IBA EN SERIO 

            A Nietzsche no le molestaba que le mintieran, lo que le incomodaba es que a partir de ese momento ya no podía creer en su interlocutor. Un razonamiento tan simple como éste quizá explique por qué en España seguimos sin gobierno tres meses después que los ciudadanos hiciéramos nuestros deberes, o sea, votáramos. Casualmente, en ese período de tiempo hemos cumplido también otra obligación más ardua: la mayoría hemos saldado con la Hacienda Pública el impuesto sobre la renta de nuestro trabajo. La coincidencia es sangrante. Mientras millones de españoles apoquinábamos para contribuir a las arcas comunes, el vencedor de las elecciones y persona encargada por el Jefe del Estado para formar gobierno se dedicaba a sestear y dejar pasar los días para ir cociendo a fuego lento ante la opinión pública a su “socio preferente”. En el lenguaje de la nueva política a esto se llama “negociaciones discretas”.

          Asisto estupefacto a la maniobra coordinada de demolición mediática de la figura de Pablo Iglesias por parte del periodismo de izquierdas. Estoy alucinando no tanto por su crueldad -algo previsible en el mundo despiadado de la política- como por los argumentos que se manejan. Egocéntrico, inmaduro, autoritario, dogmático, ambicioso, sectario, radical, inflexible, antisistema… hasta peronista he llegado a escuchar en boca de personas que llevaban cinco años loando sus virtudes políticas, aunque no le votaran. Han tenido que contemplar en directo el rostro descompuesto del bello Sánchez en su banco azul del Congreso para reconocer la verdadera cara -dicen- del líder de Podemos. Que Dios les conserve la vista. 

           Toda esta tropa que hoy se aporrea el pecho ante la investidura fallida de Pedro Sánchez por culpa de Podemos -aunque quizá esté sobreactuando para disimular la vergüenza ante el espectáculo ofrecido- no hace tanto respiraba tranquila cuando Iglesias declaraba que la propiedad privada de los medios de comunicación atenta contra el derecho a la información. Según la teoría del líder neocomunista en Cuba este derecho debe de estar mejor garantizado. Asomaban sonrisas beatíficas en los prescriptores de opinión progre cuando se conocía un documento interno de Podemos que instaba a exigir a jueces y fiscales un alineamiento con su proyecto político, al estilo bolivariano. Son jóvenes, inexpertos, no saben lo que dicen, decían los exégetas del buen socialismo. Y remataban: ya aprenderán.

              Y aprendieron. Escondieron lo que asustaba y Pablo Iglesias, el que decía que iba a romper el candado del 78, se presentó en el último debate electoral televisado blandiendo un ejemplar de la Constitución como si fuera El Capital de Marx. Eso sí, dijo que con él en el Gobierno la reforma laboral que aprobó el PP duraría cinco minutos. Y claro, en la negociación pidió el Ministerio de Trabajo. Dijo que en España se pagan pocos impuestos y propuso una subida fiscal salvaje para los ricos, que para Podemos son las personas que en este país ganan más de 50.000 euros anuales. Y claro, en la negociación pidió el Ministerio de Hacienda. Iglesias dejó de acojonar al personal como hizo en 2016 cuando se asignó el primer día la RTVE, el CNI, el ejército y la policía -las instituciones que un radical de izquierdas entiende que le pueden anclar al poder-, y se puso a hacer política. Subida meteórica del salario mínimo -aunque provoque una destrucción masiva de empleo- y una fiscalidad extractiva sobre las clases medias. “Para eso nos han votado los nuestros”, dijo Iglesias. O sea, que iba en serio. 

               Para alguien como Sánchez capaz de cambiar de opinión como el que se muda el bañador mojado en la playa, el problema de negociar con un político como Iglesias es que este último tiene ideología. En mi opinión es una ideología letal en el corto plazo para la economía, y en el medio plazo para el sistema democrático, pero es una ideología. Como esto es un inconveniente, Sánchez ha permitido que su principal asesor, Iván Redondo, plantee la negociación como un pacto para estrangular políticamente a Iglesias. En eso lleva razón el spin doctor del presidente: iglesias se hubiese merendado a Sánchez cada viernes en el Consejo de Ministros, precisamente porque tiene ideología. Otra cosa es dónde acabaría el país. 

             Provoca sonrojo el análisis que hacen los estrategas de Moncloa sobre el desenlace de la negociación y la investidura fallida. “Hemos ganado el relato”, dicen, porque ven la imagen de Iglesias destruida y su liderazgo cuestionado en su propio partido. Hay que tener poca vergüenza para conjugar el verbo ganar cuando España lleva meses sin un gobierno estable y con unos presupuestos prorrogados por segundo año consecutivo. Para ello no han tenido empacho en filtrar a los medios documentos de la otra parte cambiando palabras y tergiversando planteamientos. En este juego de trileros se ha convertido la política en España. Al parecer, en esto consistía la evolución del bipartidismo. 

           Fred Hilmer es un empresario y académico australiano que en uno de sus manuales de más éxito fija los cinco ingredientes indispensables del liderazgo en cualquier ámbito: inteligencia, energía, determinación, confianza y ética. Pero remarca que “el desafío clave hoy en día está en el ejercicio de los dos últimos: la confianza y la ética”. Sánchez ha fracasado con todos sus interlocutores porque ni genera confianza ni tiene ética más allá de su ambición de poder. 

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