullo de ciudad, orgullo de clase. Me gustaría decir que lo mismo consiguieron ciertos pintores, escritores o intelectuales, pero sería mentir. 

De Maradona nos quedamos con esa pierna izquierda que parecía un taco de billar. “Le da distinto a la pelota”, dijo un vez el Cuco Ziganda al acabar un partido contra él. En todo lo demás Maradona constituye un ejemplo perfecto para la juventud. Un ejemplo de autodestrucción, de lo que jamás te dará el dinero ni la fama, y de las consecuencias de las malas compañías, aunque en Nápoles coloquen tu sangre junto a la de San Genaro. La vida de Maradona se debería mostrar en todas las escuelas, no solo las de fútbol. 

Estamos hablando de educación. De ahí el bochorno de tantos argentinos al ver las imágenes del duelo del futbolista recorriendo las televisiones del mundo. El pueblo ocupando el patio de la Casa Rosada como si fuera un parque temático, las hordas provocando graves disturbios, y para colmo unos depravados, empleados de la funeraria, sacándose fotos con el cadáver. Llama la atención la edad madura de muchos de estos salvajes, nada de adolescentes con ganas de fiesta. En el país de Borges, Cortázar, Bioy Casares, Sábato, Ricardo Piglia… ¿cómo se ha podido llegar a ese nivel masivo de zafiedad?

El escritor Marcos Aguinis denunciaba hace veinte años el deterioro alarmante del sistema educativo en Argentina. Lo más demoledor no era la insuficiencia de recursos, sino “el triunfo del facilismo, la irresponsabilidad, el recurso de zafar y la desidia”. Más importante que aprender matemáticas, lengua o física, era que el niño reconociera sus “sentimientos”. Resultaba fundamental que el profesor no se mostrara superior al alumno, para no traumatizarlo. En los colegios más vanguardistas el título de “maestro” desapareció, sustituido por el de “facilitador”. Y en este plan. Todo esto lo contaba en su ensayo “El atroz encanto de ser argentinos” (Ed. Planeta). 

Lo que enseña el ocaso de Maradona, y la admiración histérica y acrítica de una parte no menor de la sociedad argentina, es la importancia de una educación en valores, que construya una estructura moral en el individuo capaz incluso de soportar el peso de los dólares y la gloria terrenal, si es que llegan. Pero no nos pongamos estupendos en España. El otro día soñé que era viejo, que Rafa Nadal se moría, y que los hijos de la ley Celaá salían por las calles a despedirlo entre botes de gas lacrimógeno. Una pesadilla. 

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