TAN LEJOS, TAN CERCA

Cima Himlung

            Fue hace casi veinte años. Al alba, navegando en un minúsculo bote las aguas lentas, casi oleosas, del río Ganges a su paso por Benarés, el barquero me preguntó cuántas veces en mi vida me había despertado como ese día para ver amanecer. Le contesté que había visto amanecer muchas veces. Me sonrío con dulzura para decirme que no era eso lo que me había preguntado. Yo tenía 28 años, y nunca me había puesto el despertador para ver despuntar el sol. Aprendí la enseñanza de aquel hombre pobre pero sabio, y desde entonces madrugué más para contemplar de vez en cuando ese espectáculo gratuito.

            Hace unos días no necesité alarmas para ver amanecer. Ese era uno de los objetivos del madrugón, aunque no el único. Tras un horas de descanso vespertino, salí a las diez y media de la noche de una tienda de campaña plantada en la nieve a 6100 metros de altitud. La temperatura en el interior del recinto de plástico rondaba los quince grados bajo cero. Al incorporarte de rodillas dentro de él, si rozabas el techo con la cabeza parecía nevar dentro. Como al agitar esas bolas de cristal navideñas, comenzaban a espolvorearse unas partículas blancas que cubrían el saco de dormir, la mochila, las botas… En ese momento pensé que aquella era la imagen más nítida del frío que me esperaba en las próximas horas, pero me equivoqué.

            Como todo en la vida, ascender una montaña de más de 7000 metros en el Himalaya puede ser una cosa u otra en función de las circunstancias. Yo había previsto el esfuerzo requerido por la falta de oxígeno en altura, y durante meses me había preparado físicamente para el reto. Es icónica la imagen de alpinistas profesionales doblándose literalmente sobre el piolet cada diez pasos, tratando de recuperar el resuello durante la ascensión. Si eso sucede con organismos privilegiados sometidos a condiciones extremas, resultaba lógico que un aficionado como yo los imitara torpemente. Así fue durante las primeras horas de mi ascensión al Himlung Himal, pero hubo un momento en que no fue suficiente.

            Al principio contaba los pasos que conseguía dar entre pausa y pausa, pero dejé de hacerlo al comprobar la rápida secuencia decreciente. Mi cuerpo necesitaba más descanso cada pocos metros, así que comencé a arrodillarme sobre la montaña para recuperar no sólo la respiración, sino también la fuerza en las piernas. En este momento me vino a la cabeza una idea de humildad, de reconocimiento sincero del poder de la montaña: “aquí mandas tú, no me castigues más de la cuenta”. En un movimiento reflejo, para introducir más oxígeno arqueaba la espalda de una manera tan exagerada que pensaba me iba a partir por la mitad. Pero necesitaba más aire, y en breve llegó la imagen de la postración total. Cada pocos metros tenía que buscar un buen agarre de ambos pies con las puntas delanteras de mis crampones, fijar el piolet en la ladera empinada de nieve helada, y abrazarme literalmente a la montaña, tumbado sobre ella, para tratar de recuperar algunas fuerzas.

            La previsión del tiempo anunciaba cielos despejados hasta las doce de la mañana, y en ese punto acertó de pleno. Una noche rasa, sin una sola nube, y con la luna en cuarto creciente iluminando la silueta de la cima del Himlung. Lo que no contemplaba el parte metereológico era el viento que comenzó a levantarse de madrugada y fue creciendo en altura hasta hacerse salvaje en la última parte de la escalada. Tumbado en la pared cimera del Himlung, levanté el cuello y vi el final. No eran más de 200 metros hasta la cumbre, pero el viento fronto-lateral era de tal intensidad que me di cuenta que no lo iba a conseguir. Tan cerca, tan lejos… no podía seguir. Notaba la mejilla y el ojo derecho ardiendo por el frío, y de pronto me entraron unas ganas inmensas de llorar. En segundos pasó por mi cabeza todo el esfuerzo realizado durante meses para llegar hasta allí, y las personas que más me apoyaron para conseguirlo. Comencé a maldecir y a golpear con mi frente la pared de nieve helada. Una, dos, tres veces… el muro blanco de mis lamentaciones. Entonces advertí el sonido metálico. No era mi cabeza la que chocaba contra la montaña, sino el frontal de luz que aún llevaba puesto.

