HOY

        Este verano será un poco más difícil, pero prometo esforzarme. En los últimos años, durante los meses de agosto que he mantenido mi cita semanal con los lectores, en ninguna de mis columnas ha asomado la política, y menos sus protagonistas más patéticos. A uno el cuerpo le pide denunciar tanta mentira y tanta improvisación en la hora más complicada de este país, pero el espíritu necesita descansar de miserias, e intuyo que el de los lectores también. 

        Comienza el agosto más extraño de nuestras vidas. El mes por excelencia para el descanso, cuando en España trabaja menos gente que nunca. Convendría resolver esta paradoja, averiguar el motivo por el que necesitamos holgar en un país en el que millones de personas no han podido laborar desde hace meses. La razón para mi es evidente: la incertidumbre vital fatiga tanto como el empleo más duro. 

         A veces las paradojas se explican a través de otras paradojas. Si existe un escritor contemporáneo que describe sin tapujos la ausencia de certezas a las que agarrarnos en la vida es Michel Houllebecq. El francés más leído del siglo XXI escribe contra el consumismo en libros que se consumen masivamente. Es un un misógino que no sabe vivir solo, un sujeto que en el mismo día se puede levantar moralista y acostarse nihilista. Sin complejos, a Houellebecq su personaje le ha devorado, pero lo lleva bien,

        Houellebecq es una contradicción con patas, y un provocador, pero por desgracia acierta casi siempre. En uno de sus discursos de género tan políticamente incorrectos afirma que los hombres, al contrario que las mujeres, no saben vivir sin proyectar. El software mental femenino es más versátil y práctico que el masculino porque es capaz de adaptarse rápido a las circunstancias cambiantes. Los hombres, en general, necesitan embarcarse en planes más o menos ambiciosos porque en el fondo no se sienten completamente a gusto en la vida. Así que deciden arreglar el porche de casa, correr un maratón o frenar la expansión de China en el mundo para sentirse realizados. Esta pulsión tan arriesgada a vivir en el futuro se acrecienta cuando el presente es sombrío, como el de hoy. Si a esta realidad le añadimos que agosto -y también enero- es el mes idóneo para trazarse nuevos objetivos en la vida, tenemos la combinación perfecta para estrellarnos en el estío. 

         Hace cinco meses que no veo a mis padres. Es el mismo periodo que ha transcurrido desde que vi por última vez a algunos de mis amigos, pero el tiempo no corre a la misma velocidad a los veinte, a los cincuenta o a los ochenta años. Me entretengo pensando cómo y dónde pasar con ellos el verano que viene, porque en realidad no sé con seguridad cuándo podré abrazarlos. No me atrevo a decirle a mi hija que el horario de clases semipresenciales que acaba de recibir de su Universidad para el primer cuatrimestre puede saltar por los aires antes de comenzar el curso. Quiero subir una montaña bella y exigente antes que llegue el frío, y ni siquiera sé a qué países de la Unión Europea se podrá viajar sin restricciones. Sobre aspectos profesionales prefiero no elucubrar, porque es agosto. 

         El futuro como tal nunca ha existido. Existe en nuestra imaginación como la proyección que hacemos de él, pero con un virus galopando a la misma velocidad que la irresponsabilidad humana no parece este un buen momento para proyectar. Es la hora de agarrarse al presente, y procurar no soltarlo. Y el presente es la familia, la amistad, la paella del domingo y el baño glorioso en el mar cercano. La brisa en el rostro y también, por qué no, el aire acondicionado cuando no corre el aire. Es la siesta, el deporte, los libros y el arte, que nunca se fue, y hoy se muestra más necesario que nunca. 

         A Houellebecq el feminismo radical y la progresía bienpensante le han dado hasta en el carnet de identidad, a veces con razón. Pero es una realidad que Serotonina, su última novela (Ed. Anagrama, 2019), muestra finalmente al cínico por el que asoma sin quererlo el romanticismo, otra paradoja más. La conclusión de su obra es clara: drogas aparte, la vida es insoportable sin amor. Y el amor nunca puede ser un proyecto. El amor, si existe, es hoy. Mejor no  dejarlo para mañana. 

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