ZONA NO MIXTA

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         La imagen de Pablo Iglesias delante de las masas bajo el lema VUELVE suscitó memes tan descacharrantes que le dio cosa que se rieran de él, y ordenó retirar el cartel. Aún de baja paternal, llegó el Comandante y mandó parar. Pero el daño ya estaba hecho, y toda esa sobredosis de testosterona se despararramaba imparable por la redes como la eyaculación de una estrella del porno. A Pablo le debió ocurrir lo mismo que a mi. Fue ver su foto y comenzar a imaginar. En mi fantasía, dentro de su puño en alto Pablo escondía las llaves de su dacha de Galapagar, hogar feliz de Irene y sus retoños, y sobre su cabeza un bocadillo de cómic recogía su pensamiento: “lelos y lelas del mundo, aquí estoy de nuevo para daros unas lecciones morales antes de volver al chalet”. 

        En la era de Skype, la mensajería instantánea y el trabajo en remoto desde casa, Pablo Iglesias mantiene su estrategia de tomar al personal por tonto. Las encuestas dicen que la “gente” ya le va calando, pero él no ceja en el empeño. El último ejemplo ha sido dejar de acudir al Congreso de los Diputados y a la sede de Podemos, no dar entrevistas, tuitear poco, y traducir todo esto de cara a la opinión pública como una baja paternal. Solo ha interrumpido su dedicación exclusiva a los gemelos para tratar de salvar in extremis los presupuestos de Sánchez, y para apagar el incendio interno provocado por Errejón en la candidatura de Madrid. El resto del tiempo pañales y biberones, dice. 

          En su descargo cabe alegar que no todo el mundo tiene la suerte de poder dejar al frente del partido que lidera a una persona de tanta confianza. Pablo Iglesias colocó de número dos de Podemos a su pareja, que hoy también es la madre de sus hijos. Pablo e Irene, Irene y Pablo, son el arquetipo de pareja que, cobrando de las misma empresa, deja los temas de trabajo en el felpudo del chalet para salvaguardar su convivencia. No hay ser humano capaz de imaginar a estos dos hablando de política en casa. Durante la cena, solo Netflix y la crianza de sus bebés.

          Entiendo que Irene Montero, durante su baja maternal, no enganchó ni media hora tranquila para tomar una birra a solas con una amiga, o amigo, y charlar sobre niños, o lo que sea. Del mismo modo, a Pablo no le ha quedado tiempo para un café entre colegas, y compartir su experiencia. Solo así se explica que no buscara canguro para acudir discretamente a la manifestación feminista del 8M. Es raro, porque Unidas Podemos se presenta como el partido que más lucha por la igualdad de las mujeres. Luego llega la demoscopia y te dice que su partido es el que arrastra menos porcentaje de voto femenino. Aquí hay algo que no cuadra, y quizá tenga que ver con el hartazgo de la política del tuit, la exclusión y la instrumentalización permanente de causas justas como la del feminismo. 

            El drama de todo esto es que ese feminismo de tetas pintadas y berridos que acogió Podemos desde el principio ha contagiado a un PSOE dirigido por alguien sin escrúpulos, capaz de enfrentar a la sociedad solo por ganarle votos al populismo de izquierdas. La imagen de la vicepresidenta primera del Gobierno y de varias ministras, acompañadas por la mujer del presidente, dando botes en una manifestación mientras corean consignas contra los partidos de la oposición no necesita demasiadas explicaciones. Es la pérdida de la más elemental vergüenza y respeto por el cargo de políticas que representan a todos los ciudadanos, no solo a los que les votan. 

          Hay ingenuos que aún piensan que los radicalismos solo ganan la batalla mediática, pero se equivocan. Imponen marcos de pensamiento de consecuencias catastróficas a largo plazo. Aún así me atreveré a escribirlo: en contra de la opinión casi unánime que encontramos en los medios de comunicación, ese feminismo de trincheras y furia, antes o después colapsará. Y se vendrá abajo por el mismo motivo que colapsó el comunismo, una ideología contraria a la naturaleza humana porque niega la libertad individual. 

           Mi hija está punto de cumplir 19 años. El viernes pasado estaba emocionada con la posibilidad de asistir a la manifestación del 8M. Después de comer se fue a estudiar a la biblioteca universitaria, y al terminar se dirigió hacia la concentración acompañada por otros chicos de su Colegio Mayor. De camino llamó a sus amigas, que ya estaban allí, para encontrarse con ellas. Pero no pudo verlas. Las chicas, por error, se habían situado en la marcha en una “zona no mixta”, o sea exclusiva para mujeres, de la que no era fácil salir. Mi hija pensaba que era una broma, y les llegó a decir entre risas que de los tres chicos que la acompañaban dos eran gays, cosa que era cierta. Pero no, no era ninguna broma. Una manifestación por la igualdad de derechos de mujeres y hombres excluía en parte de ella a la mitad de la ecuación. La demoscopia también dice que la conciencia feminista decae drásticamente en las mujeres a partir de los 25 años. Esa noche, una mujer de casi 19 años me comunicó por teléfono que se bajaba anticipadamente y para siempre de ese convoy loco.

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