            Me rendí. Cerré los ojos y giré la cabeza hacia la izquierda, el lado donde no me  destrozaba el huracán. Por un segundo pensé en descansar así unos minutos antes de empezar a descender, pero me mantenía lúcido y sabía que no era sensato pararse allí. Y entonces ocurrió. Abrí los ojos, y amaneció. La inmensa llanura tibetana al norte apareció ante mi iluminada, y todas las cimas de la cadena oeste del Manaslu comenzaron a incendiarse con los primeros rayos del día. El azul mortecino del alba se rendía, y el sol empujaba las sombras hacia el fondo del valle. Un espectáculo grandioso, una belleza inexplicable solo para mi ojos y para los del sherpa que me acompañaba. El Himlung apretaba, pero no ahogaba, y me recordaba una de las razones por las que estaba allí: ser testigo de una naturaleza sublime.

            Liberé el piolet y lo clavé un metro más arriba, y luego otro, y otro más. Así hasta arriba. Casi tres horas para ascender los últimos doscientos metros. La cima del Himlung es una pequeña cornisa de nieve a la que se accede por una brecha de menos de un metro de anchura, tras superar un tramo final casi vertical. Supongo que un alpinista elegante se incorporaría tras el último paso para levantar los brazos al cielo. En mi caso me dejé deslizar para quedarme tumbado boca abajo. Recuerdo un grito bronco que salió de mis entrañas, y mi puño derecho golpeando la nieve. Y después la mano poderosa de Mingma sherpa, mi ángel de la guarda, tirando hacia arriba de mi chaqueta de expedición para incorporarme. En el abrazo me dijo que prefería verme llorar de pie. Unas horas más tarde, ya en el campo base, también me contó que de las trece veces que había estado en la cima del Everest, solo en una había sentido tanto frío como ese día en lo más alto del Himlung Himal: entre 25 y 30 bajo cero, con rachas de viento de 60 kilómetros por hora. Esas son, en este caso, las famosas circunstancias de la vida.

            Dicen que la fe mueve montañas. No sé si tanto, pero al menos la pasión las acerca y nos ayuda a subirlas. No sabemos cómo, pero lo hacemos. Muchas personas echan la vista atrás y no entienden cómo en un momento de sus vidas pudieron sacar adelante un trabajo de horarios imposibles, y al tiempo educar a sus hijos, cuidar de sus padres ancianos, y encontrar en todo ello ratos de felicidad, por ejemplo. No saben cómo, pero lo hicieron. Son millones las historias de superación personal que se escriben cada día donde sí hay oxígeno. La alta montaña no es más que una expresión de esas vidas, pura, condensada y de un intensidad irracional. Sucede todo en unas horas, a una velocidad vertiginosa que contrasta con la lentitud de movimientos en un entorno tan hostil en lo físico, y al tiempo tan generoso en lo emocional con los privilegiados que hemos podido acercarnos al cielo.

            Quiero dar las gracias a cuatro personas que me ayudaron a cumplir un sueño: Tomeu Bestard, (de Alcudiamar), Guillermo Cabot(del restaurante Ola del Mar), Carlos Raimundo(de Foracorda), y muy especialmente a Pedro Pascual, presidente y fundador de Hotels VIVA. Pedro es un hombre que ha tenido que escalar en la vida varias montañas de 7000 metros. En los últimos tiempos le ha tocado enfrentarse a una de 8000, que estoy seguro también superará. Con todo ello aún le han quedado tiempo y ganas de empujar mi pasión, y además hacerse sentir próximo en la distancia himaláyica. Como tantas personas queridas que estos días se preocuparon por mi. Tan lejos, tan cerca.

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