POR UN MENDRUGO DE PAN

Vivimos rodeados de desigualdades. Esto es así desde que el mundo es mundo, y el mejor medidor del progreso de la Humanidad es comprobar cómo esas diferencias se han ido reduciendo a lo largo de los siglos. A pesar de la profusión de datos estadísticos que avalan la mejora global de las condiciones de vida, el grupo de pensadores optimistas que surgió en la década pasada abanderados por Steve Pinker continúa teniendo mala prensa. Suenan como idiotas frente al discurso cínico que aporta una visión ceniza del futuro, una corriente intelectual que tiene mejor venta en los medios de comunicación. Si esto era así anteayer imagínense hoy, con toda Europa medio encerrada, la economía desplomada y el hombre más poderoso del mundo acusando a su propio país de fraude electoral masivo. Un panorama sombrío.

A pesar de esta proliferación de profetas del Apocalipsis, es curioso comprobar cómo el talento es una cualidad sorprendentemente bien repartida entre la especie humana. Sobran ejemplos en la historia que demuestran cómo la distribución de la inteligencia se produce de una manera mucho más equitativa que la de la riqueza. A este fenómeno natural, o de justicia divina si es usted creyente, bastaba añadirle un factor para multiplicar sus efectos niveladores: la educación universal. 

Y a esto se aplicaron las democracias más avanzadas, a desarrollar sistemas educativos capaces de garantizar la igualdad de oportunidades al margen de la extracción social del individuo. Al que vale, quiere y está dispuesto a intentarlo, el sistema debe proveerle de un mínimo de herramientas que hagan posible su ascenso social. Este era el contrato tácito que se establecía entre el ciudadano y el poder político. 

Quizá fuera demasiado denominarlo contrato, porque en los últimos tiempos más bien ha consistido en una simple declaración de intenciones. Y es justo reconocer que el primero que comenzó a incumplir masivamente su parte del acuerdo fue el Estado, y no el individuo, al permitir que jóvenes altamente cualificados se ocuparan en infraempleos. Pero el problema había comenzado antes, cuando una parte de la izquierda proclamó que el esfuerzo era un valor de derechas. 

Esta afirmación bárbara supuso cuestionar de plano la parte del contrato social que afectaba al individuo. De esta forma pasamos del “pon de tu parte, porque habrá recompensa”, al “no te sacrifiques, que te va a dar igual”. Sea o no cierto esto último, que no lo es, el planteamiento resulta demoledor porque anula la aspiración de crecimiento personal y colectivo que hace progresar a una sociedad. 

Para cualquier ciudadano normal, o sea, que no sea ministro, no hay ningún asunto que suscite mayor necesidad de consensos amplios que el de la educación. Que las leyes educativas se conviertan en un campo de batalla es el mayor fracaso de la política, precisamente porque hunde en ese fango ideológico a nuestros hijos, que deberían estar al margen al menos hasta que tengan edad para votar. Si no somos capaces de ponernos de acuerdo en esto, lo coherente sería consentir que los niños voten desde el parvulario. 

Una ciudadana anormal, la ministra Celaá, pretende aprobar una ley que permitirá a los alumnos obtener títulos de ESO y Bachillerato sin límite de suspensos. Aprobar el curso, es decir, demostrar un conocimiento mínimo de las materias, será algo orientativo, pero no vinculante para graduarse. El mensaje que se envía a alumnos y profesores es tan demoledor que hace imposible a partir de ahora cualquier mensaje motivador: dejadlo, que da igual. 

No es posible una educación de calidad sin fomentar y premiar una cultura del esfuerzo, porque sin ella las capacidades de los alumnos, esas que se reparten de manera más equitativa que la riqueza, no se van a desarrollar. Es aquí donde el sistema pierde toda su capacidad niveladora y se convierte en un mecanismo reaccionario. Por increíble que parezca, esto lo defienden los que se llaman progresistas. 

El esfuerzo es un valor universal porque tiene más que ver con la formación del carácter que con la ideología. La mejor prueba de ello es la cantidad de votantes de izquierdas que han llegado donde han llegado gracias su capacidad de sacrificio, sin perder por el camino su sentido de la solidaridad con los menos favorecidos. Pero a la vista de la deriva de la izquierda contemporánea y de su igualitarismo mal entendido, no debemos descartar que en esto consista el progresismo en el siglo XXI: incrementar el número de ciudadanos infraeducados, eso sí, todos titulados, a cambio de un mendrugo de pan estatal. 

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