EL SUEÑO ETERNO

         Mañana es el Día del Padre. Como el calendario laboral en España está centrifugado solo es festivo en cinco comunidades autónomas, así que en mi caso lo celebramos por anticipado este fin de semana. Mi hija tuvo un detalle conmigo de esos que te hacen pensar que quizá no lo hayas hecho del todo mal. Pero el plato fuerte de la jornada me lo tenía preparado mi padre. A los postres sacó un sobre amarillento y arrugado, y me lo entregó con dulzura. 

        La primera sensación fue extraña, porque nunca había tenido en mis manos una carta redactada por mi hace 32 años. O sea, que la escribí con 17. El texto es de una candidez asombrosa, y no pude evitar emocionarme al imaginar a mi abuelo, su destinatario, con ese mismo papel entre sus manos. Uno tiene la impresión que hoy los chicos crecen más rápido, aunque eso no vaya acompañado de asumir antes responsabilidades de adulto. Mi padre había encontrado el sobre hacía unos días trasteando entre los recuerdos de su casa familiar. Junto a las letras, yo enviaba a mi abuelo un suplemento sabatino del DEIA, el periódico oficial del nacionalismo vasco, dedicado al Aurrerá de Vitoria, el club de fútbol en el que jugaba por entonces. Aparecen fotos de todo el equipo, y también individuales, junto a un breve comentario del entrenador sobre cada jugador de la plantilla. De mi decía textualmente: ”Barquero: rápido y técnico, pero tiene que defender más”. Ahora que estoy frisando los cincuenta, noto que como columnista voy en la misma línea. He perdido algo de velocidad, pero sigo tratando de mejorar la técnica del oficio cada lunes. Eso sí, persiste mi falta de interés en defender(me).

          También le ponía al corriente de las crónicas del último partido, en las que aparecía destacado, y le adjuntaba la clasificación. Estábamos empatados a puntos y goles con el Real Madrid juvenil: “fíjate, abuelo, que estamos metidos entre todo equipos de Primera División”. Y concluía: “nada más, ya te contaré cómo nos fue contra el Athletic de Bilbao el sábado próximo”. Se lo cuento pomposo, como si Valdano estuviera dictándome la carta. Es tierno recordar toda esa ingenuidad escrita de tu puño y letra. Era un mundo de sueños adolescentes en el que uno, de un momento a otro, se veía metiendo un gol por la escuadra en el Nou Camp ante cien mil espectadores. Como debía ser a los 17 años, solo porque disfrutaba de un físico agradecido y tenía algo más de talento para el fútbol que el resto de mis amigos. Mi abuelo murió joven, solo dos años después de leer aquella carta, y se perdió la imagen de su nieto saludando a Michel y Butragueño justo antes de empezar a correr detrás de ellos para quitarles una pelota que fue suya todo el partido. 

         Nos hacemos mayores, aparecen las canas y se pierde masa muscular. Entonces cambian los sueños, ese motor de vida. Ya no me duermo besando el césped de Old Trafford en una final de Champions, pero hay mañanas que me despierto con los brazos en alto sobre la cima de una montaña más bella, más alta, más difícil que la anterior. Y lo mismo en el trabajo: algún reto nuevo, algún desafío, pequeño o grande, que me haga crecer como profesional. A mi me parece que esa es la evolución natural de las personas que no han tirado la toalla, que no se han tumbado en eso que ahora llaman “zona de confort”. Tampoco se trata de subir el Everest, basta con seguir progresando.

        Entonces llegan las listas electorales, que siempre se presentan en el día de la marmota. Políticos cuyo curriculum empezó a escribirse al tiempo que la carta a mi abuelo se perpetúan en los cargos con la misma ansiedad que tenía yo por robarle un balón a Guardiola. Candidatos que vuelven una y otra vez con sus sueños lozanos petrificados en el tiempo, eternos, como si no existiera una vida que mereciera vivirse fuera de las instituciones. Reaparecen personajes otoñales que no han ingresado un euro fuera de un presupuesto público. Esta circunstancia, unida a la bisoñez y falta de experiencia de otra buena parte de los aspirantes, contribuyen a que se extienda una idea letal para la confianza en el sistema democrático: lo que se decide con el voto no es la aplicación de uno u otro ideario político, sino la solución personal a situaciones vitales de diversa índole. Dice Francina Armengol que María Salom “no representa ninguna renovación en el PP”. Tiene razón, aunque lo diga ella, que lleva más de dos décadas ocupando cargos públicos. Yo aún jugaba al fútbol. 

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